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SUEÑO - HARUKI MURAKAMI

Algo muy malo tiene que ocurrir para que de la combinación Haruki Murakami y Libros del Zorro Rojo no salga un libro maravilloso. Y como eso no ha pasado ha vuelto a salirles, en la estela de aquel Asalto a las panaderías que reseñé aquí hace ya unos años. En este caso vuelven a la carga con Murakami con otro relato ilustrado por la ya mítica Kat Menschik y traducido también por otro nombre habitual en los libros de Murakami en español, Lourdes Porta. En este caso hablamos de Sueño

Seguramente me repita pero no puedo pasar sin destacar la calidad de estos libros. Bien cuidados, perfectamente editados, sin una sola errata y encima desprendiendo un olor increíble. Si los textos de Murakami ya de por sí merecen la compra, sumarle a ellos las ilustraciones de Kat Menschik y la genial cobertura de Libros del Zorro Rojo hacen de ello una compra obligada.

En este relato, escrito por el japonés en 1990 y publicado por Libros del Zorro Rojo en primera edición en noviembre de 2013, Murakami nos pone delante de una narradora que cuenta su propia experiencia. Y como es normal en él esta experiencia tendrá poco de común. En ella la narradora cuenta que no puede dormir. Retrotrayéndose al pasado, asocia este momento a otra época pasada en la que estuvo también unos días sin poder dormir. Pero esta vez es distinto. Una noche se acuesta, tiene una especie de parálisis del sueño en la que ve una figura mojándole los pies sin ella poder moverse y, cuando por fin puede, se da cuenta de que ya no tiene más sueño. Ni en ese momento ni nunca. Todo ello la llevará a plantearse sus hábitos (ama de casa con hijo y marido que solo sale para comprar o ir a la piscina), la convivencia con los suyos e incluso su vida. No dormir la llevará a encontrar aspectos ocultos de su vida que parece que solo salen a la luz, en contraste, con la oscuridad de la noche. Esas noches en las que hasta ese momento dormía ahora son un lugar en el que encontrar placeres ocultos como leer una buena novela (Anna Karénina, de Tolstoi), hincharse a chocolate o tomarse unas cuantas copas de brandy. Todo lo que ya dejó por tener una vida adulta. 

Pero esa vida adulta se desmorona por la falta de sueño. Ya no sabe si realmente ama a su marido, ni siquiera si le cae bien. No sabe si, incluso, se cae bien a sí misma. Todas esas horas libres, todas esas horas sin descanso (que no parecen pasar factura a su vitalidad, al contrario) hacen que su mente viaje como un rizoma por todos los rincones olvidados de su vida, de lo que ella realmente es. No dormir para despertar. 

Y así, poco a poco, pasando los días, se abre a una nueva vida. Tiene más energía, sale en coche o a dar paseos por la noche mientras todos duermen; compra, come y bebe chocolate y brandy a escondidas; se distancia cada vez más de los suyos. Y todo para acercarse a ella misma. El final, como todo lo que ocurre con Murakami, es totalmente abierto, porque en realidad la clave de la literatura de Murakami, ya sean cuentos o novelas, con sus frases cortas y su escritura aparentemente sencilla, es vivir el conflicto que siempre hay por sorpresa en sus personajes, vivir el cambio, ser partícipes de cómo alguien deja de ser nadie. Aunque solo sea por un rato. Lo mismo que te puede ocurrir a ti, que en realidad te ocurre, cuando abres uno de sus libros. 

Víctor González

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LAS CONFESIONES A MEDIANOCHE DE CONSTANCE KOPP - AMY STEWART

Amy Stewart ofrece una novela policíaca que presenta la historia de la primera mujer ayudante de sheriff. Una novela con un discurso reivindicativo y alentador. Usando fuentes históricas y tapando con ingenio las lagunas, Stewart ha reconstruido unos hechos verídicos con el trasfondo de la Primera Guerra Mundial, que nos recuerdan aquellas grandes luchas cuyas secuelas nos siguen inspirando a no dejarlas apagar hoy.

En la cárcel de Hackensack, Constance Kopp, la mujer policía, se horroriza al ver cuántas mujeres son acusadas de dudosos cargos de conducta incorregible o de moral deprava, como Edna Heustis, que se fue de casa de sus padres para trabajar en una fábrica de armamento. Pero Constance se dedica en cuerpo y alma para defender los derechos de todas ellas. «Eran chicas que se veían obligadas a pasar varias semanas en la cárcel, a la espera de juicios para los que no estaban preparadas, pues no contaban con la defensa apropiada. A menudo, eran los mismos padres los que las acusaban: no era raro ver a madres que testificaban contra sus hijas; ni a padres que tomaban la palabra en los juicios para suplicar a los jueces que los libraran de sus hijas tan díscolas. Y se había vuelto casi una costumbre por parte de los padres recurrir a los tribunales cuando las hijas se volvían obstinadas y testarudas, y ellos ya no podían con ellas.»

En los tiempos que corren, siento la necesidad de acercarme a textos que me hagan sentir que la lucha no está perdida, que seguimos remando incansables sin dejar que una corriente misógina y machista nos hunda la nave; quiero seguir creyendo que algún día, más pronto que tarde, conseguiremos romper el techo de cristal que nos subleva y nos degrada. Los libros como este consiguen alimentar y encender esos pensamientos.

A pesar de ser, como ya he mencionado, una novela muy alentadora, para mi gusto considero que se justifica, demasiado a menudo, en todo aquello que las mujeres pueden hacer y/o se masculiniza un poco a las mujeres transgresoras. «Constance tenía mucha fuerza de voluntad, la adornaba un caro sentido de la justicia y una gran agudeza visual, y sabía sacar ventaja de lo alta que era. Porque una de las razones que se esgrimían para que no hubiera mujeres policía era que les faltaba fuerza física; algo que le sobraba a Constance, y que no dudaba en utilizar a la primera de cambio. El sheriff Heath había detectado en ella esas cualidades que ha de tener un buen policía, independientemente del sexo, y por eso le ofreció el trabajo.» El personaje de Constance Kopp ya es, de por sí, estimulante y fascinante; su carácter, su moral, su sentido de la justicia, su forma de romper con estereotipos y su inteligencia ya son evidencias suficientes para demostrar sus capacidades y es por eso que,  como lectora, se me hacen innecesarias explicaciones como «independientemente del sexo» o que la doten de unas características masculinizadas para hacer un personaje femenino confortador. Si os aventuráis a leer la novela, no todos los personajes femeninos rompedores siguen los mismos patrones, y pienso que, por haber existido realmente, Stewart ha procurado ser los más fiel posible a los personajes de las hermanas Kopp y a los sucesos reales que vivieron. Las tres hermanas son difíciles de olvidar, ya que tienen tantas virtudes como defectos y eso las hace tan humanas como el lector que las está conociendo.

Hay que leer esta novela para querer seguir rebeldes, para querer seguir expresando nuestro dolor, nuestros derechos y para conocer nuestra historia, una historia que todavía queremos seguir cambiando. 

Andrea Moreno

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MOBY DICK - HERMAN MELVILLE

Alguna vez me he encontrado a mí mismo preguntándome qué necesidad tienen ciertas editoriales de, cada cierto tiempo, reeditar clásicos. No sé si ha sido con esta nueva edición de Moby Dick por parte de Navona que me he dado cuenta del porqué, pero creo que lo hacen para que, de una vez, los leamos. Yo, gracias a Navona, lo he hecho. Por fin le puedo llamar Ismael. 

Uno de los propósitos de Año Nuevo que me marco año tras año es el de que el primer libro que lea sea un clásico que todavía tenga pendiente. El año pasado fue Frankenstein, el anterior Solaris y el anterior El proceso. Ya no recuerdo más. Este año debía ser Cien años de soledad (sí, todavía no he tenido el valor de empezarlo. Creo que es el miedo a que me defraude…), pero me llegó esta nueva edición de Moby Dick y no pude resistirme. Si tienes sobre tu mesa un libro de cerca de 800 páginas y letra pequeñita y aun así te mueres de ganas por empezarlo, debes hacerlo. Y eso hice. 

Creo que poco se tiene que decir ya sobre lo que cuenta la gran novela de Herman Melville (a quien, por cierto, en la cubierta del libro físico le sobra una ene). Todos sabemos que lo que se narra en sus páginas es la búsqueda de un enorme y temido cachalote por parte del capitán Ahab a través de las palabras del ya famoso Ismael. Pero lo interesante aquí, como en todas las grandes obras, no es que el tema te sea nuevo, que te lo destripen o que intentes no saber nada hasta adentrarte en él, porque aquí lo que importa es el remolino en el que te introduce Ismael desde las primeras páginas; una narración envolvente y sorprendentemente moderna de la que no consigues salir hasta que el cachalote es cazado… o no. 

Siempre he dicho que no soy nada amigo de los prólogos y este no va a ser el caso que me contradiga. Y es que, como ya viene siendo norma (por favor, que pongan estos prólogos a modo de epílogos por el bien del lector), el prólogo de Enrique de Hériz destripa gran parte de la gracia que tiene (o puede haber tenido, porque yo caí en la trampa de leerlo) la narración sin previos, sin unos spoilers prologados que nada bueno aportan al libro antes de su lectura pero que mucho le aportarían si se leyesen a posteriori. A pesar de ello, con una edición muy cuidada (a excepción de ese detalle en el nombre del autor, que a favor de la editorial hay que decir que en el interior ya no aparece), que ya viene siendo norma en todos los libros de Navona, es una delicia entrar en este Moby Dick

Hace un tiempo una jefa que tuve y a quien le conté que a veces me daba pereza leer según qué clásicos me dijo algo así como: te entiendo, pero si lo vas a hacer, hazlo siempre con una edición cuidada, moderna y actualizada a los nuevos tiempos. Quizá por eso me ha gustado tanto Moby Dick. O quizá solo porque la historia que cuenta, aunque se le puedan quitar bastantes páginas de cierta pesadez a la hora de describir las técnicas balleneras, es toda una maravilla. Siempre he dicho que no soy gran amigo de los clásicos pero este, esta vez sí, me ha contradicho; como siempre hacen los libros, los buenos libros, como es este Moby Dick de Herman Melville. 

Víctor González 
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LOS ALPES EN INVIERNO - LESLIE STEPHEN

En esta reseña podría hablar de varias cosas que en realidad no son ni están en el libro. Por un lado, de Virginia Woolf, y no es la autora; por otro, del formato bolsillo, y este libro no lo es; y por último, de las montañas, cosa que, claramente, este libro tampoco es. Y entonces, ¿por qué podría hacerlo? Pues, en primer lugar, porque el autor es el padre de Virginia Woolf y es ella quien escribe el prólogo; en segundo lugar, porque, aunque no se venda como formato bolsillo (tal y como conocemos dicho formato), por fin tenemos delante lo que podría ser un formato bolsillo de verdad: un libro que leer paseando, que dejar crecer dentro de uno mismo mientras se camina con él guardado en el bolsillo, porque cabe; y, por último, porque aunque este libro no sea una montaña (¡claro!) todo lo que contiene son montañas y, sobre todo, pasión y amor hacia ellas. Este libro es Los Alpes en invierno, de Leslie Stephen, traducido por Carlos Jiménez Arribas.

Tengo que reconocer que han acertado en Siruela matizando bajo el título que lo que tenemos delante es un conjunto de «Ensayos sobre el arte de caminar». Principalmente porque no hay contenido en la contracubierta (hay que recurrir a las solapas para saber de qué va el libro, si se quiere/se necesita saber más), pero también porque es posible que solo con el título se confundan unos textos profundamente reflexivos sobre la pasión que mueve al caminante con un simple ensayo sobre los Alpes. Y no lo es. Lo que encontramos aquí son tres ensayos del «apasionado amante del paseo y pionero del alpinismo» Leslie Stephen sobre su visión tanto de las montañas como del caminar. Caminar no como afición o hobby, caminar como forma de vida. Habla Virginia Woolf en el prólogo del papel de su padre dentro de la familia y a lo largo de su infancia. De cómo las historias fueron tan importantes en su crecimiento, al igual que la escritura y el pensamiento por uno mismo. Habla del valor que daba su padre a las relaciones humanas, de cómo le dio la libertad para dedicarse a la escritura o incluso del decaimiento en sus últimos años de vida. Habla de él pero en mi humilde opinión, aunque está claro que su firma es importante, creo que lo mejor es dejarle a hablar a él. A eso vamos.

En este Los Alpes en invierno se recogen tres ensayos: «La puesta de sol desde lo alto del Mont Blanc», «Los Alpes en invierno» y «En alabanza del caminante». En el primero de ellos, el preferido de Leslie Stephen según Virginia Woolf, el inglés deja claro su pensamiento desde el inicio del ensayo: «Sostengo como primer artículo de fe que ninguna cima alpina puede compararse al Mont Blanc en sublimidad y belleza». A partir de esa máxima sin miramientos se exponen durante unas treinta páginas las experiencias de Stephen en tan conocida montaña. Habla de lo bondadoso y lo salvaje del camino, de la atención perenne que se debe tener en la escalada, del conocimiento previo que toda persona debe tener antes de adentrarse en el mundo desconocido, imprevisible y sorprendente que es una montaña. Si todas lo son, si todas pueden enredarte en sus trampas en cuanto bajas la guardia, imagina una de más de 4.800 metros. En el segundo ensayo observamos los Alpes desde distintos prismas: el de las estaciones, épocas, momentos o incluso impresiones personales. Todo siempre con el amor y la admiración de alguien que se declara agnóstico probablemente sin saber que su dios está dentro de las rocas. El tercer y último ensayo es una oda al caminante, un recorrido por todos esos autores que han ejercido ese arte del caminar. Poblado de compatriotas, contemporáneos y autores tanto celebérrimos como menos conocidos, este ensayo sirve como colofón y en parte homenaje a un ejercicio que, para ellos (para mí también), es el resorte del pensamiento. Caminar engrasa la mente, engrana el pensamiento.

Poco más que decir, solo que si alguna vez te has adentrado en el verde y te ha dado al sensación de que aunque volvieras a lo gris es como si te hubieras quedado allí y necesitaras siempre volver, si ves una cima nevada y notas un cosquilleo en los pies como aviso de que quieren pisarla, si en cierto momento de tu vida (quizá ahora mismo) has visto que una montaña puede estar y está más viva que personas de tu entorno; pero sobre todo, si no puedes estar en la montaña aunque es lo que más quieres en este momento, pues lo de siempre: un libro. ¿Cuál? Vale, hay muchos y muy buenos, pero hoy: Los Alpes en invierno, de Leslie Stephen.

Víctor González
 
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