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¿Y SI EL TIEMPO NO EXISTIERA? - CARLO ROVELLI

El tiempo lo cura todo; qué rápido pasa el tiempo; no tengo tiempo; quisiera detener el tiempo…

Hoy en día tenemos una infinidad de expresiones en las que le damos al tiempo todo el protagonismo, hablamos de él como si fuese un ser con entidad propia, con independencia del resto del universo, como si él, como nosotros, estuviese sujeto a una especie de ciclo vital que se inaugura con una suerte de nacimiento y se cierra con la muerte. Sin embargo, no son muchos los que se paran a pensar de qué estamos hablando cuando hablamos del tiempo. ¿Y si, como reza el título de esta obra, el tiempo no existiera?

Carlo Rovelli nos coge de la mano y nos invita a sumergirnos en una historia maravillosa, la historia del tiempo y de cómo la humanidad lo ha ido concibiendo a lo largo de los siglos. Para ello nos pone en contexto y nos explica, a través de una terminología nada compleja, el universo que nos proponen las grandes mentes como la de Einstein, Maxwell o Newton, entre otros.

Nos explica la importancia capital que encontramos en el diálogo entre ciencia y filosofía y nos recuerda que «la ciencia es un esfuerzo continuo por reconstruir y reestructurar nuestro pensamiento mientras estamos pensando», nos recuerda también que «lo que nos hace avanzar es la duda y no la certeza».

Pero lo interesante realmente viene ahora, cuando nos explica el porqué de las cosas. Cuando nos habla del hermano siamés del tiempo, el espacio, inseparables uno del otro. Cuando nos dice que el espacio tampoco existe, que no es más que la propia gravedad. El físico italiano nos hace explotar la cabeza cuando nos dice que el pasado, el presente y el futuro, tal y como los concebimos, no existen, porque el tiempo no es uno e inalterable, sino que hay tantos tiempos como puntos en el espacio existen. «El tiempo es propio de cada objeto y depende de su movimiento. No estamos acostumbrados a observar estas diferencias porque son demasiado pequeñas a nuestra escala». ¿Qué quiere decir todo esto?

A menudo, cuando oímos hablar de física teórica aceptamos, erróneamente, que eso no es para nosotros, que nos pilla lejos y que no sabríamos entenderlo. Sin embargo, una vez nos deshacemos de todos esos erróneos prejuicios, lo único que nos queda es empezar a maravillarnos con el universo. Es posible, también, que cuando escuchamos el sintagma «Teoría de la Relatividad», nuestro primer impulso sea huir, pero ¿y si descubrimos que dicha teoría se cuela cada día en nuestras vidas? Por ejemplo, el uso de los GPS no sería posible sin el conocimiento de ésta. ¿Cómo es posible que el tiempo pase más lento en mis pies que en mi cabeza? ¿Cómo es posible que alguien que viva en la montaña envejezca más rápidamente que alguien que vive más cerca del núcleo terrestre? ¿Cómo pasa el tiempo más lento o más deprisa según a la velocidad en que nos movemos? Estas preguntas, y muchas más, van siendo alumbradas por Carlo Rovelli a través de estas páginas.

El autor de este libro nos insta encarecidamente a que empecemos a salir del mundo Newtoniano en el que todavía vivimos, según el cual el espacio es «una caja fija y rígida», y entrar en el universo fascinante de Einstein, donde el espacio «es un objeto físico flexible y dinámico».

«Giordano Bruno fue el primero en hablar de un espacio infinito lleno de una infinidad de mundos».

Sara C. Labrada
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RIALTO, 11 - BELÉN RUBIANO

Una cosa que creo incontrolable para todos aquellos que nos consideramos lectores compulsivos es el hecho de meter nuestra lectura de ese momento en cualquier conversación. Es como si fueras durante aquellos días acompañado de alguien y no pudieras evitar que, hables con quien hables, esa persona (en este caso, ese libro) intervenga. La gente que me conoce creo que mide la intensidad con la que me está pegando/me ha pegado un libro según la cantidad de veces que hablo de él mientras conversamos. ¿Y por qué no he contado esto en alguna de las otras reseñas que he publicado este año? Pues porque con este ha sido con el primer libro de 2019 (llevo leídos unos 20) con el que alguien me ha parado y me ha dicho: «eh, por fin un libro que te gusta». Y sí, es verdad (aunque también lo es que hay algunos otros que me gustaron y nadie me dijo nada). Estoy hablando de Rialto, 11, de Belén Rubiano, publicado por Libros del Asteroide.

Supe de la existencia de Belén por Instagram, esa red social donde sigues a lo que te gustaría ser. A mí me gusta hablar de libros, por eso sigo a personas que lo saben hacer bien. Y una de ellas es, sin duda, Belén Rubiano (@belenrubiano en Instagram). Pregunté por la posibilidad de reseñarlo en otro de los medios donde escribo, el más grande, y me dijeron que alguien ya lo había escogido. Ahí supe, si no lo sabía ya, que Belén tiraba, y tira. Fue entonces cuando decidí, siempre con la inestimable colaboración de Libros del Asteroide, hablar de él aquí, con la esperanza de que alguien lo lea y, no sé, quizá conseguir alguna compra más del libro. Para eso estamos.

Si una de las cosas que más me gustan de las publicaciones de Belén es esa forma de conectar con su seguidor (sin conocerlo) a través del contenido cuidado y la forma tan llana como única, en el libro esto no cambia. Si te adentras en él, serás un payo más. En Rialto, 11, Belén nos cuenta su experiencia desde que empezó como librera en una creciente cadena sevillana hasta llegar a dirigir su propia librería: la librería Rialto. Nos habla del trabajo de buscar el lugar idóneo, de las cosas de las que hay que estar pendiente siempre teniendo claro que a quien hospedarás en tu local es a libros, sus “novatas” formas de negociación, la logística empleada por alguien que se inicia en el mundo de la dirección de una empresa, etc. Un sinfín de anécdotas que echarán para atrás (o animarán todavía más) a todo aquel que haya pensado alguna vez abrir una librería, o un negocio cualquiera. 

Con ese estilo tan característico que hace que te conviertas en uno más de esos amigos que suelen visitarla diariamente en la librería para hablar de temas de todo tipo, Rialto, 11 tiene una cosa extraña, y es que convierte en realidad esa manida metáfora del libro como puerta a otros mundos. Porque parece realmente (no os miento) que al abrirlo abras también la puerta de la ya desaparecida librería Rialto. Y encuentres allí a Belén, quizá poniendo en su ya mítica pizarra un verso o aforismo que le haya llamado la atención y quiera que llame la de los paseantes, quizá tratando a uno de esos locos que nunca fueron clientes o respondiendo preguntas de niños que tienen al día siguiente examen de literatura y no quieren leerse el libro que les han impuesto. Lo que sí es seguro es que a partir del recuerdo de Belén Rubiano irás tú comparando el tuyo con el de ella, pensando en qué hiciste con tus sueños, en qué fallaste al intentar cumplirlos (porque todos fallamos hasta que acertamos), en qué ya polvoriento baúl guardaste lo que algún día quisiste ser.

Dice Rubiano en algún punto del libro que «entendía que Dios me necesitara para entretenerse», y estoy seguro de que muchos hemos pensado eso en más de una ocasión, pero la suerte está en entenderlo, en saberse marioneta, en lanzarse al juego sin mirar y sin notar los hilos que te conectan, mantienen y sujetan. Hasta pensar que no existen. Eso le pasa a Belén y lo cuenta de manera magistral.

Anécdotas de todo tipo se recogen en este libro, desde el loco que entra preguntando algo aleatorio y acaba amenazándola con un cuchillo de cocina hasta el día que Vila-Matas se encontró con alguno de sus otros yo en la pizarra de aquella librería sevillana; desde la amenaza del virus Casa del Libro hasta la conversación fortuita con Carmen Balcells. Y muchísimas cosas más que harán reír a la vez que reflexionar (qué mejor manera de reflexionar que riendo) por qué demonios tú no has sido capaz de ser así: valiente. Y todo contado desde la confianza del haber hecho bien, que te da la oportunidad de ver tus errores y, lo más importante, de poder decirlos. Belén incluso te los pone por puntos, para que queden bien claros. Porque es este Rialto, 11, entre todas las otras cosas, un compendio de reflexiones, un poner en orden lo que un día se hizo y se fue, un quedar en paz con el pasado propio. Lo dice de forma muy clara una pequeña frase del libro: «Pero fui feliz en Rialto». 

Ser feliz junto a un pero: la vida. Y la vida contada por Belén Rubiano merece la pena ser leída. Porque ya os digo que la cuenta mucho mejor que nos la contamos nosotros mismos. Y la verdad, no va nada mal escuchar un poco a los demás. Hacedme caso.

Víctor González

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EL PRIMER HOMBRE - ALBERT CAMUS

Hace unos días estaba en una conferencia en la que hablaban tres mujeres. Una era directora editorial, otra, agente literaria y la tercera, escritora. Esta última fue la que empezó hablando. La idea era que las tres, desde sus perspectivas diferentes, dieran consejos a nuevos escritores sobre cómo llegar al mercado editorial. Yo no estaba allí por ser escritor, ni mucho menos, pero eso ya es otro tema. La cuestión es que la escritora se preparó una especie de decálogo para nuevos autores y uno de los puntos (creo recordar que el primero) era que el inicio de la novela (porque en este caso solo se hablaba de novela) fuera llamativo, consiguiera convencer a la persona a quien le tocara leer ese manuscrito (y tantos otros) de no dejar el suyo a las dos primeras páginas y probar con el siguiente. Yo acababa de empezar la noche anterior El primer hombre de Albert Camus, con ese primer capítulo magistral y pensé de repente dos cosas: que Camus había estado en la misma conferencia que yo pero muchísimos años antes (quizá incluso antes de nacer) y que aquella escritora quizá había leído el mismo libro que estaba leyendo yo. Sé que cualquiera de las dos opciones es bastante improbable, pero de alguna forma tenía que empezar esta reseña, y lo que cuento es verídico, por lo menos para mí. Lo importante es que el libro que estaba leyendo por entonces y que acabo de terminar es uno del que ahora se cumplen 25 años de su publicación y del que Tusquets ha lanzado una nueva edición: El primer hombre, de Albert Camus, traducido por Aurora Bernárdez y acompañado de un posfacio de José María Ridao.

Hay varios temas a destacar dentro de este libro, pero por encima de todo está la escritura de Camus. Qué delicia de texto. Pero hay otras cosas, algunas tan curiosas como el hecho de que se intercalen páginas manuscritas del autor con una letra mínima e indescifrable que te da a entender perfectamente cómo puede ser que haya algunas palabras en el libro que no aparecen y van acompañadas de una nota al pie donde se indica que la palabra era ilegible. Porque ahí está otra de las gracias del libro, y es que esta novela fue escrita por Camus justo antes de fallecer en aquel ya famoso accidente de coche cuando tenía 46 años y cuando todavía le quedaba su mejor literatura por delante (o por lo menos eso era lo que él defendía). He dicho fue escrita y en realidad no es del todo verdad porque, como podrá ver cualquiera que abra el libro, es esta una novela inacabada, aunque no por ello merecedora de no leerse. ¿Qué se merece no leerse que haya escrito Camus? Con un gran trabajo de edición y partes que se han intentado complementar con notas al pie y hojas añadidas al final, este El primer hombre bien podría venderse como obra terminada. Aunque, ahora en serio, ¿qué obra está acabada? De todas formas, tengo que decir que, aunque digan que el final que aparece no es el final, vaya si parece un final. 

En El primer hombre nos encontramos con la historia de Jacques Cormery, desde pequeño hasta la edad adulta, y no por ello en ese orden. Y es que desde esa edad última (¿?) el narrador nos va ofreciendo pasos atrás con los que descubrir por qué esa cerrazón del protagonista y, sobre todo, por qué esa ansia en la búsqueda de la figura paternal. El pequeño Jacques no conoció a su padre, fallecido en la Primera Guerra Mundial, pero sí conoce la ausencia de él, y se da cuenta de que debe ocupar su vida en la búsqueda de alguien que llene ese vacío. Por ese hueco pasará su abuela, su tío, su profesor... pero nunca su madre. Aunque convive con ella, aunque la ama más que a nadie, no ve en ella la figura que necesita. Sí en su abuela. Dureza, dolor y castigo. Conviviendo toda la familia en un ambiente de miseria absoluto en el Argel de la primera mitad del siglo XX, Jacques consigue huir de su entorno gracias a su predisposición en clase (y a ese profesor), lo que le lleva a recibir una beca para ir a estudiar al liceo. Será ahí donde el pequeño Jacques descubra otras formas de vida, donde descubra que la miseria no es lo que lo gobierna todo en el mundo, donde se sepa diferente rodeado de una gente que parece superarlo en todo menos en una cosa, lo importante en ese momento: el conocimiento, o la capacidad de él. Así, descubriendo que la mente puede crear vidas más cómodas que las de la propia vida, Jacques irá creciendo hasta llegar a la edad adulta, siempre con la sombra del padre ausente detrás. Por favor, no os perdáis la descripción de ese crecimiento, de ese saber que lo que se deja atrás en la niñez no volverá nunca, de entender pronto que crecer significa dejar la mayor y mejor patria que hay: el ser niño. 

También veremos la versión adulta de Jacques, a quien encontramos en una búsqueda férrea del rastro de su padre. Así, con las dos versiones de los dos Jacques posibles, se va creando desde el contorno hasta el grueso la figura de Henri Cormery, un ser olvidado como tantos otros que perecieron (y perecen) en la guerra, un hombre anónimo como tantos, pero alguien con un hijo (iba a decir familia, pero hijo) que se pregunta por qué, quién y dónde. Y más.

Solo hace falta abrir Wikipedia para ver cómo todo lo contado (y todo lo que queda por contar y que encontrarás dentro del libro, dicho y también no dicho) está en la biografía del propio Camus. Él fue ese niño sin padre por culpa de la guerra, ese niño que vivió la pobreza más absoluta en Alger, que pudo salir gracias al estudio y los libros, que acabó triunfando en la literatura y no tanto en la vida. Alguien que quiso escribirlo todo para dejar sin nada el mundo (su mundo) y así encontrar por fin a su padre. Pero alguien, también, que se fue antes de conseguirlo. Quizá por la prisa de encontrarlo, quizá con la esperanza de encontrarlo. Quién sabe. Yo seguro que no, por eso prefiero disfrutar de lo que queda. Y lo que queda es un grandísimo libro. No pierdas la oportunidad de leerlo.

Víctor González

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LA OTRA VIDA - BLANCA BRAVO

Poco más tarde de la muerte de Teresa de Jesús, desaparecen sus manuscritos y hallan el cadáver de su confesor, a quien había confiado estos documentos.

Después del fallecimiento del intelectual Diego Hurtado de Mendoza, su hijo Rodrigo se aventura a entrar en el laberinto que le llevará a encontrar esos manuscritos y a descifrar el misterio que esconden.

Lo que no sabe Rodrigo es que su viaje estará plagado de pistas que deberá descifrar con los conocimientos heredados de su padre, que deberá desafiar a la censura leyendo obras prohibidas y que se encontrará en medio de una intrincada maraña de caminos que lo conducirán hasta el final de su trayecto, término donde descubrirá la autoría de un clásico de la literatura española supuestamente anónimo.

Blanca Bravo ha creado una novela emocionante de ficción basada en una sólida y trabajada base histórica. El motivo de tan elaborada ambientación histórica se debe a una curiosidad perenne, alimentada durante muchos años, por la autoría de dicho clásico. Después de mucho estudio e indagación, Bravo construyó un puzle con las piezas de sus investigaciones y las de su propia creatividad, armando así un rompecabezas bien acoplado sin ninguna laguna. Sin embargo, aunque es una novela con una proporcionada dosis de emoción, misterio y cultura, puede desvincularse de los intereses de aquellos que no estén familiarizados con la historia y cultura del s. XVI de nuestro país, ya que dichos conocimientos son de gran significación para el disfrute de dicha obra. A pesar de ello, no dejéis de disfrutar de esta obra, ya que es una fuente de deleite y cultura, una buena oportunidad para conocer a fondo quién fue Teresa de Jesús y el legado que esta gran mujer nos dejó. Nunca es tarde para aficionarse a la historia, ¿no creéis?

Andrea Moreno
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SUEÑO - HARUKI MURAKAMI

Algo muy malo tiene que ocurrir para que de la combinación Haruki Murakami y Libros del Zorro Rojo no salga un libro maravilloso. Y como eso no ha pasado ha vuelto a salirles, en la estela de aquel Asalto a las panaderías que reseñé aquí hace ya unos años. En este caso vuelven a la carga con Murakami con otro relato ilustrado por la ya mítica Kat Menschik y traducido también por otro nombre habitual en los libros de Murakami en español, Lourdes Porta. En este caso hablamos de Sueño

Seguramente me repita pero no puedo pasar sin destacar la calidad de estos libros. Bien cuidados, perfectamente editados, sin una sola errata y encima desprendiendo un olor increíble. Si los textos de Murakami ya de por sí merecen la compra, sumarle a ellos las ilustraciones de Kat Menschik y la genial cobertura de Libros del Zorro Rojo hacen de ello una compra obligada.

En este relato, escrito por el japonés en 1990 y publicado por Libros del Zorro Rojo en primera edición en noviembre de 2013, Murakami nos pone delante de una narradora que cuenta su propia experiencia. Y como es normal en él esta experiencia tendrá poco de común. En ella la narradora cuenta que no puede dormir. Retrotrayéndose al pasado, asocia este momento a otra época pasada en la que estuvo también unos días sin poder dormir. Pero esta vez es distinto. Una noche se acuesta, tiene una especie de parálisis del sueño en la que ve una figura mojándole los pies sin ella poder moverse y, cuando por fin puede, se da cuenta de que ya no tiene más sueño. Ni en ese momento ni nunca. Todo ello la llevará a plantearse sus hábitos (ama de casa con hijo y marido que solo sale para comprar o ir a la piscina), la convivencia con los suyos e incluso su vida. No dormir la llevará a encontrar aspectos ocultos de su vida que parece que solo salen a la luz, en contraste, con la oscuridad de la noche. Esas noches en las que hasta ese momento dormía ahora son un lugar en el que encontrar placeres ocultos como leer una buena novela (Anna Karénina, de Tolstoi), hincharse a chocolate o tomarse unas cuantas copas de brandy. Todo lo que ya dejó por tener una vida adulta. 

Pero esa vida adulta se desmorona por la falta de sueño. Ya no sabe si realmente ama a su marido, ni siquiera si le cae bien. No sabe si, incluso, se cae bien a sí misma. Todas esas horas libres, todas esas horas sin descanso (que no parecen pasar factura a su vitalidad, al contrario) hacen que su mente viaje como un rizoma por todos los rincones olvidados de su vida, de lo que ella realmente es. No dormir para despertar. 

Y así, poco a poco, pasando los días, se abre a una nueva vida. Tiene más energía, sale en coche o a dar paseos por la noche mientras todos duermen; compra, come y bebe chocolate y brandy a escondidas; se distancia cada vez más de los suyos. Y todo para acercarse a ella misma. El final, como todo lo que ocurre con Murakami, es totalmente abierto, porque en realidad la clave de la literatura de Murakami, ya sean cuentos o novelas, con sus frases cortas y su escritura aparentemente sencilla, es vivir el conflicto que siempre hay por sorpresa en sus personajes, vivir el cambio, ser partícipes de cómo alguien deja de ser nadie. Aunque solo sea por un rato. Lo mismo que te puede ocurrir a ti, que en realidad te ocurre, cuando abres uno de sus libros. 

Víctor González

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LAS CONFESIONES A MEDIANOCHE DE CONSTANCE KOPP - AMY STEWART

Amy Stewart ofrece una novela policíaca que presenta la historia de la primera mujer ayudante de sheriff. Una novela con un discurso reivindicativo y alentador. Usando fuentes históricas y tapando con ingenio las lagunas, Stewart ha reconstruido unos hechos verídicos con el trasfondo de la Primera Guerra Mundial, que nos recuerdan aquellas grandes luchas cuyas secuelas nos siguen inspirando a no dejarlas apagar hoy.

En la cárcel de Hackensack, Constance Kopp, la mujer policía, se horroriza al ver cuántas mujeres son acusadas de dudosos cargos de conducta incorregible o de moral deprava, como Edna Heustis, que se fue de casa de sus padres para trabajar en una fábrica de armamento. Pero Constance se dedica en cuerpo y alma para defender los derechos de todas ellas. «Eran chicas que se veían obligadas a pasar varias semanas en la cárcel, a la espera de juicios para los que no estaban preparadas, pues no contaban con la defensa apropiada. A menudo, eran los mismos padres los que las acusaban: no era raro ver a madres que testificaban contra sus hijas; ni a padres que tomaban la palabra en los juicios para suplicar a los jueces que los libraran de sus hijas tan díscolas. Y se había vuelto casi una costumbre por parte de los padres recurrir a los tribunales cuando las hijas se volvían obstinadas y testarudas, y ellos ya no podían con ellas.»

En los tiempos que corren, siento la necesidad de acercarme a textos que me hagan sentir que la lucha no está perdida, que seguimos remando incansables sin dejar que una corriente misógina y machista nos hunda la nave; quiero seguir creyendo que algún día, más pronto que tarde, conseguiremos romper el techo de cristal que nos subleva y nos degrada. Los libros como este consiguen alimentar y encender esos pensamientos.

A pesar de ser, como ya he mencionado, una novela muy alentadora, para mi gusto considero que se justifica, demasiado a menudo, en todo aquello que las mujeres pueden hacer y/o se masculiniza un poco a las mujeres transgresoras. «Constance tenía mucha fuerza de voluntad, la adornaba un caro sentido de la justicia y una gran agudeza visual, y sabía sacar ventaja de lo alta que era. Porque una de las razones que se esgrimían para que no hubiera mujeres policía era que les faltaba fuerza física; algo que le sobraba a Constance, y que no dudaba en utilizar a la primera de cambio. El sheriff Heath había detectado en ella esas cualidades que ha de tener un buen policía, independientemente del sexo, y por eso le ofreció el trabajo.» El personaje de Constance Kopp ya es, de por sí, estimulante y fascinante; su carácter, su moral, su sentido de la justicia, su forma de romper con estereotipos y su inteligencia ya son evidencias suficientes para demostrar sus capacidades y es por eso que,  como lectora, se me hacen innecesarias explicaciones como «independientemente del sexo» o que la doten de unas características masculinizadas para hacer un personaje femenino confortador. Si os aventuráis a leer la novela, no todos los personajes femeninos rompedores siguen los mismos patrones, y pienso que, por haber existido realmente, Stewart ha procurado ser los más fiel posible a los personajes de las hermanas Kopp y a los sucesos reales que vivieron. Las tres hermanas son difíciles de olvidar, ya que tienen tantas virtudes como defectos y eso las hace tan humanas como el lector que las está conociendo.

Hay que leer esta novela para querer seguir rebeldes, para querer seguir expresando nuestro dolor, nuestros derechos y para conocer nuestra historia, una historia que todavía queremos seguir cambiando. 

Andrea Moreno

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MOBY DICK - HERMAN MELVILLE

Alguna vez me he encontrado a mí mismo preguntándome qué necesidad tienen ciertas editoriales de, cada cierto tiempo, reeditar clásicos. No sé si ha sido con esta nueva edición de Moby Dick por parte de Navona que me he dado cuenta del porqué, pero creo que lo hacen para que, de una vez, los leamos. Yo, gracias a Navona, lo he hecho. Por fin le puedo llamar Ismael. 

Uno de los propósitos de Año Nuevo que me marco año tras año es el de que el primer libro que lea sea un clásico que todavía tenga pendiente. El año pasado fue Frankenstein, el anterior Solaris y el anterior El proceso. Ya no recuerdo más. Este año debía ser Cien años de soledad (sí, todavía no he tenido el valor de empezarlo. Creo que es el miedo a que me defraude…), pero me llegó esta nueva edición de Moby Dick y no pude resistirme. Si tienes sobre tu mesa un libro de cerca de 800 páginas y letra pequeñita y aun así te mueres de ganas por empezarlo, debes hacerlo. Y eso hice. 

Creo que poco se tiene que decir ya sobre lo que cuenta la gran novela de Herman Melville (a quien, por cierto, en la cubierta del libro físico le sobra una ene). Todos sabemos que lo que se narra en sus páginas es la búsqueda de un enorme y temido cachalote por parte del capitán Ahab a través de las palabras del ya famoso Ismael. Pero lo interesante aquí, como en todas las grandes obras, no es que el tema te sea nuevo, que te lo destripen o que intentes no saber nada hasta adentrarte en él, porque aquí lo que importa es el remolino en el que te introduce Ismael desde las primeras páginas; una narración envolvente y sorprendentemente moderna de la que no consigues salir hasta que el cachalote es cazado… o no. 

Siempre he dicho que no soy nada amigo de los prólogos y este no va a ser el caso que me contradiga. Y es que, como ya viene siendo norma (por favor, que pongan estos prólogos a modo de epílogos por el bien del lector), el prólogo de Enrique de Hériz destripa gran parte de la gracia que tiene (o puede haber tenido, porque yo caí en la trampa de leerlo) la narración sin previos, sin unos spoilers prologados que nada bueno aportan al libro antes de su lectura pero que mucho le aportarían si se leyesen a posteriori. A pesar de ello, con una edición muy cuidada (a excepción de ese detalle en el nombre del autor, que a favor de la editorial hay que decir que en el interior ya no aparece), que ya viene siendo norma en todos los libros de Navona, es una delicia entrar en este Moby Dick

Hace un tiempo una jefa que tuve y a quien le conté que a veces me daba pereza leer según qué clásicos me dijo algo así como: te entiendo, pero si lo vas a hacer, hazlo siempre con una edición cuidada, moderna y actualizada a los nuevos tiempos. Quizá por eso me ha gustado tanto Moby Dick. O quizá solo porque la historia que cuenta, aunque se le puedan quitar bastantes páginas de cierta pesadez a la hora de describir las técnicas balleneras, es toda una maravilla. Siempre he dicho que no soy gran amigo de los clásicos pero este, esta vez sí, me ha contradicho; como siempre hacen los libros, los buenos libros, como es este Moby Dick de Herman Melville. 

Víctor González 
 
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