Lucía es una joven madrileña que, debido a uno de los expedientes de reducción de empleo tan cotidianos hoy en día en España, se encuentra sin el trabajo que la había acompañado y ayudado a subsistir a lo largo de esos años: el de administrativa en un importante banco de la capital. Harta de su situación y condiciones laborales, y agradecida por ese despido, decide aceptar la oferta de su mejor amiga para acabar trabajando en el club de ‘streptease’ de moda de la ciudad, donde su amiga está encantada y donde espera encontrar ese algo incógnito que le falta a su vida.
Será allí donde conocerá a su futura pareja: Víctor, uno de los máximos responsables del banco donde antiguamente trabajaba. A partir de esa relación, Lucía abrirá los ojos ante un mundo de corrupción política y financiera que envuelve a todos los organismos importantes del país. Se codeará con las figuras más influyentes, se adentrará en el mundo de las drogas y descubrirá todo lo que hay detrás de una maraña de ayudas y favores disfrazados de falsa legalidad.
Lucía conocerá de primera mano el significado de aquella certera frase que nos acompaña desde que un tal Francisco de Quevedo decidiera plasmarla en un papel allá por el siglo XVII: “poderoso caballero es don Dinero”. Toda su nueva vida transcurrirá según los dictámenes de ese dinero que crea celos, que convierte amistades en disputas, armonía en desastres, paz en cenizas. El torbellino de cantidades irá en aumento y la puerta irá cerrándose poco a poco hasta pillar los dedos de mucha gente. Y será en ese momento cuando de verdad se aprecie quién fue suficientemente listo (o tuvo suficiente poder) para ingeniárselas en tener un plan para algo que nadie espera, pero que todos saben que puede llegar, y llegará, algún día.
Abrió los ojos es una novela absorbente que narra de manera óptima el día a día de nuestro país desde dentro de esa corrupción generalizada que nos gobierna. Es una descripción novelada de todo lo que está ocurriendo en estos momentos, de cómo de lo más alto se puede llegar a la tristeza de acabar enjaulado. Y lo más triste, de cómo los que más merecerían el aprisionamiento, siempre, de alguna forma, acaban saliendo indemnes.
Víctor G.
@libresdelectura