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LOS CRÍMENES DEL MONOGRAMA - SOPHIE HANNAH

Vuelve Poirot, vuelve la materia gris que a tantos arropó en su infancia. No, no es que Agatha Christie haya resurgido de sus cenizas cual ave Fénix; es Sophie Hannah, ilustre novelista, quien toma las riendas del detective para ofrecernos otra cuidada e intrigante historia en el Londres de 1929. 

Muchas veces nos centramos en lo escrito, en el contenido, sin fijarnos en lo que lo envuelve, sin acordarnos de aquel mens sana in corpore sano. Y digo esto por el excelente envoltorio que presenta la obra, una portada y contraportada de un material aterciopelado que endulza nuestras dedos mientras nuestra cabeza sigue cuestionándose los misterios del caso. Mención especial para ello.

Decía Christie que "la mejor receta para la novela policíaca es que el detective no debe saber nunca más que el lector". Y por ello podemos decir que Sophie Hannah ha triunfado en esta aventura que tenía más de suicidio que de logro. Porque siempre saldrán los reticentes a volver a abrir el tarro de las esencias 'poirotianas', porque tenía críticas negativas aseguradas, porque era una empresa de locos seguir dando cuerda a Hércules Poirot.

Volvemos a verlo en escena, desde los ojos de Edward Catchpool, lo que será muy importante porque siempre iremos de la mano de la ignorancia del detective de Scotland Yard, siempre una marcha menos que el belga. Poco podemos contar que el lector de esta reseña no conozca de Hércules Poirot, así que lo más adecuado en este caso sería mostrar qué va a encontrar como novedad el lector en la obra.

Veremos que Sophie Hannah inyecta en Poirot una intensidad especial en su constante lucha dialógica entre método e intuición, lo que puede recordar en cierta medida a la labor y obra de alguien cercano a nosotros como Benito Jerónimo Feijoo, con esa experiencia tan fundamental, ese error aceptado. También remarcar la dualidad tan necesaria y curiosa que tiene el detective entre la esperanza y la ciencia como elementos capaces de ir de la mano, de congeniar, de empujar una a la otra en la investigación. Su método es único, lo tiene todo bajo control. Aún cuando nadie sabe por dónde irá el sendero inhóspito del caso, Poirot ya tiene las señas a seguir en su mente. Poirot es un especialista en escarbar el fondo de las conversaciones, pero aún lo es más sabiendo descifrar los silencios, descodificando la falta de palabras es como él resuelve sus casos: "Callar es una forma de mentir, una forma muy eficaz, porque no deja establecida ninguna falsedad que se pueda contradecir".

Estos diálogos entre detectives, entre maestro y aprendiz, entre Poirot y Catchpool son lo que hace grande la obra. Diálogos entre la superioridad consciente y la sempiterna duda inconsciente, recordando a una obra maestra como La carta robada de Edgar Allan Poe. Poirot, a diferencia quizás de las obras de Christie, gana en este caso gran poderío psicológico. Descubrimos un Poirot con obsesiones, con sentimientos muy escondidos pero que Catchpool, el detective que anda siempre perdido en la investigación, observa y comprende a la perfección. Hay un niño incomprendido debajo de esa perfección obsesiva, de ese tan acicalado bigote, de esa impecable vestimenta. 

No podemos terminar sin recalcar los directos y certeros dardos que lanza la autora al Londres de la época, imitando tan bien a la creadora. Mejor dicho, imitando o no. Porque vemos claros rasgos de esta autora como hemos comentado, porque también se deja llevar por las líneas que configuran la vida del detective belga. Porque, al fin y al cabo, hace la historia suya. 

Víctor G.

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EL ARTE DE IRSE - NICK SCHINDER


Hoy hablamos de la obra ‘El arte de irse’, de Nick Schinder, escritor y músico argentino autor de esta compilación de cuentos breves escritos por él a lo largo de 16 años, desde el 1996 al 2012.

Un título que corresponde mucho con su figura de viajante por el hecho de haber vivido entre Rosario, Buenos Aires, Londres y Barcelona; ciudades en las que los cuentos se han ido gestando.

Una obra que puede llegar a recordar a las recopilaciones de autores como Cortázar, no tanto por la temática o la estructura, sino más por ese cuento como semilla, como algo recortado, sin inicios ni finales; cuentos con la voluntad de que sea el lector el que los acabe en su mente. En este tipo de cuentos el lector no es un mero espectador de la escena, es un co-elaborador del relato. Nick Schinder busca el lector activo, aquel que al acabar el cuento lo medite, razone, le busque el sentido, su sentido. Como una semilla que crece después de acabar el relato dentro de quien lo lee. Por ese motivo se acercan tanto a la imagen cortazariana del cuento, es decir, aquellos relatos que si fuera en boxeo ganarían por KO, no por puntos. Cuentos cargados de densidad semántica, de tensión narrativa, para llevar al lector a una identificación corta pero muy intensa con lo leído, con lo expresado por el autor.

En el caso de la temática o de la forma de enfocar la obra como un papel de desfogue del autor donde expresar lo sentido en ese preciso instante, podría llegar a decirse que tiene un cierto aire a ‘Esto no es un diario’ del gran sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman. La obra como proyección de la mente del autor. Relatos, confesiones, sentimientos expresados en el papel. Breves, sencillos y austeros, pero fuertes, potentes y sorpresivos.


En definitiva, una reflexión personal por relatos convertida en obra. Pero no en mera obra, sino en un espejo donde mirarse muchos lectores, donde verse representados ya que, al fin y al cabo, todos somos humanos y las preocupaciones, miedos, ansias y alegrías tienen la misma cara para todos por igual. 

Víctor G.
@libresdelectura
www.facebook.com/libresdelectura
 
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