ESCLAVIZA AL TIEMPO

No. No te mires ni te remires más. Eso no eres tú, o al menos no eres lo que debieras ser. Eso es un rostro, reflejado en un cristal de un transporte público, pongamos de un metro que viaja bajo tierra, como tú en estos momentos, que te entierras, a las siete de la mañana. Es un rostro serio de la no valentía, del no atreverse o, por qué no decirlo sanamente: es un rostro cobarde.

Para llegar a ese metro te has levantado esta mañana con legañas en tus ojos y en tu mente. Te puede la vida. Te está ganando día tras día. Piensas de una forma sórdida que el problema es el ruido espantoso de ese metro que está anunciando la parada siguiente con lo que tú aseguras percibir como estridencia. Crees crearte un silencio para huir de ese ruido tan molesto, pero en realidad estás gritando para adentro. Le gritas a otros “esos” compañeros de vagón, porque, y falsamente te aseguras, llevan camiseta horrible o bien el pelo sucio. No son como tú, un modelo perfecto, y si lo fueran tampoco quieres saberlo. Es mejor repetirlo: eres doblemente cobarde. No quieres compartir nada con nadie. No anhelas activarte. O al menos, no lo has deseado hasta ahora. Deseas que el día pase rápido y mañana coger el mismo metro, sumando números al número en que te has convertido. No es que simplemente te gane la vida, es que ésta te apuñala con un pico inexistente, que tú inventas para justificarte. ¿Cómo explicas pues, tú, el “Rey o Reina de la Selva” o “Rey o Reina del Metro” -como así te crees en estos momentos- que cada día te moleste más un indefenso viaje sub-urbano? Eso es un transporte inanimado. Eso no tiene alma, ni sentimiento. Es eso. Con O. Y siempre ha sido eso. Mientras tú ni siquiera buscas la E o la A que perdiste hace mucho tiempo y que te pertenecían. Podrías volver a ser ése o ésa. Así es como vinimos al mundo: con personalidad. Al nacer, nadie recuerda firmar contratos de quejas ni de enojos. ¿Prefieres quejarte y enojarte? ¿Es más fácil? No respondas ahora, porque eres doblemente cobarde y lo harás en silencio, como lo estás haciendo ahora en este dichoso metro.

Quizás no has probado huir de tu silencio y dar la mano al otro eso y convertirte en ese o esa. Pruébalo. Es otra opción. Unirse bien fuerte a “eso” que malgasta sus finos dedos mientras teclea con vértigo lo que parece un móvil o un cacharro de estos (su silencio); o unirse a aquél otro “eso”, lo que apoyado en la barra se aleja en sus particulares escudos, llamémosle auriculares, contra ese ruido espantoso, mientras escucha la música creada por otros que sí lograron activarse, pensar, componer y crear. Pruébalo. Suma almas, no miedos. Sumemos.

Es fácil. O ni siquiera fácil. No es nada. No existe la lucha. No existe el rival. No hay secretos. Quizá algún consejo.


Que la vida y el tiempo no te presten como esclavo. Que te prestes tú como el cuádriga que dirige la vida y el tiempo. Te sentirás mejor, te lo digo yo, que tras muchos latigazos recuperé el aliento. Te lo digo yo que, de tanto reflejarme, ya no me reconozco. Esclaviza tú al tiempo. Porque el que eres ahora, no eres tú. Y no. No te mires ni te remires más...

Daniel Arrébola 
@dani3arrebola 
@apetececine
http://apetececine.wordpress.com/

2 comentarios:

Nieves Fernandez dijo...

Daniel remueves inquietudes con este relato y yo, particularmente, me he sentido identificada porque yo también me sentía así y no hay duda que la mejor forma de vivir es viviendo no sobreviviendo, romper las ataduras que muchas veces nos autoimponemos, como tu bien dices por cobardía y por miedo, dejar de ser conformistas y domar nosotros al tiempo, no al revés. Felicidades!

arrébola dijo...

Muchísimas gracias Nieves!
Me alegro que te haya gustado. Los textos siempre han de despertar sentimientos y jamás dejarnos indiferentes.
Un fuerte abrazo!

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