ISABEL

Me juega una mala pasada mi memoria si intento recordar cuándo nos conocimos. Supongo que será porque tengo la sensación de que nos conocemos de toda la vida. Lo que sí recuerdo, es que entraste en mi vida en un momento en el cual necesitaba renacer como un Ave Fénix de sus cenizas y poco a poco, tu fuerza, tu descaro y tus ganas de disfrutar de la vida me invadieron y contagiaron, haciendo que el animal agazapado y asustado que conociste, se convirtiera en un cachorro de leona, que despacito pero con paso firme, iba dándole pequeños mordisquitos al mundo.

Recuerdo tantos buenos momentos compartidos, enganchadas al teléfono horas y horas, mientras me fumaba un cigarro y observaba el cielo de Málaga desde mi ventana, mientras nos contábamos nuestras aventuras y desventuras amorosas y cómo llevábamos la facultad. Hacíamos planes para cuando ambas volviéramos por vacaciones a nuestro pueblo, esperanzadas e ilusionadas por noches que se confundían con días y días que daban paso a eternas noches. Bailando, riendo, tomando alguna que otra copa y sobre todo disfrutando de nuestra juventud.

No teníamos secretos, nunca los hemos tenido, siempre nos lo hemos contado todo y dicho todo a la cara, sin falsedades, sin temores, con unos cimientos tan bien anclados en la amistad, que ni el peor de los tornados los movió ni siquiera un centímetro.

Y tuviste que ser tú, quién sino amiga mía, la que convirtiéndose en celestina de zapatos de tacón y minifalda aquella noche, consiguiera lo impensable. Interrogando a un amigo en plan “poli bueno, poli malo” para que confirmara que el objetivo que perseguías para mí, esa noche de Septiembre, estaba más cerca de lo que pensábamos. Le buscamos cual agentes camuflados en un cinquecento por medio pueblo, hasta por fin dar con él y hacernos las encontradizas, para que el que hoy es el hombre de mi vida, no sospechara nada de lo que tramaban las amigas que en ese momento lo miraban con carita de niña buena.  

Pasaba la noche, llena de miradas cómplices entre ambas, excusas para ir cada dos por tres al baño de chicas, bailes al son de Ricky Martin y Chayanne y risas nerviosas hasta que por fin lograste lo que te propusiste, y aquel amigo común de mirada honesta al que le encantaban el baloncesto y las motos, selló mis labios con los suyos mientras tú nos vitoreabas con un sonoro “por fin”.

Han pasado los años y tú, al igual que yo, hemos seguido caminos diferentes. Tú en Madrid, yo en Puertollano, tú con tu cubano y yo con mi motero, tú investigando y yo escribiendo e intentado trabajar como psicóloga, viviendo experiencias y vidas diferentes, pero pese a la distancia y a todo los demás, esos cimientos siguen tan fuertes o más que el primer día, porque ahora nuestras confidencias no tienen que ver con los chicos que nos gustan o con lo que nos ponemos para salir, son mucho más importantes y trascendentales, más vitales y en esos momentos de debilidad, cuando el tirar la toalla parece la única opción, ahí sigues, al pie del cañón con tu fuerza, tu descaro y tus ganas de disfrutar de la vida y cuando lo que toca es saltar de alegría y brindar por nuestros éxitos, ahí estas tú, con tus risas, con tus bailes y con mil cosas más. Todas y cada una de ellas responsables de que se me llene la boca al decir, que fuiste, eres y siempre serás mi mejor amiga. 

María de las Nieves Fernández, 
autora de "Los ojos del misterio" (Falsaria).
@Marynfc



4 comentarios:

José Martín Bartolomé dijo...

Muy humano y con el encanto de la normalidad en algo tan poco normal como es encontrar una buena amistad. Que dure siempre. Un saludo.

Nieves Fernandez dijo...

Muchas gracias José. Un saludo.

Anónimo dijo...

Que bonitoooooo!!! Me has transportado no sé cuántos años atrás y os he visto perfectamente en mi cabeza!!! Que cosa más linda has conseguido con sólo unas palabras. Que bonicas que sois, coño!!

Esther

Nieves Fernandez dijo...

Muchísimas gracias Esther!!! Me ha encantado tu comentario. Saludos!!!

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