CORRE

Sentada en la silla de la cocina con todo preparado como a él le gustaba, masticaba el aterrador silencio que anticipaba el horror, solo violado por el constante tic-tac del segundero del reloj de pared, que cada vez parecía ir más deprisa hacia la hora que marcaba su inevitable llegada. Conforme el minutero avanzaba, el palpitar martilleante de su corazón y su respiración cada vez más rápida y superficial, amenazaban con ahogarla.

En estado de alerta ante cualquier ruido que pudiese denotar su presencia, repasaba una y otra vez que no se hubiera olvidado de nada y que nada estuviera mal. Suspirando para atrapar ese aire que parecía tan denso como la lejía que encallecía sus manos, cerró los ojos un segundo y vio su imagen años atrás, cuando aún se sentía viva.

Era el hombre perfecto y el amor que le profesaba parecía caído del mismísimo cielo. Algo introvertido, sí, pero eso le hacía aún más interesante y atractivo. Se casaron una bonita mañana de primavera en una pequeña iglesia con apenas unas cuantas decenas de invitados, pero al menos para ella, fue una boda de cuento de hadas, un espejismo del cuento de terror en el que su matrimonio se convertiría un par de meses después.

La primera vez fue por un despiste, en el que quemó una camisa suya, a partir de ahí, habían sido tantas veces y por tantos motivos que ya ni recordaba los porqués, ni los tubos de Trombocid que había gastado para curar las supuestas caídas, los fortuitos golpes contra los picos de las mesas o contra las puertas de los armarios.

No logró llevar a término la vida que crecía dentro de ella y que se había engendrado de manera tosca y primitiva, y perdió el único motivo que le hacía sonreír, engañándose a sí misma, diciendo que aquella vida cambiaría las suyas. Que el hombre que la despreciaba acabaría apreciándola por darle un hijo, pero no fue así y ya nunca sería así.

Nadie sabía nada, de cara a la galería seguían siendo esa pareja perfecta que aunque no mostraba afecto en público, si parecía bien avenida y sin problemas aparentes. Sus familias no vivían en la misma ciudad que ellos, por lo que cuando él sabía que se iban a ver, dejaba sus manos reposar para que nadie notara los estragos que hacían en su cuerpo, aunque las voces y los insultos que se clavaban en sus tímpanos y que hacían añico su cerebro y su autoestima nunca paraban.

Quería salir de aquel infierno pero el miedo, la inseguridad, el no saber adónde ir, ya que él era su único sustento y el haberse acostumbrado, en cierto modo, a ese tipo de vida la ataban a ese universo donde no había flores, ni bombones, ni te quieros. Nada la había hecho reaccionar aún para salir de aquella condena, aunque cada vez que él terminaba y se iba a duchar, a ver la tele o a comer algo, satisfecho del trabajo que había hecho con ella y que la había dejado contusionada, malherida, con lágrimas de angustia y con la culpabilidad devorándole las entrañas, una voz que la decía “huye, corre, sal de aquí” cada vez era más alta y más clara.

El ruido de la cerradura al abrirse, la hizo dar un brinco en la silla y que el corazón se le disparase a mil por hora. ¿De qué humor llegaría? ¿Qué tal le habría ido en el trabajo? ¿La comida estaría a su gusto? Su suerte dependía de las respuestas a esas preguntas, aunque a veces deseaba que el hombre al que amó y adoró profundamente, terminara con su agonía para que por fin pudiera descansar en paz.

La puerta se cerró con un portazo y los pasos fuertes y rápidos no eran buena señal. En cuanto apareció por el quicio de la puerta supo que la suerte de nuevo no estaba de su lado.

- He tenido un día de mierda en el trabajo y cuando salgo y cojo le coche me doy cuenta que hay un puto arañazo en la puerta del copiloto. ¿Se puede saber cuándo lo has cogido? – bufó con la cara amoratada y con las venas marcándose a ambos lados de su cuerpo.

No había cogido su coche hacía meses, pero estaba tan bloqueada y asustada que no atinaba a responder, y aunque respondiera, sabía que no iba a servir de nada.

- ¡Contesta!

La bofetada fue tan fuerte que durante un instante dejó de oír por el oído derecho, perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en la mesa de la cocina para no caer derrotada al suelo.

- ¿Y encima me pones arroz para comer otra vez? ¡Maldita inútil!

Los insultos, las voces y los golpes se fueron sucediendo e intercalando. El tiempo pareció alongarse meses, hasta que ella perdió el equilibrio y las ganas de defenderse. Si oponía resistencia sabía que era peor. Hubo un momento que su pensamiento se dispersó y ya no sentía dolor, no sentía su voz, no sentía nada. Su mente se quedó plácida y viajó a un lugar donde estaba sola y tranquila. Entonces la voz suave y dulce de su conciencia le dijo que se levantará, que corriera, que huyera. Que sabía que en ese momento no tenía ganas de seguir viviendo, que era mejor la muerte que aquella vida a la que él le sometía pero que debía seguir adelante y para ello necesitaba salir de allí, que aún estaba a tiempo y que si lo lograba podría llegar a ser feliz.

La escuchó atenta, temerosa pero esa voz era fuerte y esa fuerza se proyectó hacia ella haciéndola abrir los ojos, desorientada, magullada, ensangrentada y rota pero con el valor y la decisión aclarándole la mente y las ideas.

Tumbada en posición fetal sobre el suelo hizo oído y escuchó el ruido de la ducha. No sabía cuándo había dejado de marcar su ira en su cuerpo por lo que debía darse prisa. Se levantó con el dolor y la sangre como compañía, pero esa desagradable sensación la hizo acrecentar su fuerza.


Cogió una silla de la cocina y colocó su respaldo atrancando el pomo de la puerta del baño, para retener al monstruo que la dominaba y corrió. Corrió tan rápido como pudo, sintiendo como el miedo se escapaba de ella y quedaba difuminado por el viento. Corrió presa de su conciencia, que la llenaba de ímpetu para hacer lo que debía hacer. Corrió sabiendo que el camino que le esperaba sería duro, pero también sabía que con cada zancada que sus piernas daban, estaba más cerca de su salvación y cuando sin aliento y con la sangre ya seca llegó a las puertas de la comisaría, supo que aquel día sería el primero del resto de su vida. 

María de las Nieves Fernández, 
autora de "Los ojos del misterio" (Falsaria).
@Marynfc
http://elmundodelosojosdelmisterio.blogspot.com.es/

4 comentarios:

AZUL dijo...

precioso relato de Nieves sobre un tema muy delicado y por desgracia muy actual, esta escrito con tanto sentimiento que he empatizado completamente con la protagonista y he terminado secandome las lagrimas. Felicidades Maria Nieves

Nieves Fernandez dijo...

Muchas gracias Azul. Me alegro que te haya gustado. Saludos :-D

soraya monforte dijo...

Me encanta Maria Nieves... Los pelos como escarpias se me han puesto. Precios

Nieves Fernandez dijo...

Gracias Soraya. Un abrazo

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