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FICCIONES - BORGES

Soy de esos lectores que temen a los libros tachados por el fervor popular de “importantes” y por eso siempre postergo su lectura diciéndome a mí mismo que todavía no estoy preparado. Por desgracia, me dieron a leer El Quijote mucho antes de lo que debería haberlo leído y perdí allí mi oportunidad de valorar como se merece el primer encuentro con un libro de tanta grandeza. Fue una pena con El Quijote pero no lo ha sido con Borges. Es cierto que cabe la posibilidad de que en un futuro – cercano o lejano, no sé – me diga a mí mismo que ese es el momento de haber empezado con Borges, pero ya lo he hecho y, en este caso, no me arrepiento para nada.

Siempre he pensado que los libros llegan en el momento más oportuno, que saben cuándo les necesitamos y se colocan a propósito en ese estante de la librería al que tus ojos van sin razón aparente o que se cuelan en el regalo que te hace un familiar o que caen a tus pies de repente cuando caminas un poco perdido – eso pasa siempre – por una biblioteca. Borges me llegó no hace mucho tiempo cuando mis ojos, tras muchas lecturas de lo que podemos llamar novedades editoriales, empezaban a acostumbrarse a la literatura. Algo inaceptable. Llegó y lo desmoronó todo, me despeinó, me dio esa fuerte sacudida que deben dar los buenos libros. 

Me llegó Borges con El Aleph y supo quedarse en mi memoria hasta hoy – y espero que durante mucho tiempo más –. Unos meses más tarde, echando una ojeada a los estantes de una librería de viejo, me encontré con Ficciones, uno de esos libros que lleva mucho tiempo apuntado en mayúsculas en las notas de mi teléfono como lectura pendiente. Lo compré y debo confesar que no sabía si iba a leerlo. He tenido que esperar hasta este nuevo año para hacerlo y, como siempre sucede, creo que ha sido el mejor momento. Me he vuelto a encontrar con esa verborrea inclasificable, con esa cascada de adjetivos tan suya, con la intertextualidad entre relatos, con ese narrador no fiable que siempre está, que a veces sorpresivamente se dirige directamente a ti, esos paréntesis que provocan sonrisas de admiración, el juego de espejos, los laberintos, la entrada y aparición repentina de Borges. 

Borges tiene un estilo y su huella siempre aparece en todos sus relatos. A veces se escapa del lector y otras le habla directamente, a veces duda y en pocas ocasiones afirma rotundamente, y la mayoría de las veces consigue introducirnos en un mundo laberíntico donde toda verdad es apariencia y tiene un doble. En Ficciones he conocido por fin a Pierre Menard, he leído relatos que tantas veces me habían recomendado como son los de La lotería en Babilonia o – mi favorito – La biblioteca de Babel. Pero sobre todo he viajado por la mente a medida que lo hacía por unos espacios físicos que describía Borges, ese gran Borges que sigue vivo gracias a libros como este y que nosotros podemos despertar de su sueño eterno cada vez que nos demos a su lectura. Yo ya me he atrevido. Te toca. 

Víctor González.
@chitor5


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ALGO POR DESCUBRIR

Dicen, y así quiero creerlo, que existe un lugar en donde habitan todos los lugares. Un punto. Nada más que un punto que todo lo contiene -o  algo así decía Borges- en armonía. También he oído, o leído - o quizá lo haya imaginado -  que cada una de nuestras células contiene el mapa del universo; y que si se quisiese, si se quisiese desde el alma, desde la verdad, podríamos acceder a él.
He sentido, desde el amor, que cuando realmente he visto ha sido al cerrar los ojos. Por eso me paso el día imaginando, porque suelo llevarlos abiertos. 

Quizá sea yo, quizá sea cosa mía. O quizá no. Pero te aseguro que siento algo así como un anhelo latente; como un recuerdo que me sobrevuela constantemente en forma de deseo; como un aliento en la nunca cuyo calor me recuerda que aún queda algo. Algo por descubrir. Y digo “algo” por nombrarlo, por ponerle un nombre; pero sé que ese Algo, ese Algo es el Universo dentro de mí. 

Sueño con encontrarme conmigo, con el alma mía. Algunos días, en algunas mañanas, en algunos momentos me hallo sumergida en esa ilusión, pero en seguida se desvanece y se confunde entre ruidos de lo que llamamos “la realidad”. Coches, alarmas, vecinos en obras, prisas en bocinas.
Pero de vez en cuando, y solo de vez en cuando, aparece alguien que, al parecer, ya ha estado en ese lugar que dicen, en ese punto en que todo existe. Ese alguien viene con la intención de ayudarme a llegar hasta allí. Hoy ha sido Debussy, con su Claro de luna; ayer Jaime Sabines con su Tía Chofi; ante ayer Julio Cortázar, con Una flor amarilla... A veces simplemente es el viento, con su aire frío, que me hace cerrar los ojos y sonreírme, y con él sentirme libre del cuerpo y volar por dentro. 

Yo creo que ya he estado en ese lugar, ¿por qué sino tendría que acordarme tanto de él sin saber demasiado bien de lo que me acuerdo? Pero lo he olvidado, aunque no lo suficiente como para no echarlo de menos. Y cada día aparece alguien que también lo busca, como yo, sin saber cómo nombrarlo, sin saber si quiera que lo está buscando. Y yo le sonrío, le sonrío con cariño, como a un niño que todavía no entiende por qué se despide el sol cada día, y por eso cierra los ojos y no los abre hasta que lo vuelve a ver. 

Yo, como el niño, también cierro los ojos; y cada noche, cuando se dejan caer mis párpados, recuerdo un poquito de ese Algo que algún día vi. Y por eso vivo feliz, porque sé que existe y sé que todo, todo, todo, me lleva hasta ese lugar. Y por eso me entristezco, porque quiero volver a él y nunca puedo del todo. 

Un día me levanté, me miré a los ojos y en el fondo de mi pupila estaba ese lugar. Mi pupila era ese punto donde habitaba yo, el alma mía, y donde dejé de ser yo para comenzar a ser todo. 

Dicen, y así quiero creerlo, que existe un lugar en donde habitan todos los lugares; dicen que siempre quedará Algo que descubrir.

Sammy.
 
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