ALGO POR DESCUBRIR

Dicen, y así quiero creerlo, que existe un lugar en donde habitan todos los lugares. Un punto. Nada más que un punto que todo lo contiene -o  algo así decía Borges- en armonía. También he oído, o leído - o quizá lo haya imaginado -  que cada una de nuestras células contiene el mapa del universo; y que si se quisiese, si se quisiese desde el alma, desde la verdad, podríamos acceder a él.
He sentido, desde el amor, que cuando realmente he visto ha sido al cerrar los ojos. Por eso me paso el día imaginando, porque suelo llevarlos abiertos. 

Quizá sea yo, quizá sea cosa mía. O quizá no. Pero te aseguro que siento algo así como un anhelo latente; como un recuerdo que me sobrevuela constantemente en forma de deseo; como un aliento en la nunca cuyo calor me recuerda que aún queda algo. Algo por descubrir. Y digo “algo” por nombrarlo, por ponerle un nombre; pero sé que ese Algo, ese Algo es el Universo dentro de mí. 

Sueño con encontrarme conmigo, con el alma mía. Algunos días, en algunas mañanas, en algunos momentos me hallo sumergida en esa ilusión, pero en seguida se desvanece y se confunde entre ruidos de lo que llamamos “la realidad”. Coches, alarmas, vecinos en obras, prisas en bocinas.
Pero de vez en cuando, y solo de vez en cuando, aparece alguien que, al parecer, ya ha estado en ese lugar que dicen, en ese punto en que todo existe. Ese alguien viene con la intención de ayudarme a llegar hasta allí. Hoy ha sido Debussy, con su Claro de luna; ayer Jaime Sabines con su Tía Chofi; ante ayer Julio Cortázar, con Una flor amarilla... A veces simplemente es el viento, con su aire frío, que me hace cerrar los ojos y sonreírme, y con él sentirme libre del cuerpo y volar por dentro. 

Yo creo que ya he estado en ese lugar, ¿por qué sino tendría que acordarme tanto de él sin saber demasiado bien de lo que me acuerdo? Pero lo he olvidado, aunque no lo suficiente como para no echarlo de menos. Y cada día aparece alguien que también lo busca, como yo, sin saber cómo nombrarlo, sin saber si quiera que lo está buscando. Y yo le sonrío, le sonrío con cariño, como a un niño que todavía no entiende por qué se despide el sol cada día, y por eso cierra los ojos y no los abre hasta que lo vuelve a ver. 

Yo, como el niño, también cierro los ojos; y cada noche, cuando se dejan caer mis párpados, recuerdo un poquito de ese Algo que algún día vi. Y por eso vivo feliz, porque sé que existe y sé que todo, todo, todo, me lleva hasta ese lugar. Y por eso me entristezco, porque quiero volver a él y nunca puedo del todo. 

Un día me levanté, me miré a los ojos y en el fondo de mi pupila estaba ese lugar. Mi pupila era ese punto donde habitaba yo, el alma mía, y donde dejé de ser yo para comenzar a ser todo. 

Dicen, y así quiero creerlo, que existe un lugar en donde habitan todos los lugares; dicen que siempre quedará Algo que descubrir.

Sammy.

3 comentarios:

Carlos Aparicio Tobar dijo...

Bonito texto Sammy!

Anónimo dijo...

m'agrada, m'ha agradat molt !

Lucia Prade dijo...

Me identifico! Hace muy poco he escrito un texto similar en mi blog, sobre “ver con el corazón"... Muy chulo tu texto! un abrazo, Lucia

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