Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
0 comentarios

EL TIEMPO DE LOS ESPANTAPÁJAROS – CÉSAR GONZÁLEZ ÁLVARO

Puede leerse en la contraportada el símil entre el autor del que hablamos hoy y el emblemático Roald Dahl. Pero hay en la literatura de César González una oscura profundidad que lo aleja del creador de Charlie y la fábrica de chocolate. Es ese reflejo de la desazón interna de los personajes lo que llevaría al recuerdo de una autora contemporánea más próxima, Hilary Mantel. Los dos son capaces de enfocar su escritura a las preocupaciones traumáticas de personajes que nos muestran su interior mediante sus acciones. No es tanto el introducir al lector en la mente catastrófica de los personajes como haría el psicologismo francés de Flaubert sino el intuir algo pesado y frustrante que nunca se acaba de comprender del todo. César González consigue satisfactoriamente dejar al lector con la sensación de que siempre hay algo más que nos ha querido decir el personaje con ese andar preocupado, con esa tan turbia existencia. 

Cuatro son los relatos que componen esta obra. Cuatro narraciones donde lo importante son los personajes y sus acciones en el breve camino de su extensión. Se consigue conectar de tal manera con ellos que se sufre igual, que se siente la tragedia que sobrevuela sus cabezas emergiendo del subconsciente. César González sabe ocultar tan bien el dolor en sus personajes que el lector se verá, sin darse cuenta, llorando por dentro. Las lágrimas no afloran porque nada aflora en los cuentos de César González; todo está oculto detrás de las palabras, como el miedo al vivir, como la duda al andar. 

Son cuatro relatos distintos pero con puntos de conexión, como los ambientes zolescos o la destrucción ambiental tan propia del romanticismo de Baudelaire. Una serie de relatos que conectan a la vez con su título, con El tiempo de los espantapájaros. No hay mejor reflejo de un mundo y una época que únicamente se basa en ocultar nuestros temores tras numerosas fachadas que esta obra. En ella viviremos la frustración que empapa a todo ser humano por el simple hecho de serlo, nos veremos siendo los espantapájaros del título, almas errantes en cuerpos inertes que esperan dudando y temiendo el fin de sus días. 

Víctor G. 

COMPRAR LIBRO:




0 comentarios

LA CAPITAL DEL PECADO


LUJURIA… Por estar poseyéndote hasta en mis sueños, donde no hay respiro, donde no hay nada que importe más que aquello que haces con mi cuerpo… con mi alma.

GULA… Por derretir chocolate sobre tu piel y lamer tus heridas, saboreando cada rincón que me dejes probar hasta que esté saciada de ti, hasta que esté completamente llena del amor que me das.

AVARICIA… Porque solo seas mío, porque como alguien se atreva solo a respirar en tu misma dirección soy capaz de matar. Quiero ser la única que te toque, te mire, te desee, te ame, te necesite.

PEREZA… Por no querer que pase el tiempo a tu lado, porque quiero quedarme colgada de tus manos indefinidamente, irremediablemente, sin hacer otra cosa que amarte una y otra vez, lenta, pesadamente, sin prisas. 

IRA… Por lo injusto que es el mundo cuando me separa de ti. Cuando aquellos que nos envidian quieren que seamos tan infelices como ellos, pero nada ni nadie podrá con nosotros, con todo lo que hemos construido. 

ENVIDIA… De la tela que te toca, del sol que te ilumina, del aire que te roza.

SORBERBIA… Porque me has elegido a mí y no a otra, por lo que me siento el ombligo del mundo. Porque nadie te arrebatará de mis brazos porque soy lo mejor que te ha pasado. 

Y seguiré pecando una y otra vez, mil veces porque no habrá ni dios ni demonio que me impida sentir lo que siento por ti. 

María Nieves Fernández.

0 comentarios

LA MISMA HISTORIA DE SIEMPRE


Otra vez lo has vuelto a hacer. Pensé que después de tantos años habrías aprendido la lección, pero no, has caído de nuevo, tropezando con la misma piedra y sin visos de levantarte.

¿Cómo has podido darle otra oportunidad? ¡Con todo lo que te ha hecho padecer y sufrir! ¿Acaso has perdido la memoria?

Tras años confiando en él te ha dejado triste, hundida, dividida, a punto de la quiebra y con evidentes signos de cansancio y abatimiento. Te estás quedando sola por su culpa. Los amigos, esos amigos tan jóvenes e inteligentes que tienes se están yendo de tu lado porque es insostenible vivir contigo. Los tratas a patadas y todo por su culpa.

Tu vida es sombría. Ya casi ni lees ni escuchas música, y son contadas las ocasiones en las que vas a los cines o teatros porque él te lo ha impedido.

¿Es que no ves todo el daño que te ha hecho?

Y sin embargo tú, miedosa a nuevos vientos le das otra oportunidad. Tenías pretendientes mucho mejores que él. Más preparados para los tiempos que corren y que te podían haber devuelto el esplendor con un gran cambio. Pero no, decidiste anclarte en el pasado y dejarte llevar de la mano de nuevo por él.

Y lo curioso del caso es que no paras de quejarte amparada en el anonimato de los que te rodean. Que si es un ladrón, un corrupto, que ojalá se fuera de tu lado para que viniera otro, que estás harta de todo lo que te hace… Si tan cansada estás, ¿Por qué le demuestras todo lo que lo aprecias ensalzándolo públicamente, cuando en verdad tenías todo en tu poder para cambiar las cosas?

Pero me da la sensación de que te importa poco tu futuro mientras tengas cerveza fría, vacaciones y fútbol en la tele. Así te va…

Después de lo que ha pasado y lo que has hecho, querida mía, espero no volver a oír quejarte de lo mal que te trata, porque tú te lo has buscado.

No tengo nadas más que decirte, solo que no te entiendo querida España, no te entiendo.

María Nieves Fernández.
@Marynfc
0 comentarios

LLOVÍA


Llovía. Llovía como no lo había hecho en años. Llovía como si el cielo de Madrid estuviera de luto permanente por un sol que había desfallecido y se negaba a resucitar. Llovía tanto que el agua recorría furiosa las calles y calzadas, sin que nada ni nadie se interpusiera en su camino, aventada por coches y pisadas, por el viento y por tantos y tantos recodos que había en su carrera hacia su destino.

Él se resguardaba bajo el soportal de un antiguo teatro cuya última función aún se anunciaba en los carteles. El resto, cómo él, deslustrado y ruinoso. Rodeado de periódicos y cartones y sobreviviendo como podía a las inclemencias humanas y meteorológicas.

Por lo menos, aunque la humedad ya formaba parte de sus frágiles huesos, no se calaba.

Se mantenía recostado mirando el paisaje que formaba parte de su vida en los últimos meses. Las piernas de hombres, mujeres y niños que se paseaban frente a él era el espectáculo de cada día. De rodilla para abajo era el mundo que veía. Se negaba a levantar más la cabeza de esa distancia. ¿Para qué?

Miradas incomodas era lo que siempre se había encontrado. Reprobatorias, acusatorias, condescendientes…

Prefería las pantorrillas y los pies.

Si aún existiera ese absurdo programa de la televisión en el que la gente se apostaba que era capaz de los más histriónicos records, el iría y se apostaría su pequeño termo – que era el objeto de más valor que poseía en ese momento – de que era capaz de saber todo del dueño o la dueña de las piernas que veía.

Si usaba pantalón o falda, la forma de la pantorrilla, los zapatos que llevaba, la forma de caminar… Sólo unas pocas pistas le hacían falta para decir si era hombre o mujer, la raza, la edad, con o sin pareja e incluso la más que probable profesión, alguna que otra virtud y algún que otro defecto.

Sí, podría ganarse así la vida, pero hasta que eso ocurriera seguiría perfeccionando su técnica, mirando y analizando de rodilla para abajo desde su cama de cajas y cartones, arropado con sus ajadas mantas y con su termo y un pequeño hatillo como única compañía, a todo aquel que se cruzara con sus marchitos y enrojecidos ojos.

Seguía lloviendo. Cerró los ojos un momento y se concentró en el ruido que le rodeaba. Bocinas, motores, pisadas, voces, lluvia… y recordó cómo había llegado hasta allí. Por qué ahora su único paisaje eran las piernas de los demás. Malas compañías, drogas, alcohol y todo se va a la mierda. Primero las mentiras, luego el dinero y después la mujer de tu vida con un bebé de seis meses. Después el trabajo, la casa, tu familia te da de lado y las malas compañías, las drogas y el alcohol es lo único que te queda, hasta que la calle se convertía en tu refugio.

Abrió los ojos del golpe y por primera vez en mucho tiempo subió la mirada. Un niño le analizaba de arriba abajo protegido de la lluvia por un pequeño paraguas de unos dibujos animados que no reconocía. Sin mediar palabra el pequeño le dio una piruleta que él aceptó y ambos se sonrieron hasta que una histérica madre se llevó al niño casi arrancándole el brazo mientras le reprochaba su comportamiento.

Volviendo a bajar la mirada, abrió la piruleta y la paladeó. Sabía a fresa, dulce. Un agradable dulzor que mitigó por un momento toda la acidez que corrompía su cuerpo.

No dejaba de llover. Llovía como si el cielo de Madrid no supiera aguantar las lágrimas por todas las personas cómo él y por el cruel destino que los había colocado allí, en la calle, bajo la lluvia.

María de las Nieves Fernández.
@Marynfc
0 comentarios

LA LUNA


Siempre tenía respuestas para todo. Alzaba la mirada y estaba allí para resolverme cualquier duda. Le preguntaba mucho por él; por sus despedidas fugaces, por nuestros encuentros fortuitos y por todas las dudas que esa mirada azul jamás supo resolverme. Ahora, en cambio, la busco y no está. Pregunto y no contesta. Quizás sea porque dejé de besarme bajo su cielo, porque pegué portazo a esa historia que huía de los rayos del sol. Quizás se sentía traicionada. Ella siempre fue nuestra cómplice, nos susurraba que allá donde fuéramos, siempre nos uniría. Al fin y al cabo, los dos la compartíamos en el mismo cielo. Ahora todo ha cambiado, los dos hemos callado y con nosotros; ella, nuestra aliada y protectora. La busco y no está. Hablo y no contesta. Siempre estuvo en el lado contrario, en el bando del enemigo. Y yo sin darme cuenta. Se parecían tanto. Los dos se escondían y aparecían cuando no les tocaba. Siempre quise alargar la noche, pero ella se empeñaba en acabarla. Quizás eran señales que mostraban un final. Pero no me preocupa, me pasé al bando del sol hace un tiempo. Aún así, sé que solo en la luz oscura de sus brazos me siento segura. 

Blanca de Paco.
@blancadepaco
0 comentarios

CORREN


Las fotografías repiten mecánicamente lo que nunca se podrá repetir existencialmente. Lo obvio, que el pasado es inalcanzable. Solo nos hace falta desenterrar álbumes y carpetas repletas de fotos para confirmar que sí, que todo eso ocurrió, que nosotros estábamos allí y, justo entonces, de repente, como si una máquina del tiempo se hubiera activado, nuestros recuerdos vuelven. Nos transportamos a aquellos días en los que compartíamos la vida diaria, a aquel día en que nos reímos tanto, a aquel otro en el que tuvimos aquella conversación tan curiosa, a aquel en el que hicimos tantas tonterías, a aquel en que una lloró y las otras estuvimos a su lado, a aquellas noches en las que parecía que éramos invencibles…

No hay fe más barata que la de la imagen congelada, pero también gasto de la cara. Siento, tengo fe, que a pesar de la distancia nada ha cambiado ni una pizca. Lástima que este sentimiento no se pueda fotografiar… seguramente lo enmarcaría.

Cristina Costa.
0 comentarios

LO QUE OLVIDAN LAS ETIQUETAS


Hace tiempo que lo sé. La verdad es que no podría decir el momento exacto en el que se convirtió en un hecho. Naces, y poco a poco vas tratando de ir acostumbrándote a ti misma. Poco a poco vas acercándote a lo que te hace feliz, y sabes que te hace feliz porque hay algo que te pellizca el corazón y hace que tu sonrisa se ponga de puntillas cada vez que lo haces. O eso me han dicho. También vas descubriendo lo que no te gusta, lo que hace que aprietes con rabia los dedos de los pies y respires desacompasadamente, tratando de contener unas palabras que te suben al galope por el esófago con lanzas y piedras dirigidas a nada en concreto y a todo en general. 

A partir de este sencillo baremo de “me gusta” y “no me gusta” fui haciendo caso del famoso aforismo del templo de Delfos, que reza algo así como “conócete a ti mismo”. También es cierto que caí en la tentación de definirme a mí misma a partir de lo que no era, a partir de la contraposición con los demás; vamos, de la simple comparación con el otro. Y me di cuenta que no era costurera, como mi abuela; ni domadora de leones, como el señor aquel al que le faltaban cuatro dedos; y que, por desgracia, tampoco era heladera, porque a mí el chocolate me gusta caliente, y los helados de colores (así, en general) siempre me han dado muy mala espina. 
Así que una vez pasada mi adolescencia y ya con signos de una incipiente madurez, me junté con un gran saco de palabras, entre las cuales destacaban profesiones, vocaciones, estados de ánimo permanentes, identificaciones sexuales y tantas otras palabras que pudieran acabar de completar de significado la siguiente frase “yo soy (y puntos suspensivos, para que pienses)”. Y ninguna de ellas era yo. Ninguna de esas palabras se acoplaba a mí o yo no sabía cómo amoldarme a ellas. De hecho, podría decirse, que partiendo de ese gran saco, estaba más cerca del no ser que de ser algo. Malditas etiquetas, hasta que no te pones una parece que no puedes empezar a ser de cara a la galería, y hasta que la galería no te reconoce te quedas colgando de la nada, a la espera no sé de qué. 

Con el cambio de cifras vino el cambio de ambientes y la necesidad de caras nuevas, y con esos nuevos rostros llegaron bocas grandes y bocas pequeñas, capaces de lanzar preguntas grandes y grandes preguntas. Y también pequeñas, nimias. Estas últimas son las peores, porque no las ves venir y acaban por descolocarlo todo, empezando por lo más básico. Que cuáles son mis hobbies. QUE CUÁLES SON MIS HOBBIES, me preguntó una de las bocas pequeñas. ¿Qué esperaba que le contestase? La verdad es que siempre me ha encantado comer espaguetis con aceite, sin nada más, sin sal siquiera, pero no sé si eso puede considerarse propiamente un hobby. Cada  vez que trato de hacer una manualidad acabo con kilos de pegamento entre las uñas; veo absurdo el correr detrás de una pelota que se mueve obedeciendo a unas leyes físicas que jamás comprenderé; mi mayor obra de arte va de la mano de la mejor de mis poéticas: con un seis y un cuatro hago la cara de tu retrato; y bueno, la moda… suelo llevar pantalones verdes de pana, con eso creo que lo digo todo. Una vez más estaba recurriendo a todo lo que no era, con lo que no encajaba. 

Pero - le dije con la mayor de las perplejidades a esa boca pequeña- ¿a qué te refieres con hobby? Mira, sí, a veces soy capaz de formular preguntas tan absurdas como esta, pero lo hice para ganar  tiempo, para seguir buscando una respuesta en algún lugar dentro de mí. Aunque, a decir verdad, tampoco sabía lo que sentía la gente al hablar de los famosos “hobbies”, qué les impulsaba a hacerlos suyos, a tenerlos como se tienen los apellidos, que siguen a los nombres. Pasión - me resumió la boca pequeña haciéndose grande -, entusiasmo, ganas. Hasta ahora no me había resultado especialmente frustrante ese vacío en mi interior, que no hacía más que generar ecos de todo lo que no era, pero en la vida hay puntos para todo, y yo llegué a un punto en que necesitaba sobrepasar toda esa vacuidad. Y de repente, como siempre pasa en las historias que se cuentan con cierta espontaneidad, vi una pequeña llama, una chispa en mi interior que trataba de decirme que no andaba del todo apagada, que había algo que podía prender, dar calor. 

Pero no, siempre están los miedos que todo lo complican y retrasan. Y una vez más, los nombres, las palabras y las etiquetas que parece que todo lo abarcan, pero no es así, sino lo contrario. Porque cuando se le pone una etiqueta o un nombre a algo se le está privando de todos los otros nombres, de todo lo que puede ser. Porque, llámame sabihonda (sabihonda) pero creo que no me equivoco si digo que muchas veces acabamos desplazando nuestro criterio para dar paso al de auténticos desconocidos. Y si nos dicen que somos reposteros porque hacemos buenos postres, entonces nos olvidamos de que también somos grandes pintores, cantantes o buenos escuchadores, y degustamos esa palabra, (en este caso repostero) que nos parece exquisita, por venir de otra boca; y olvidamos otras combinaciones (en este caso  pintor, cantante y escuchador) habiéndolas saboreado y disfrutado anteriormente en nuestra  propia lengua. Todo esto son metáforas, que van muy bien para explicar cosas cotidianas de un modo extraordinario, pudiendo así equiparar, por poner el ejemplo más común, un simple diente a una perla, que siempre entra algo mejor por la vista y suena mejor al oído. 

Pero bueno, en fin, supongo que todo el mundo sabe que cuando alguien se pone filosófico y pensador es porque quiere justificar algo. Porque quiere dar razones para no ser juzgado cuando decida confesar algo: un pensamiento, una condición, un estado, un hobby. Pues eso me pasa a mí, que por carecer mi hobby de nombres en el etiquetado global, me he visto obligada a condenar todo un sistema, para que lo que diga no suene extremadamente absurdo y pueda quedar camuflado de algún modo. 

Como decía al principio de todo, hace tiempo que lo sé, de hecho lo supe antes de nacer. Justo antes. Y es que yo soy auto-escondedora, “auto” para designar que la acción del verbo recae sobre uno mismo, y “escondedora" de “esconder”. Y también soy asustadora de “asustar”. Madre mía, cómo me encanta esconderme, meterme en rincones, en recovecos, asegurarme de que estoy bien camuflada, de que nadie se espera mi presencia - incluso yo misma, en el silencio, suelo sorprenderme de mi cuerpo tumbado bajo la cama, de mis ojos fijos puestos en el resquicio de luz que entra por la puerta de la habitación de mi hermano-. Es genial. De hecho, hasta nací por cesárea por eso, por esperar, por dar el susto, por ver qué cara ponía mi madre cuando le dijeran que tenían que abrir, que la niña no salía. Son momentos que, ¡por Dios!, merecen la pena. He llegado a pasar horas dentro de una caja, esperando a la víctima adecuada. Qué nervios más agradables, acaso expectación. Y maquinas el susto y con él la exclamación con la que lo acompañarás, acaso el clásico “BU”, pienso siempre primero, un “BU” que siempre se ve truncado por un sonido gutural lleno de “ges” y de “jotas” juntas, que salen como un acto reflejo a la hora de ponerlo todo en acción. A veces es que ni me escondo, en la propia conversación grito de golpe, y qué caras, qué incomprensión, y yo qué risa. Todo por un poco de risa y por otro poco de emoción. A mi madre la tengo frita, cada vez que sale del baño la espero tras la escalera y visualizo ese saltito que sé que va a dar en cuanto aparezca yo por sorpresa. La cosa es que a mí no me gusta que me asusten, soy capaz de enfadarme si alguien lo hace, porque sí, porque cada uno que se dedique a lo suyo, que yo ya me he pedido papel en la obra. 

Y bueno, poco más, que no sabía cómo explicar esta afición mía y tenía que preparar el terreno de algún modo. ¿No?

Sammy.
@sarazamz


0 comentarios

LA MALDITA NORIA DEL ORGULLO


El mundo está lleno de cobardía. Si no que se lo digan a esos amantes que no se atreven a amarse, que posponen las decisiones pensando que con el tiempo las cosas se decidirán por sí solas. Pero eso nunca sucede. Se adentran en un perder el tiempo, en un esperar a la vida olvidando por completo que la vida no espera a nadie. Ahora eso de mirar a los ojos y decir lo que se siente, ya no se lleva. Ahora todo es a ver quién aguanta más haciéndose de rogar. Y así es como perdemos las cosas que realmente queremos, como las dejamos marchar, alejando de nosotros todo aquello que podría hacernos felices. Y el motivo es que todo lo que lleva a la felicidad puede llevarnos también al infierno. Y eso da miedo. Tanto que por culpa de muchos cobardes el mundo deja de girar por amor dejando que la rueda la mueva el temor y el orgullo. ¿De qué sirve ser la generación de las emociones fuertes, del carpe diem si en los momentos que hay que hablar, actuar y besar, todo el mundo calla? Pecamos de hablar demasiado, de optar por los silencios en los momentos equivocados, olvidando por completo luchar por aquello que merece la pena. Nos cuesta decidir, dar pasos hacia delante porque a veces nos olvidamos que somos personas y no cangrejos. 

Titanium.
@blancadepaco
0 comentarios

MISMO CORAZÓN


Quizás empezaron a comprender que lo mejor era no hablar. Dejar el tiempo correr y que ellos dos también corriesen. ¿Misma dirección o dirección contraria? Siempre fueron un misterio sin resolver, una investigación abierta. Dos almas libres atadas a dos realidades distintas. Camuflando sentimientos entre miradas, fingiendo sonrisas y conteniendo deseos. Deseando besos y jadeando momentos que nunca llegaron. Los dos esperaban. Optaron por esta tontería de que las cosas deben surgir, olvidándose por completo que las cosas importantes son las que se intentan. Ninguno habló y la vida calló. Para siempre. Ahora se ven y ni se saludan. Tomaron caminos distintos y decisiones erróneas; optaron por los abrazos fingidos. Ahora se ven y no se miran, se oyen pero no se escuchan. Que no son capaces de aguantarse la mirada, dicen.
Vidas distintas pero mismo corazón. 
Serán cobardes. 

Titanium.
@blancadepaco

0 comentarios

INFINITAS PRIMERAS VECES


Yo siempre he sido muy hippie, muy de sentarme en el suelo y apoyar la espalda contra el tronco de algún árbol apartado. Una vez acomodada estiro las piernas por completo, como queriendo alcanzar con los dedos de los pies los lugares a los que no suelo llegar cuando estoy derecha. Si es un lugar suficientemente tranquilo me siento con la libertad de poder cerrar los ojos, y si tengo la suerte de que, justo en ese momento, uno de los infinitos brazos del sol viene a lavarme la cara, acabo por sentirme realmente especial. Es cierto, cuando eso pasa me pregunto si acaso me habré quedado con toda la luz para mí, si el resto del mundo se las tendrá que apañar a oscuras  y si deberán avanzar a tientas durante unos momentos. Tanta iluminación y yo con los ojos cerrados, disfrutando de una clara oscuridad. 
Después de sentirme única durante un segundo y medio, trato de dejar la mente en blanco mientras pienso en cómo lograrlo. Y es que, es curioso cómo incluso estos momentos de desconexión están íntimamente ligados a una serie de procesos ritualizados que le dejan a una poco espacio para la improvisación. El caso, que una vez que llego a este punto en el que, recuerdo, estoy tratando de alcanzar un fugaz nirvana (pues no hay tiempo para más) lo demás va viniendo solo mientras me acojo enérgicamente a un “a ver qué pasa ahora”. 

Y lo que pasa es que entonces siento un leve acercamiento, un tímido empuje que mueve apenas un cuarto de centímetro mi hombro -que no opone ningún tipo de resistencia- que trata de rescatarme de allí donde esté. Y al mismo tiempo en que abro los ojos para devolverle la luz al mundo, logro sentirme estúpida al pensar en la imagen que estaré proyectando de mí misma justo en ese momento. Una turbada y asustadiza mirada es todo lo que hablará por mí en ese primer contacto. “Espero no haberte molestado” me dice con su mejor sonrisa “te dejo aquí un par de papelillos donde explicamos con detalle cuáles son los principales objetivos de nuestra ONG. Que tengas un buen día” me dice la chica del vestido rojo, alargando y haciendo melódica la “e” de “buen”. Y se va como ha venido, sin hacer demasiado ruido, de repente, sin más explicaciones, sin dejarme que abra la boca siquiera.  Se va, permitiéndose integrar un par de saltitos en su alegre caminar, sin girarse para ver qué efecto ha provocado. Y luego, obviamente, me río, por lo absurdo de la situación. Otra vez Sofía con sus tonterías. 

Hace más de cuatro años que la conozco, y hace más de tres y medio que no se corta un pelo en hacer lo que le da la gana y cuando le da la gana. Dice que si no hace este tipo de cosas se aburre, que a ella lo que le gusta es descubrir a las personas, que lo que le fascina son los primeros contactos con la gente. Siempre habla de ese ligero nerviosismo que se siente cuando se habla con alguien por primera vez, las primeras reacciones y las complacientes risas como pago por ser cómplice de una anécdota que luego se acabará oyendo una y otra vez, hasta la saciedad. Dice que le encanta lo misteriosa que puede llegar a ser una persona cuando aún no se ha dado a conocer completamente y lo llana que puede resultar varios años después. Y que por eso hace esas cosas, que por eso se disfraza y juega a hacer ver que no nos conocemos, para recrear algo de esa magia inherente a todos los principios. 

Recuerdo la primera vez que le dio por escenificar uno de sus sorprendentes teatrillos en los que la historia principal siempre es la misma, dos desconocidos que hablan por primera vez. Veníamos de pasar un puente de cuatro días con todos los amigos y después de tres horas de tren, cada uno se desperdigaba por distintos derroteros, dirigiéndose a sus respectivas casas. Ella y yo nos dirigíamos hacia mi parada de bus, que queda justo en frente de su casa. Digo yo que después de tantas horas seguidas con las mismas personas acabaría saturada un poco de todos, y que sentía  que debía alimentarse con algo de ilusión propia de la novedad. Nos despedimos como siempre y  ella puso rumbo a su portal. El trayecto en tren me había dejado realmente fatigada y, sin fuerzas para mantener la cabeza erguida, me puse a contar el número de topos que tenían mis zapatillas. De repente otra vez ella, a un par de palmos de mí, digo ella, pero casi con otra cara, con otros gestos, y desprovista de toda confianza hacia mí. Con un hilo de voz, arqueando las cejas y ladeando, casi imperceptiblemente, la cabeza me dijo con cierta inocencia “disculpe ¿sabe si este bus llega hasta el centro?”. No reí. No dije absolutamente nada. Por un instante dudé que realmente tuviese una hermana gemela a la que no había tenido el gusto de conocer. Simplemente algo chirriaba en mi cabeza, algo no acababa de encajar. “¿Sofi?”, fue lo único que pude articular. Y después lo de siempre, un estallido, una carcajada por su parte poniendo en evidencia mi perplejidad. 
Esa, por ser la primera vez, me explicó toda su filosofía de vida. Que si dejamos de darle sentido a las cosas por el simple hecho de que formen parte de nuestra vida cotidiana; que si la ilusión por sorprender la sustituimos por la comodidad; que todo se nos acaba haciendo pesado y que, en cierto momento, nuestros ojos acaban por dejar de brillar. 

Lo cierto es que en ese momento, supongo que porque me pilló con la guardia baja, todo me pareció entre fascinante, absurdo y estrambótico; pero, sobretodo, sorprendente. Con los años hemos ido discutiendo la validez de sus ideas, que a veces cojeaban un poco, a la par que he ido aprendiendo a dejarme llevar en sus improvisaciones, y lo mejor es que nunca, NUNCA, ha dejado de sorprenderme. 

Así que, supongo, que en cierto modo algo de verdad hay en toda su filosofía. Yo, por lo menos, después de escucharla una y otra vez, he aprendido que a veces una mirada lo es todo, y que al mirar a alguien con la ilusión y la expectativa con la que miramos las primeras veces, invita, al que es mirado, a devolver en actos todo lo que se espera de él, como una especie de oportunidad para inventarse de nuevo. Pues yo con Sofía me he inventando y reinventado cada vez que me ha dado la oportunidad, del mismo modo que me he ido descubriendo. 

Por cierto, los papelillos de la ONG estaban en blanco, quizá me haga socia, ya tenía ganas de un proyecto social.

Sammy.
@sarazamz

0 comentarios

ATEMPORAL


Adoro el tiempo, no todo el tiempo, adoro el tiempo de más, adoro esos segundos que pasan al despertarse sin saber quién se es o donde se está, ese momento justo antes de abrir los ojos en el que no tienes identidad ni mal trago que te asuste. Adoro los viajes en autobús, pero no todos los viajes, los largos, los que duran más de media hora, los viajes en los que puedes sentarte y disfrutar de no hacer absolutamente nada más que ser y estar, ese tiempo que tienes para pensar sin que nadie se pregunte dónde estás o cuánto vas a tardar, ese tiempo de reflexión interna en el que piensas en las cosas más estúpidas y también en las más profundas.

Adoro el agua caliente en la ducha, pero no es en sí el agua caliente lo que me gusta, adoro sentarme relajada entre agua y burbujas y también los cinco minutos de la ducha matutina a toda prisa, lo que disfruto es la pausa que hace el mundo en mi cabeza cuando entro en el agua, es tanto la soledad como la compañía de los pensamientos que me amenazan. Adoro fumar, fumarme un cigarro antes de entrar a clase o al trabajo, los últimos cinco minutos de paz antes del ajetreo y los gritos, antes del ruido de la actividad, antes de volver a la vida real.

Y es que soy una amante del tiempo, me gusta desperdiciarlo en crear vida dentro de mí, en tener alma y conocerme a mí misma, en preguntarme quién soy y qué hago aquí, en esta vida, en cómo soy realmente, me gusta pensar en quién soy y sentir que tengo un sitio, aunque en realidad solo tenga un sitio en ese autobús, en esa ducha o en ese banco, pero es mi sitio al fin y al cabo. No ando deprisa e intranquila pensando en a dónde he de llegar, disfruto el camino por el que, más rápido, o más despacio, sé que he de pasar, disfruto de mi tranquilidad frente al agobio de los demás. Podéis pensar que no valoro mi tiempo, que lo malgasto, exacto, es mi tiempo, no lo malgasto, lo invierto, lo invierto en las cosas que disfruto de verdad, como divagar, como esperar, como mirar las hojas mecerse con el viento, como escuchar atentamente los sonidos de mi vecindario al despertar, como mirar la luna desde mi rincón secreto y disfrutar solo de estar ahí. Lo invierto en las cosas que me importan de verdad, en el crecimiento personal.

Hace poco alguien me dijo ‘solo son diez minutos’ y me di cuenta de cuan relativo es el tiempo, lo que para alguien solo son diez minutos para mi pueden ser mil cosas, pueden ser un rato a solas sentada mirando al mar, pueden ser un paseo de camino a ningún lugar, pueden ser un par de canciones por cantar e incluso un par de cigarros que fumar mientras hablo conmigo misma. Suelo jugar a un juego en el que uno de los personajes dice ‘lo importante no es el tiempo que tienes, sino como lo usas’ y el valor del tiempo es algo que muy pocas personas ve más allá del estrés y del ‘no puedo’. Gastar el tiempo no es malo, lo malo es gastarlo sin haberte dado cuenta de que es con él con lo que has pagado.

Alba Ferrer.
@dihiftsukai
1 comentarios

DORMÍA CON EL ENEMIGO


Cuando te marchaste me dejaste el corazón en los huesos. Quizás el problema estuvo en idealizarlo todo tanto. En colocarnos en una nube y en dejarnos volar. Quizás debimos frenar. Poner un destino claro en vez de ir de motel en motel. Pero la carretera era nuestro lugar favorito y seguimos viajando. Tanto por el mundo como por nuestro cuerpo. No teníamos solución ni respuestas a ninguno de nuestros problemas. Pero poco importaba, nos teníamos el uno al otro. Creábamos encuentros imaginarios. En ningún momento hablamos de lo que teníamos, los dos creíamos que no era necesario. Nuestra lengua hablaba por sí sola. Te entregué mi vida y mi alma en ese coche, te miré y te supliqué que no parases nunca y así lo hiciste. Aceleraste y no me di cuenta que contigo no existían los frenos. No supimos decir basta. Por un momento, olvidé que la vida es como una montaña rusa y que todo lo que sube, baja. Y bajamos. Bajamos en picado sin ningún tipo de seguridad. Yo creía que mis caricias estaban bajo un seguro a todo riesgo y me estafaste. Dormía con el enemigo. Siempre fuiste una bomba de emociones. La bomba estalló y a mí me pilló de pleno. Me cortaron todas tus mentiras y todo tu teatro. La función acabó y me di cuenta de que jamás había sido la protagonista. Tú no volviste, yo te esperé. Pero en ese momento aprendí que cuando alguien se va es porque nunca había estado aunque nos empeñemos en creer lo contrario. 

Titanium.
@blancadepaco
3 comentarios

CUADERNO DE VIAJE


Fecha interestelar 8852/42:

Estoy desolado. Sorprendido también y, por qué no admitirlo, asustado. Ayer, después de un último salto por el agujero espacio temporal MG990, vimos nuestro objetivo. Allí estaba. Azul, veteado por unos irregulares velos blanquecinos que los terrícolas llaman nubes, verde, ocre… Repleto de colores y de vida, de centenares y centenares de formas de vida de todos los tamaños y matices, aunque a nosotros solo nos interesa una. La que se hace llamar raza humana.

Cuando llegamos a su satélite, Luna le llaman, nos ocultamos tras ella para no ser captados por sus artefactos que vigilan el universo más cercano y allí, amparados por la oscuridad, le pedí a Olein que encendiera el Xerter para ver lo que había ocurrido en aquel remoto planeta desde que las primeras células aparecieron en él hasta el momento actual en el que nos encontramos.

Nuestro visionador lo envolvió y comenzó la proyección de la historia de la Tierra en nuestros monitores.

Al principio parecía el lugar ideal donde poder establecerse en pacífica comunión con los seres que allí vivían. Multitud de culturas habían construido lo que hoy es la Tierra cubriendo los suelos y las mentes de los hombres con enriquecedoras arquitecturas, sabios descubrimientos que, pese a ser aún muy inferiores a los nuestros, iban por el buen camino, y una gran evolución que todavía perduraba. Estaban en los albores del sumun conocimiento pero era una civilización joven a la que le quedaba mucho por aprender y por descubrir. De ayudarles nos encargaríamos nosotros.

Olein y yo estábamos entusiasmados. Nuestro planeta está a punto de ser engullido por su estrella y necesitamos otro lugar donde seguir viviendo y la Tierra era nuestra tabla de salvación. Presentaba condiciones similares a nuestro mundo y tenía mucho espacio donde poder establecerse. Nosotros, a cambio, les enseñaríamos todos nuestros conocimientos y haríamos avanzar su civilización más y mejor de lo que lo había hecho hasta ahora, pero entonces, justo antes de entablar comunicación con el control de la misión en nuestro planeta, el Xerter nos mostró una cara muy diferente de la Tierra.

Los monumentos majestuosos, el crisol de culturas, la relación tan especial entre el ser humano y el resto de especies, el mar, la imagen de una hembra amamantando a su cría, la risa (algo que quiero aprender a hacer), la suculenta comida que llevan a sus bocas y a sus estómagos, el cine, el amor, la creación de vida de la manera más hermosa que vi jamás, la amistad, los besos, la música, la literatura… todo sacudido por unas imágenes terroríficas que no podía creer que pertenecieran a la misma especie.

Olein y yo estábamos atónitos viendo cómo el mismo ser era capaz de todo lo anterior pero también de matar y torturar a sus propias crías, de masacrar a sus hembras de las maneras más atroces jamás imaginadas, de crear máquinas y artilugios capaces de segar miles de vidas. De algo que llaman guerras donde todo lo anterior llega a su máxima expresión, matándose unos a otros sin remordimientos, incluso muriendo ellos para matar a los demás. Dónde otras emociones cómo el odio, la envidia, la rabia y el miedo, ahogaban a la más pura y poderosa que tenían, pero no se daban cuenta de ello.

Anteponen todo lo bueno que tienen por el poder, por estar en lo más alto sin importarles hacer auténticas barbaridades para conseguir estar por encima de sus congéneres y por unos papeles de colores que llaman dinero. ¡Por el amor de nuestros hijos, es solo papel! ¡En nuestro mundo hace cientos de ciclos estelares que dejamos de usar papel!

No hablan entre ellos, no llegan a acuerdos, no dialogan y cuando lo hacen lo ven como algo excepcional. Las voces y las faltas de respeto son tan usuales, que ya forman parte de su forma de ser.

Y si no tuvieran suficiente con todo esto, además están matando a la Tierra, ¡a su hogar! La están explotando de tal manera que se está muriendo a pasos agigantados. Llenan los océanos, la tierra e incluso su atmósfera de residuos, de mugre y de aire negro y contaminado que a veces no les deja ni respirar. Arrasan sus bosques y matan a otras especies sin control por puro placer, creyéndose los dueños de todo lo que les rodea. La Tierra, se queja a veces, y la naturaleza, nuestra madre, les reprende con cataclismos meteorológicos tan voraces que nuestro mundo nunca ha visto, pero ellos no reaccionan. Sólo se quejan, entierran o queman a sus muertos, reconstruyen y siguen adelante sin ser conscientes del mensaje que la madre de todo les quiera dar.

¡Es increíble! ¡Increíble!

- ¿Qué vamos a hacer? – me preguntó Olein mirando aún el monitor, aunque ya estaba en negro.

- Volver a casa – le respondí antes de soltar una gran bocanada de aire.

- ¿No vamos a aterrizar?

- ¿Para qué? ¿Para terminar muertos o secuestrados en algún horrible lugar? Después de lo que hemos visto dudo mucho que se tomen nuestra presencia en su suelo como algo enriquecedor. Seremos una amenaza para ellos. Todo, hasta ellos mismos, son una amenaza.

- ¿Y qué vamos a hacer, Palsi? Nuestro mundo está a punto de morir – me dijo Olein asustado.

- Volveremos cuándo los humanos hayan acabado con ellos mismos – le dije pulsando con rabia el teclado y poniendo rumbo a nuestro hogar.

- Y, ¿cuándo será eso? – me pregunto Olein preocupado.

- Pronto… muy pronto.

María de las Nieves Fernández,
autora de "Los ojos del misterio".
@Marynfc



0 comentarios

LA BARRA DEL BAR HA CERRADO


Desde la oscuridad de mi habitación empiezo a pensarte. Quizás ha sido por el frío, que parece que ha vuelto. Lo que más recuerdo de ti es la curva de tus labios, tan singular. También tus ojos y tus cejas. Podría plasmar perfectamente tus facciones si tuviese un lienzo delante. Pero yo siempre fui de papel y boli más que de pincel. Ya es un honor recordar todo eso, pues hace mucho que no te veo. Ni a ti, ni a nosotros. Digamos que la noche era mi mejor aliada y me ha dado la espalda. También ha sido por mi culpa porque yo también me he cansado de esto. 

Cada uno tenemos marcados nuestros límites, igual que cuando bebes dos chupitos y sabes que si bebes el tercero la cosa no va a acabar bien. Puedes bebértelo o no, pero en el fondo sabes que ese era tu límite. Pues contigo es igual. Te he bebido tanto que he reventado. He sufrido tantas sobredosis de tus besos que les he cogido asco. Seguro que también sabes a lo que me refiero cuando hablo de beber tanto  que acabas por no poder ni olerlo. Pues eso mismo me ha pasado contigo. Ya no me inspira el recuerdo de tus besos con sabor a ron y a madrugada. Supongo que eso era lo único que nos unía. El querer huir de nuestra realidad, tan distinta. Tú con tu vida, yo con la mía. Solo compartíamos esas calles sin testigos y esos mensajes. Y claro, la barra del bar ha cerrado y tú has dejado de llamar. Lo entiendo, no pasa nada. Yo tampoco he llamado y no es por cuestión de orgullo. El problema es que yo quería más, no quería conformarme con la madrugada ni con los cafés. Pero tú no lo entendías y por eso esta historia ha dado un vuelco, y aunque en varias ocasiones he pedido que vuelvas, ahora desde aquí te digo que ya no hace falta ni que lo intentes. 

Titanium.
@blancadepaco
0 comentarios

COSAS QUE PUEDEN PASAR CUANDO PARECE QUE NO PASA NADA


Definitivamente hay días que te sacan de un guantazo de la monotonía. Sí, es cierto que dicho así, de este modo, puede sorprender; como sorprende un caballo con tacones, una monja con leggins de colores o un bidón de gasolina en un parque infantil. Pero también es cierto que son cosas que pueden llegar a pasar, nadie  puede negarlo. 

El caso es que yo estaba a punto de enhebrar la cabeza del hilo de las nueve y media de la mañana, para ir, puntada a puntada, a por las diez, a por las diez y siete, directa a las diez y quince hasta llegar a las cuatro o, incluso,  a las ocho de la tarde-noche. Porque a veces los días son eso, ir dando puntaditas de hora en hora, en línea recta, sin más objetivo que el de no pincharte con la aguja. A veces la finalidad es clara: llegar a salvo, tan pronto como sea posible, a ese rincón borracho de almohadas y edredones dispuestos a proteger a una del mundo exterior. Claro, seguro que mucha gente sabe de lo que hablo. 

En fin. Como decía, estaba dispuesta a pasar un día plano y poco emocionante cuando, de repente, decidí que sería bueno poner por escrito todo aquello que quería cambiar en mi vida. Sí, mira, cosas que pasan. Qué quieres que le haga. Este tipo de pensamientos irrumpen sin pedir permiso previo, porque si lo pidieran se les denegaría rotunda e instantáneamente. Tonterías del tipo: sacarme de encima el maldito carnet de conducir; dedicarle algo de tiempo al inglés, que lo tengo abandonado; hacer algo de deporte de vez en cuando; volver a perderme en la montaña; leer los finales de los libros que aparqué en alguna parte. Y bueno, chorradas de esas, a montones. Ordenar los cajones del escritorio; sacar punta a los colores y aprender algo de matemáticas. De verdad, me da casi vergüenza que estas cosas puedan salir de mí, y más aún que les conceda algo de importancia. Pero está claro que, muy de vez en cuando, este montoncito de morralla quiere que le otorgue un trato especial. Y estaba dispuesta a hacerlo. Mira, me cogió con la defensa baja.

Está bien, cogeré un boli Bic - me dije - que será perfecto para emborronar un folio con algunas auto-proposiciones que, seguramente, esta misma noche arroparé suavemente entre bolsas de basura. También podría haber prescindido del boli y del folio y haberlo hecho directamente en el ordenador, que siempre ronronea por alguna parte de mi habitación pidiendo un poquito de atención. Pero no, un esquema o una lista de cosas banales nunca pueden escribirse directamente en un Word. Pues porque no, porque una se ve tentada de apuntar más cosas de la cuenta (por eso de la página en blanco y la facilidad del tecleo) o, mucho peor, se corre el riesgo, una vez viéndolo todo tan ordenadito, de querer llevar a cabo todo eso. Y eso sí que no. Ni pensarlo, vamos. 

Pues se me puso a mí en las narices que quería un folio y un boli (Bic, he dicho). Fue extraño. Quizá el destino mismo se vistió de negro y arrambló con todos los folios de mi casa para llevarme a otro lugar. Ve a saber, como he dicho antes, todo es posible y son cosas que pasan. La verdad es que no puedo dejar de afirmar que, cuanto menos, era raro. En fin, yo ya tenía en mente algo más que limitarme a hilvanar un puñado de horas que conformarían mi día, un plan mejor que el de asegurarme de que pasa el tiempo. Ya tenía un estupendo propósito que estaba abarrotado de auto-consejos que podrían llegar a cambiar mi vida. De ningún modo podía desfallecer ahora en algo tan nimio como lo es la búsqueda de papel. 

Ahora, al contarlo, ya voy atisbando ese guantazo del que hablaba. Entonces ni lo olía. 

Acabé en el patio. En el cuartito del patio, entre cajas y libros del colegio,  buscando una página en blanco (o media, media ya me servía). Madre mía, lo que llegué a encontrar en mi búsqueda, qué risas a solas. Notitas de esas que se envían en clase, a montones. Esquinas de libros plagadas de dibujillos. Un papel atestado de palabras en las que bailaban mayúsculas y minúsculas sin orden aparente, con letras temblorosas y tildes de grandes aspiraciones. (Eso fue de la época en que practicaba con la izquierda. Es que siempre he querido ser zurda. Los zurdos me dan una envidia que poca gente es capaz de comprender. Otros quieren ser rubios o morenos. Yo siento una gran nostalgia por la falta de “zurdidad” en mi cuerpo en general.)

Bueno, pues acabé por darme de bruces con una libreta amarilla. Las grandes cosas siempre tienen algo de amarillo. Mira sino el sol. O los patitos de goma. La ojeé y la hojeé. Páginas blancas, infinitas. Ya casi se me había olvidado lo que había ido a buscar allí. Siempre me ha dado una pena tremenda eso de arrancar folios de una libreta tan nueva. Pero vamos, que puestos a arrancar, arranco la última página, que es la que menos se lo espera.

Yo sí que no me lo esperaba. ¡Madre mía! Cuánto tiempo. Las últimas tres páginas repletas de letras de desconocidos, de frases desordenadas, de firmas y fechas. Recordaban a esos últimos días de instituto en los que te da por pasar una libreta a los compañeros para que te la llenen de recuerdos y frases absurdas que en otro momento tendrán la capacidad de hacerte recordar momentos excelentes. Pero bueno, en este caso no se trataba de eso. A ver, esto que voy a explicar ahora juro que es verdad. Es completamente cierto. 

Un día, uno como otro cualquiera, me levanté pensando que quería descubrir algo (esto antes me pasaba muy a menudo, demasiado frecuentemente para el gusto de muchos). Así que se me ocurrió caminar por calles por las que no solía hacerlo. Quería hablar con desconocidos. Pero hoy en día se necesita siempre una excusa para acercarse a alguien; sino te toman por loca. Además pensé que quería hacerlo de un modo especial, dando una oportunidad al mundo de expresarse. Así que hice lo primero que se me ocurrió. Inventé que era una estudiante de sociología y que necesitaba la colaboración de la gente para llevar a cabo un proyecto. Tenía tantas ganas de ponerme manos a la obra que ni siquiera le dediqué medio segundo a pensar qué tipo de trabajo iba a ser. 

Hola, muy buenos días – les decía con mi mejor sonrisa y la libreta amarilla en la mano – ¿podría prestarme unos segundos? Las caras de incomprensión no tardaban ni un segundo en aflorar. Verá, es para un trabajo de sociología… solo tiene que escribir una frase; no hace falta que tenga sentido, lo primero que le venga a la mente – continuaba yo –. Pues ¿y qué pongo?, ¿no hace falta que tenga sentido?, no sé qué poner – me decía la mayoría con una mezcla de emoción y curiosidad, por eso de hacer algo distinto –. Lo que quiera, señora, ponga lo que quiera. Y así. Algunos continuaban con preguntas; otros, los más, corrían a escribir lo que más les apetecía y otros, los menos, se negaban y seguían aferrándose a esa consideración de bicho raro que me habían adjudicado desde el principio. Fue una mañana realmente genial. Las frases que más espacio ocupaban rezaban cosas del estilo: “ya llega la primavera”, “hoy es un buen día” o “suerte”. Dejé muchas otras por leer, las que tenían la letra más pequeña. Pensé que al ser la escritura tan menuda la gente estaría confesando alguna especie de secreto y no sabía yo si estaría preparada para recibirlo. 

Sin embargo, el día en que encontré la libreta amarilla por sorpresa y por casualidad, me sentía libre de leer cualquier cosa, pues muchas de las confesiones ya habrían perdido parte de su valor. Por desgracia, no eran gran cosa, un puñado más de mensajes positivos y poco originales. Sin embargo, se me heló la sangre al llegar a una de las frases. No era especialmente singular, ni mucho menos, “cualquier día es un buen día” decía. Lo que me dejó de piedra, de hecho, no fue la frase en sí, sino la fecha. Pues la fecha que ponía era la del día en que me encontraba al leerla, el día actual. Es decir, cuatro años después. Vaya guantazo. De pronto, sin esperarlo, pasa algo así y apenas hace falta un cuarto de minuto para pasar de un “será casualidad” a un “flipa colega, cuando lo explique a ver quién es el loco que me cree”. A ver si va a ser verdad que existe el destino. A ver si ese alguien quiso decirme algo. Ni siquiera me acuerdo de su cara. Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte. Es que no me lo creo. 

Y bueno. Poco más. Lo que vino después fueron todo elucubraciones y una serie de ideas locas que de vez en cuando saco a pasear. Jamás sabré qué escondía todo aquello. Sin embargo me di cuenta de que, efectivamente, cualquier día es un buen día. ¿Para qué? Pues para lo que se quiera, hombre, para lo que se quiera.

Sammy.
@sarazamz

0 comentarios

ES SU SILENCIO

https://victorianeuronotes.files.wordpress.com

No es su voz lo que me conmueve; no es por el timbre ni tampoco el gesto o su olor. Es su silencio; el lugar adonde les lleva.

Ese mágico sitio donde aguardan y al que consigo acceder durante un instante o dos.

Pues, a veces, soy la brocha manchada de ocre que reconcilia a un pintor monótono con uno de los cuadros más feos que ha pintado y al que curiosamente guarda con más celo.

Y, en otras, soy el dichoso espectador que, pese a situarme detrás de una catenaria de terciopelo, no puedo evitar ser cómplice divertido de otra caricatura hecha por un dibujante irreverente. Pese a desconocer el título y a veces el mismo autor, he confirmado finalmente mi sospecha de que todas tienen una misma víctima: la tierra y los muros; la madera y el dinero; y el tiempo y la prisa.

Nil Pujolràs Campmajó.
1 comentarios

MUJER


www.guiarte.com

El maestro se encontraba dando los últimos retoques a su nueva creación, cuando su aprendiz se acercó a él, sigiloso, temiendo romper su manifiesta concentración.

- Sé que estás ahí, ven a mi lado, no temas.

- No quería incomodarle, maestro – confesó acercándose y mirando a la inmóvil criatura que se alzaba frente a él -. Es muy hermosa…

- Y no solo hermosura posee, joven aprendiz. Estás ante mi mayor proeza – dijo el maestro satisfecho.

- ¡Vaya! ¿Y qué hará para considerarla como tal? – se atrevió a preguntar.

Mirándolo a los ojos, henchido de orgullo, el maestro comenzó a relatar:

- Esta divina criatura que he bautizado con el nombre de "mujer", será madre. Albergará durante nueve meses en su seno al futuro de su especie y lo parirá. Sufrirá al hacerlo, llorará y derramará sangre por el hijo que saldrá de sus entrañas pero pese a ello, lo amará, educará y protegerá ante todo y ante todos durante el resto de su vida. También será hija. Venerará a sus padres, los escuchará y cuidará cuando enfermen o la necesiten. Estará siempre a su lado, aunque deba dejar de lado parte de su vida, nunca les abandonará. A parte de madre e hija, también será compañera y amante. Querrá de manera incondicional a la persona que decida compartir su vida con ella. Formará un hogar cálido, limpio y acogedor, lleno de cariño y buenos momentos. Luchará por ello y no permitirá que nada lo destruya. Para conseguir todo ello será trabajadora. Tanto dentro como fuera de su casa. Le faltarán horas al día, pero lo hará. No habrá profesión que se le resista y pese a tenerlo más difícil que el hombre jamás se rendirá.

- ¿Podrá con todo ello, maestro? – preguntó sorprendido el aprendiz.

- Podrá. Para ello la he hecho fuerte, optimista, soñadora, responsable, intuitiva, alegre e inteligente. Sabrá escuchar, aconsejar y ser el hombro donde siempre el resto podrá llorar. Ella, lo hará en soledad cuando este triste y no pueda más, para no preocupar a los que la quieren. Delante de sus seres queridos siempre mantendrá una sonrisa, aunque esté rota por dentro, así ellos la verán feliz y no sufrirán por ella.

- Pues sí que es su mayor obra, maestro – confesó el aprendiz.

- Aún hay más – le explicó retocando el suave y sedoso pelo de la mujer -. Sus besos curarán, sus abrazos calmarán y sus palabras tranquilizarán. Su belleza será patente, siempre, aunque que ella intentará ensalzarla para tapar sus desvelos, su cansancio y el paso de los años. Antepondrá su familia a sus propios intereses, será generosa con los que lo merezcan pero sacará las uñas y su genio con aquellos que quieran dañarla a ella o a los que forman parte de su vida. Los incultos e ignorantes la llamarán el sexo débil por ser, aparentemente, más menuda y frágil que el hombre pero nada más lejos de la realidad. La debilidad no formara parte de su condición. Nunca.

- Es perfecta… - musitó el aprendiz.

- No, no lo es – contesto el maestro. El aprendiz lo miró extrañado -. Hay algo que no logró arreglar en ella. Un defecto que no consigo solucionar – admitió con pesar.

- ¿Y cuál es ese defecto? – pregunto el aprendiz con curiosidad.

- No logro hacer que se valore lo suficiente.

María de las Nieves Fernández,
autora de "Los ojos del misterio".
@Marynfc


0 comentarios

FUIMOS TAN INGENUOS


Cuando te das cuenta de que algo termina, siempre te acabas dando cuenta de muchas otras cosas más. Aprendes a distanciarte y a mirar la situación desde una perspectiva distinta. Quizás te vuelves más fría, con la cabeza colocada en su sitio y no en el pecho. Porque a veces intercambiamos el orden de las prioridades  y nos empeñamos en poner las cosas en sitios equivocados. 

Y mi sitio no era tu lado. Quizás lo sabíamos y solo jugamos. Como si jugásemos al parchís. Y tú fuiste la pieza azul y yo la roja, tú llegaste a tu casa y yo a la mía y ni siquiera nos comimos. 

Porque al fin y al cabo, fuimos esa bonita historia de amor que no llegó a nada, fuimos esos típicos amores de madrugada por mucho que forzásemos quedar a la luz del día. Nosotros éramos como los gatos, por la noche siempre pardos. Lo nuestro solo fluía con más de dos cervezas encima, cuando nuestros labios con sabor a tequila querían explorar. Fuimos ese golpe de pasión alejados de nuestras obligaciones y rutinas. Supimos crear ese mundo paralelo a la realidad, sin sentido pero nuestro.

Pero el quid de la cuestión fue que nunca supiste amarme, como tampoco lo supe hacer yo. Quizás nos faltó complicidad más allá de cuatro miradas y de cuatro tonteos. Quizás no tuvimos el ingrediente principal para poder hablar de amor, por mucho que durante un largo e ingenuo tiempo nos empeñásemos en creer lo contrario. 

Por eso, hay que saber cuando termina. Y recordar, que las puertas del pasado no hay que abrirlas ni para ver si ha cambiado algo, se cierran y punto. Y siento decirte que aunque cada trago de cerveza me recuerde a tus labios, tu puerta está más que cerrada y perdí las llaves hace ya un tiempo.

Titanium.
@blancadepaco
0 comentarios

LA FLOR


Lo vio en sus ojos, era él.

Era él el hombre que protagonizaba sus sueños, o su vida, porque, ¿para qué llamar vida a eso que era peor que sus sueños? Como el perro que ve por primera vez una gaviota sobrevolando el mar y se olvida de que su temida agua le está mojando las patas, Elsa se olvidó de su parada subida al autobús, en aquel asiento que parecía tener más vigor que ella y que la llevaba de vuelta a casa después de otro monótono día de clase.

Estaba allí, lo tenía delante. No sabía si siempre él había estado allí, sentado, de espaldas a ella. No lo sabía porque nunca se había fijado. Odiaba la vista porque tenía que ser la herramienta que encontrase lo que creaba su mente. Pero sí, era él. Nerviosa, miró a los lados para ver si alguien notaba su estado, como si pensase que los nervios olían, como si creyese que el vuelo del flechazo lo había visto todo el autobús.

Se sentó a su lado, sorprendida de un valor que desde niña la miraba sonriente y alejado sin querer formar parte de ella. Se sentó a al lado de él y allí se rompió todo. ¡Qué mal olor desprendía aquel chico! ¡Qué cara de pena tenía! Como un resorte, saltó de aquel nuevo asiento que todavía no había empezado a saborear  su calor y volvió al suyo acostumbrado.

Él bajó del autobús, otro día más, igual al anterior. Se le acababan las esperanzas. Día tras día recorría la gris ciudad en busca de una chica que pintase de color su vida. Triste, comenzó a notar el olor que cada tarde subía del bolsillo izquierdo de su pantalón. Metió la mano en el bolsillo, cogió la flor seca y podrida que cada mañana renovaba con la esperanza de encontrar el cabello que encajase, y la tiró a la basura.

Lo extraño, según aquellos que le conocen, es que después de tirar la flor, seguía oliendo. A seco. A podrido. ¿Serían los sueños?

Víctor G.
@chitor5

 
;