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LUNA: APOGEO – RUBÉN AZORÍN


Hoy hablamos del primer libro de la trilogía ‘Luna’, ‘Apogeo’. Escrita por el empresario y escritor Rubén Azorín, esta novela de ciencia ficción está llamada a ser leída por numerosos ojos y a ser aplaudida en el preciso instante de terminarla.

Una obra que, como el mismo título indica, trata sobre la Luna. ¿Qué pasaría en el mundo si la Luna se alejase más rápidamente que los 4 centímetros anuales que dicen los científicos? ¿Cómo afectaría esto a nuestro planeta? Es bien sabido por todos que la Luna tiene infinidad de efectos sobre los humanos, los animales, en definitiva, sobre la Tierra. Si la fuerza de la gravedad fuera disminuyendo a marchas forzadas, la Luna se alejaría cada vez más y esto provocaría que nuestras vidas, que nuestro entorno, se convirtieran en algo inhabitable; por lo menos por quienes lo habitamos.

En este libro, Rubén Azorín nos lleva a un futuro cercano en el cual los verdaderos controladores del mundo se han dado cuenta de la catástrofe que se avecina. Estos, emulando a Noé, deciden quién y por qué debe salvarse. Construcciones basadas en los descubrimientos lunares de alienígenas que durante tantos años nos han ocultado, vidas malgastadas por y para la ciencia, extraños sucesos que balancean el planeta Tierra, incertidumbre y poco tiempo.

Este autor alicantino hipnotiza a todo lector con su descomunal sabiduría acerca de todo lo relacionado con la Luna (alunizajes, proyectos, personajes, secretos…). Lleva al espectador a implicarse en una psicología cambiante, que evoluciona sin llegar a saber hasta qué punto. Nos lleva de la mano de unos personajes capaces de involucrar sentimentalmente al lector, de hacer sentir lo que ellos sienten. La maestría de esta obra no está únicamente en los datos y en el extraordinario conocimiento del autor, sino sobre todo en la genialidad llevada a cabo con los personajes.

Obra completamente recomendada para todo aquel lector ávido de alejarse por unos instantes de este mundo que nos envuelve, de adentrarse en un mundo catastrófico en el cual la vida tal y como la conocemos no existe; y donde todo y todos tienen que rendirse a la evolución para sobrevivir.

Víctor G. 
@libresdelectura
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LA LUNA


Siempre tenía respuestas para todo. Alzaba la mirada y estaba allí para resolverme cualquier duda. Le preguntaba mucho por él; por sus despedidas fugaces, por nuestros encuentros fortuitos y por todas las dudas que esa mirada azul jamás supo resolverme. Ahora, en cambio, la busco y no está. Pregunto y no contesta. Quizás sea porque dejé de besarme bajo su cielo, porque pegué portazo a esa historia que huía de los rayos del sol. Quizás se sentía traicionada. Ella siempre fue nuestra cómplice, nos susurraba que allá donde fuéramos, siempre nos uniría. Al fin y al cabo, los dos la compartíamos en el mismo cielo. Ahora todo ha cambiado, los dos hemos callado y con nosotros; ella, nuestra aliada y protectora. La busco y no está. Hablo y no contesta. Siempre estuvo en el lado contrario, en el bando del enemigo. Y yo sin darme cuenta. Se parecían tanto. Los dos se escondían y aparecían cuando no les tocaba. Siempre quise alargar la noche, pero ella se empeñaba en acabarla. Quizás eran señales que mostraban un final. Pero no me preocupa, me pasé al bando del sol hace un tiempo. Aún así, sé que solo en la luz oscura de sus brazos me siento segura. 

Blanca de Paco.
@blancadepaco
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LA LUNA, SU MAYOR TESTIGO

Jamás – que es la eternidad puesta en negativo – se olvidó del firmamento. Lloraba. Lloraba sin sentirse triste o desdichada, sin sollozar, sin hipar. Quien la hubiese visto solo habría adivinado que lloraba por los grandes lagrimones que resbalaban sin prisa por sus mejillas. De hecho, ella nunca supo que lloró. El llanto no cumplía más función que la de purgar; limpiarla por dentro; vaciarla;  arrastrar con el agua salada todo aquello que la distraía; dejar a un lado todo lo que no fuese ella misma o la luna. El hambre, el sueño, el frío o la vida, eran puntos y aparte; náufragos que llegaban a la orilla de su mentón y caían al vacío. Y solo quedaba ella en la buhardilla de la media noche; no sus manos, ni su pelo o su boca, ni si quiera su cuerpo. Solo ella. Y la luna.

Cientos, miles, millones de estrellas se resguardaban cada noche en apenas tres centímetros de su rostro. Sus ojos eran el lienzo que la noche anhelaba, y todo lo que pasaba en la bóveda celeste – incluso lo que no pasaba – quedaba registrado en sus pupilas. Nunca supo qué vio o qué fantaseó. En ocasiones se empachaba de luna, sentía cómo le invadía el paladar, sabía a hielo a veces, a miel, a queso fundido, a azúcar quemado; pero nunca dejó de mirarla embelesada. Qué infinito era todo cuando desaparecía el cuerpo. 

Se pasaban – sus ojos, digo – media vida buscando y la otra media esperando encontrar lo que buscaban. Y mientras tanto, la noche le hablaba de universos y estrellas,  de planetas, de aire puro.

– Háblame de ti – le dijo alguien en una ocasión, y ella habló del cosmos sin necesidad de palabras. Eso era ella, creación y Creadora. Finita e infinita. Cerraba los ojos a menudo – lo hacía con una fuerza distraída, con una pasión descafeinada – y el universo estiraba los brazos para aferrarse a sus pestañas, pero aún así desaparecía. Y entonces todos los mundos eran posibles; mientras ella no mirase todo estaría sucediendo, todas las posibilidades danzarían a su alrededor, su alma misma la miraría con cariño, todo desaparecería y aparecería sin orden aparente. Cuando los abría, el reloj de su muñeca anunciaba que no había transcurrido más de medio segundo; no obstante,  ella había envejecido; había sido una galaxia; el sol y los planetas simultáneamente; un cráter en la luna que se sentía observado por ella misma; la última chispa de la explosión del volcán de Pompeya.

 – Y otros hablan de Amor – pensaba para sí misma – sin haber levantado antes la vista del suelo. Hablan de Amor sin haber cerrado jamás los ojos. Es asombroso, sublime. Yo jamás supe hablar de álgebra o geometría. Y  sin embargo, otros saben hablar de Amor. 

Cuando se cansaba de encontrar razones que la obligaban a reflexionar, miraba de nuevo a la luna y escuchaba con atención los secretos que le contaba. Y entonces volvía a ser planeta, y luz y vida y eternidad. 

Y así pasaba los días, esperando a que llegase la noche. Y así pasaba las noches, siendo sin ser. Quien la hubiese visto no hubiese dicho jamás que vivía. A ojos de cualquiera no era nadie, pero cuando el mundo cerraba los ojos, ella podía serlo Todo. Y la luna era la única que veía eso todas las noches. 

La luna era, sin duda, su mayor testigo.

Sammy.
@sarazamz
 
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