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EL ESCONDITE PERFECTO


He descubierto el sitio perfecto para esconderme dentro de casa. Uno de esos sitios en los que aceptas que al entrar las rodillas queden a la altura de las orejas; que el cuello trate de ser conciliador y se ponga a salvar distancias entre el rostro y los pies, siempre tan ajenos de la existencia compartida. Aceptas que a los brazos les dé por abarcar y rodear de algún modo el resto de las partes de la carcasa de tu alma, por hablar del cuerpo apelando a la poesía. En fin, hacerse un ovillo es una forzosa condición para que otros grandes del escondite acepten de primeras que se trata de un buen lugar.

Supongo que fue alguien importante, debió de ser mi madre o alguien situado por encima de mí jerárquicamente, quien me dijo una vez que todo, absolutamente todo lo que se hacía, incluso freír un huevo o alguna nimiedad por el estilo, reflejaba en realidad cómo era cada persona. Ahora que lo pienso, también es posible que esa reflexión la haya cogido de alguna de esas películas americanas de domingo por la tarde. En fin, lo que venía a decir este pensamiento es que la desgana o la motivación que pongas en la vida se te ve a la legua, con solo respirar. A ver, ahora viene cuando hilo el primer párrafo con el segundo. Lo que trataba de transmitir es una reflexión a la que he llegado yo sola, aunando conocimiento y experiencia: se puede conocer a alguien por los lugares en los que se esconde y por el tiempo que dedica a elegirlos. Una máxima más. (Esto es verdad de la buena, por eso lo pongo entre paréntesis). Me puedo llegar a poner muy empírica si la ocasión lo requiere.

No hace demasiado tiempo que vivo en esta casa, me mudé en junio con mi novia y otra compañera de piso que ya vivía con nosotras antes. A pesar de ser un lugar nuevo, hasta ahora no me había comido demasiado la cabeza en encontrar un buen sitio para jugar al escondite (juego que yo impongo a partir de mi ausencia y el silencio en la casa). Supongo que estos últimos meses he estado algo liada y en mi práctica habitual del escondite-susto he optado por lugares bastante triviales y me he decantado más por la parte del susto: detrás de una puerta; debajo de una mesa; incluso dentro de la funda de las almohadas, haciéndome pasar por una de ellas… Lo que denota esta práctica en mí es que me decanto a menudo por el sensacionalismo, por el susto obvio pero efectivo. Lo que llevo buscando estos meses es la risa fácil, un efecto inmediato, dedicándole al escondite diez segundos de mi tiempo, que son los mismos que pasan desde que oigo que mi novia tira de la cadena del váter hasta que va a abrir la puerta del baño y simultáneamente a mí se me enciende la bombilla del “jugar”. Pues así como estoy en el juego estoy en la vida. El tiempo que suelo dedicarle a conseguir mis objetivos es directamente proporcional a la pereza o motivación que siento en el momento, y la constancia en mi vida es algo que tengo todavía pendiente. Parece mentira que uno se pueda poner trascendente con un entretenimiento tan primitivo. Yo podría ponerme trascendente incluso con una mandarina o una uña, al mismo tiempo que me pongo irrelevante con la muerte.

Pero como he dicho nada más empezar, mi época de los diez segundos, de hacerlo al último momento y sin pensar ha pasado a mejor vida. Resulta algo paradójico que lo diga mientras escribo esto media hora antes de ir a trabajar, habiendo tenido todo el día de ayer para dedicarle algún momento de mi tiempo. Pero sin excepción no hay regla. De repente llega un día en que, por algún motivo, todo luce de un color más intenso, como si la vida llevase puesto uno de esos filtros tan eficaces de Instagram.

Cuando digo que “llega un día” en realidad no me refiero a las veinticuatro horas, sino a un momento en concreto que dura apenas un par de segundos. ¿Alguien ha visto la película Sin límites, protagonizada por Bradley Cooper? Bueno, si no la has visto debes hacerlo; si la has visto sabrás a qué momentos de iluminación me refiero, es casi como una epifanía. Pues bien yo tuve uno hace poco, que me reveló un lugar de la casa que estaba esperándome para darme cobijo en mi juego. Es un sitio espectacular, tan común que jamás mirarías allí para buscarme. De esto último me he dado cuenta porque ya me he escondido en él como tres veces. Me hago tan pequeña que casi desaparezco y mientras una mano agarra fuerte alguna parte de mi cuerpo contra mí misma para comprimirlo, la otra me tapa por completo la boca, que reprime una explosiva carcajada que nace en los nervios provenientes del pecho cada vez que oigo a mi novia caminar por todo el piso gritando mi nombre con un tono de desconcierto. Mi nombre entonces, sale de sus labios y suena a “¿dónde coño se ha metido?”; mi nombre suena a “el piso no es tan grande y he mirado en cada rincón”; suena a “menudo susto me voy a llevar si le da por salir ahora”; suena a mí. Y me gusta, claro que me gusta eso y me lo paso pero que muy muy bien. Ella quizá no tanto, pero yo ya tengo mi refugio y mi pasatiempo asegurado. Y tanto que sí.

Sara C. Labrada.
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APRENDIENDO A SER HORMIGA


[Prólogo: una vez me dijeron que las hormigas eran ciegas, yo no sé si esto es completamente cierto, pero a mí me fastidió interminables horas de fantasía en la que a mí se me veía como un temible ente gigantesco y poderoso. El texto siguiente toma la ceguedad de las hormigas como un hecho. Lo demás todo metáforas y alegorías y divagaciones y ocurrencias.]

La calle es la palma de una mano de asfalto que se deja caminar por nosotras, pequeñas hormigas ciegas que tratan de buscar la felicidad al final de una línea recta, que se obstinan en recolectar comida y abrigo para todos los inviernos del año, para todos los malos vientos, para olvidar qué andaban buscando.

Las hormigas más vetustas se regocijan de haber encontrado su lugar, para ello, dicen, no hace falta salirse de la eterna hilera de pequeños cuerpecitos negros, de hecho está gravemente penalizado quebrar ese orden interno, querer tomar otros posibles itinerarios. El camino ya está formado y debe seguirse para que la especie siga avanzando. Está más que demostrado que uno puede encontrar su lugar caminando del derecho, siempre recto, eso sí, sin adelantar las espaldas que nos preceden y sin preguntarse por los rostros que van detrás. Lo realmente importante para las hormigas es hacer acopio de nuevas tecnologías que les distraigan del tedioso camino a ninguna parte y ponerle a esa “ninguna parte” el título de prosperidad.

Aunque pueda parecer extraño, no todas las hormigas nacen sabiendo ser hormigas. Algunas se dan cuenta de que la ceguedad es una característica intrínseca  a su especie y quieren comunicarlo al resto de sus compañeras, explicarles que también se puede experimentar la vida con otros sentidos que todavía carecen de nombre por su desconocimiento. Afortunadamente siempre hay un par de hormigas experimentadas que acaban por convencer y demostrar que si las hormigas tienen algo que les caracterice es, precisamente, la vista, que las guía fielmente por el único camino hacia la plenitud. A veces también pasa que las que no saben ser hormigas preguntan por esa excelsa palabra, “plenitud”. Preguntan por su significado mientras las que sí saben ser hormigas ríen entre ellas a causa de la ignorancia de las anteriores, sin dar respuesta a su pregunta. Gracias a eso, las inocentes se convencen de que quizá ya sepan el significado de esa palabra y de tantas otras como esencia, ser, felicidad… y dejan de plantearse si tienen realmente cabida en sus vidas, las dan por sabidas y como única definición acaban soltando, como las otras, una risita que tacha de incrédulo y soñador al que lo pregunta. Gracias a este procedimiento la especie no se queda estancada en preguntas absurdas, abstractas y poco productivas y puede avanzar, seguir sobreviviendo – es decir, viviendo por encima – a esta vida tan inhóspita.

Sara C. Labrada.
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HEMOS (QUE NO HE, NI HAS, NI HAN)


Recuerdo la última explosión como si se hubiese producido justo debajo de mi piel, como si yo misma la hubiese provocado. Estoy segura de que todos la sintieron igual. Un segundo después del estallido final solo se podría haber hablado de vida en un pretérito anterior. La atmósfera acogió toda la  materia de la que estaban hechos nuestros cuerpos como si los hubiese estado esperando toda la vida y los fue esparciendo por el espacio sideral. También casas, coches, árboles, flores y carreteras se unieron al espectáculo. Pedazos de todo se aunaron en una danza apocalíptica eliminando pronombres y demostrativos. Nadie hubiese podido distinguir un “tú”, un “yo” o un “eso” de cualquier otra cosa. Al fin, humanidad y naturaleza se habían fundido y, dándose una eterna tregua, se concedían un último baile, una última exhalación que celebraría el experimento de la vida.

Tierra y entrañas, sangre y lava, acero, huesos, piedra, agua. Yo fui. Contra todo pronóstico, la multitud de estruendos, la gran orquesta de la destrucción, acabó por converger y vino cantando dulcemente el silencio, dejando el planeta envasado al vacío. 

Desde fuera podía intuirse el último esfuerzo de la Tierra por respirar, por deshacerse de esa especie de papel film que la envolvía y asfixiaba hasta el último de sus poros. Parecía un indefenso corazón colgado de la nada, envuelto de oscuridad, tratando de expandirse y agolparse, aspirando a marcar un compás que una vez pareció ser infinito y ahora se apagaba. Redonda, blanca, negra, corchea,  semicorchea, fusa, semifusa. SILENCIO. Solo silencio. Silencio solo. 

Era un hecho, hemos (que no he, ni has, ni han) matado al planeta, le declaramos la muerte y en la batalla apostamos nuestras vidas.

El fuego se quedó ardiendo en nuestras gargantas, las balas se divertían en la danza en igualdad de condiciones que nuestra piel. La pólvora…

Pasaron años, siglos, eones. El reposo teñía de negro un mundo que fue azul. De repente, un nosequé rompió toda la calma que había quedado en el planeta. Un simpático tintineo se coló entre los escombros, salió, como lo hace un ratón, de su escondite una vez hubieron estallado todas las trampas y todo se tornó seguro. De nuevo, otra vez, “tininín”. Qué agradable sonar agudo y juguetón. Así, poco a poco, comenzó a escucharse, en un planeta muerto, una lluvia que gradualmente iba aumentando su sonido, como pequeñas piedrecitas que saltaban alegremente sobre un xilófono de metal. La esperanza parecía desperezarse entre la quietud de la Tierra. Minúsculas lucecitas empezaron a cubrirlo todo de agudos destellos dorados. 

Hubo algo que supimos hacer bien. Pequeñas monedas brincaban celebrando el fin de una guerra, el fin de un mundo que daba comienzo a una nueva era.  El Dinero, gobernante último de nuestro querido y difunto planeta, había sabido encontrar su lugar, decidiendo entre fulgores lo que nosotros no supimos decidir, conduciendo el sonido último de nuestro palpitar y lanzándonos de cabeza donde nosotros no habríamos querido nadar. El Dinero, bendito dinero, supo encontrar el lugar que nosotros le habíamos propuesto, encontró su trono y su cetro y tomó asiento. Supo resguardarse en las cajas fuertes, supo pervivir aún sin corazón. Y ahora que ya no quedaba nada, ahora que ya no quedaba nadie, por fin tenía el espacio que sabemos que le correspondía. Hubo una lucha y nadie se dio cuenta. Nos jugamos el verbo ser y lo perdimos. Conforme el dinero era, nosotros dejábamos de ser. O él o nosotros, estaba claro que no había espacio para los dos. Y le cedimos el verbo, le cedimos la existencia, la vida, el amor. 

Sara C. Labrada

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POR ESO ESCRIBO


Hay cosas que deben compartirse. Desde luego no hablo del “deber” como obligación, sino como necesidad. De vez en cuando aparecen cosas que son tan tan grandes que difícilmente uno puede guardarlas  dentro de sí mismo por mucho tiempo, porque si eso pasa, la cosa en cuestión empieza a cobrar vida; uno siente como empieza a palpitar, a hacerse grande, a ocupar todo su espacio, a adherirse con el interior de la piel. 

Hay cosas que tienen el tamaño de los grandes secretos, por eso, el que guarda uno de esos debe llevar siempre un par de servilletas a mano, para poder limpiarse de las comisuras de los labios cada una de las pequeñas marcas que van dejando las palabras que, desesperadamente, pretenden, sin conseguirlo, ocultar una verdad contenida. Y es que siempre hay algo en todas esas cosas que uno encierra que necesita urgentemente salir a la luz, ser compartido. 

Sin embargo, no siempre es fácil dar rienda suelta a todo esto. De repente, puede pasar que choques de frente con una gran verdad, con algo único, algo lo suficientemente especial como para no ser proclamado a los cuatro vientos y que, a su vez, te hace intuir que no debería ser escondido. Algo delicado. Pero ¿cómo ponerte a explicar según qué cosas sin que te tomen por loca? Y luego, por otro lado, está el lenguaje. ¿Cómo vas a usar la misma herramienta que usas para comunicarle al mundo que necesitas ir al baño, que te pica la espalda o que te aburres, para traducir la esencia de algo tan maravilloso u oscuro? Y es que a veces, es curioso como las más grandes verdades son tachadas de falsedad mientras hay mentiras que viven entre nosotros disfrazadas permanentemente de certeza. 

Por eso escribo, porque he descubierto que las verdades cuando son tratadas como mentiras son más fácilmente acogidas en el seno de quien las lee. Escribo para disfrazar de fantasía la esencia del Universo, para despertar con las palabras esa parte del cerebro que, mientras lucha desesperadamente contra una razón pragmática y encuadrada, nos dice que hay algo de cierto en todos esos cuentos de hadas. Por eso el cine, por eso el arte, por eso la literatura y la danza, por eso nosotros, porque hay algo maravilloso que continuamente se nos está escapando, algo que supura y que nos da miedo mirar de frente y nos obliga a asumir que nosotros estamos hechos de esa misma materia. 

Así, Steven Spielberg quiso compartir, de algún modo, esa palpitación en el pecho que le decía y le hacia saber que había algo más en el Universo, supo disfrazarla de cuento para que pudiésemos abrazarla sin sentirnos atacados por una información que desconoce la razón y que bien entienden los sentidos. Así Borges nos habla del gran Aleph y nos deja entrever los vestigios de la Verdad. Así Murakami nos adentra en la fantasía que también contiene nuestro mundo. Así yo intento traducir lo que duerme en mi pensar y vive en mi pecho.

Sara C. Labrada.

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LA SOMBRA DE PAUL


Todo el mundo tiene secretos. Y placeres. Y vicios. Y obsesiones. Noa tenía algo que juntaba en uno esos cuatro elementos: la mala costumbre de seguir a completos desconocidos por la calle durante horas. No se vaya a pensar mal, a parte de este pequeño detalle, Noa era alguien de lo más normal. Odiaba los lunes y el olor fuerte y amargo de los puros; el mundo desaparecía cuando un trozo de chocolate se derretía en su lengua; por otro lado, no era muy amante de los deportes, en general; siempre había estudiado lo justo para raspear el cinco, aunque cuando algo le apasionaba solo existía para eso y, como el resto de mortales, cuando una canción le gustaba en especial, se podía tirar largos días escuchándola en bucle. Sin embargo, lo que la sacaba de esa masa gris uniforme era ese divertido juego que  ella misma había bautizado con el nombre de “la sombra de Paul”. 

Como todos los grandes hallazgos, Noa se descubrió en esta costumbre de seguir a la gente por pura casualidad. En fin, está claro que todos tenemos pequeñas manías por las que mucha gente nos reconoce, lo más curioso es que generalmente nosotros mismos tardamos en darnos cuenta de que forman parte de nuestro ser. ¿Desde cuando tienes ese tic en el ojo?, ¿Por qué siempre miras hacia el suelo cuando esperas el ascensor?, ¿No te das cuenta que tus palabras van siempre acompañadas de un largo “eeeeeeemmmm…”? Preguntas como estas son las que nos hacen abrir los ojos y aceptar que siempre nos quedan cosas por descubrir de nosotros mismos. El caso de Noa era distinto, difícilmente alguien se daría cuenta de esa manía, pues cuando seguía a alguien lo hacía de un modo tan natural que a ella misma le costó darse cuenta de ello. Siempre había pensado que le encantaba callejear, ir paseando acompañándose de los pensamientos más livianos y menos trascendentes que su mente pudiese producir: ¿a qué huelen las nubes?; ¿qué nombre es el apropiado para un caracol?; ¿qué crece más rápido, la nariz o las orejas? Y mientras ella buceaba en estas nimiedades sus diez dedos de los pies iban salpicando las estrechas callejuelas de la ciudad de pequeños y alegres saltitos adolescentes. Si por un segundo las tornas hubiesen cambiado y hubiese sido un desconocido el que la siguiese a ella, posiblemente le hubiese dado la impresión de que iba con los ojos cerrados, o bien, que sus ojos carecían de mirada, como si el rumbo que tomaba al caminar no lo escogiese ella, como si su cuerpo fuese arrastrado por algún tipo de ser invisible que ella desconocía bien. La sensación que daba a ojos de un tercero era la de estar dejándose llevar por algo, difícilmente alguien la hubiese acusado deliberadamente de estar siguiendo a otra persona, ni siquiera el que era seguido se daba cuenta de ello. 

El teorema de Pitágoras o el sindrome de Down son solo dos de los modelos epónimos que Noa siguió al nombrar su juego. En uno de sus largos paseos de repente bajó de las nubes, conectó con sus pies y con el suelo que pisaban; sus ojos, aunque nunca habían dejado de ver, empezaron a delimitar y a dar nombre a los objetos que la rodeaban: un parque, un árbol, un estanco… no obstante, en ese momento de lucidez Noa era incapaz de ubicarse, no sabía cómo o qué la había llevado hasta allí, tenía la sensación de que algo la había mantenido completamente ocupada y obnubilada durante todo el paseo, pero no lograba recordar el qué. De repente una figura de metro ochenta resquebrajó el paisaje en dos, a pesar de que se encontraba de espaldas y Noa ignoraba por completo de quién se trataba, algo en ella encendió un interruptor. Se dio cuenta de que llevaba más de una hora siguiendo a ese individuo, durante todo ese tiempo había estado jugando a ser su sombra y se había limitado a pisar donde él pisaba mientras su cabeza jugueteaba por algún lugar lejano. Cuando la figura del hombre giró, los ojos de Noa fueron a posarse directamente no en su cara o sus ojos, no en su pelo alborotado, sino en el divertido dibujo de su camiseta: un extraterrestre de color verde chillón acompañado por cuatro mayúsculas que dejaban ver el nombre de Paul. 

Esa vez fue la primera que Noa se dio cuenta de su manía, posiblemente fuese porque se sintió perdida al conectar con lo que los adultos o descoloridos llaman “el mundo real”. No se dio cuenta de que su persecución le había llevado a coger un tren de cercanías y pasear por  callejuelas de las que ignoraba su existencia. Ella había sido la sombra de Paul y para poder volver a su casa tuvo que hacer llamadas, preguntar un total de 17 veces hacia dónde tenía que ir y derramar 9 lágrimas en el momento de máxima desesperación. 

Actualmente Noa siempre lleva un mapa en el bolsillo, un par de paquetes de galletas, una botella de agua y una alarma cada treinta minutos que dice “posiblemente vayas detrás de algo”. 

Sara C. Labrada.
@sarazamz

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NAZCO CONTIGO


– «Para mí, un texto solo es urgente si es desgarrador. Si desgarra el corazón. Si nos empuja más allá de nosotros mismos.»

– No sé, quizá al decir esto suene algo radical, pero creo que un texto no es más que un puñado de palabras que algunos, impacientemente, amontonan sobre folios en blanco, superficies que juzgan como alarmantemente vacías. Hay quien no se da cuenta de que de esa desnudez del espacio, de la página en blanco emana el silencio. ¿Que qué es el silencio? A saber. El silencio es la Nada y es el Todo, que no son más que hermanos gemelos. Si lo piensas bien, la Totalidad, el Universo solo se despliega como tal sobre el silencio, sobre el vacío. Para ser se necesita, en primer lugar, no ser. El silencio, pues, el vacío, es necesario para que venga todo lo demás. El problema, por señalar algo o a alguien, es que a la mayoría nos aterra el silencio, nos aterra existir.

El silencio, Hélèn, es una sonrisa irónica que viene del pasado y nos mira desde el futuro; es un mudo que habla con la mirada. Es agua clara, día de lluvia y barro, olor a menta que ensancha tus pulmones.

Una palabra se asoma al mundo a través de tus labios, es un recién nacido que se lanza a volar, tratando de convertirse en imagen o en idea – porque está claro que una palabra jamás se conformará con ser solo eso, palabra, borrones de tinta o de sonido que mueren justo después de haber nacido –, una palabra aspira a encontrar a quien la escuche o a quien la lea y trata de quedarse dormida en el pecho de quien la juzgue como verdadera. Pero, desgraciadamente, nada más lejos de la realidad, amiga mía. Es cierto, la palabra y su sonido planean desafiando a la gravedad uno, dos o tres segundos como mucho, pero luego caen precipitadamente contra el duro suelo, o la mesa, o contra uno mismo y estalla en mil pedazos, se desgaja en cientos de pequeños fragmentos afilados que cortan como el cristal lo hace en enero. Y rasga el vacío, mata al silencio al mismo tiempo que ella muere. Y muere porque no ha cumplido con su cometido. ¿Que cuál es su cometido? Ser la realidad. Para ser se necesita vibrar, vibrar con intensidad. Y hay palabras más vacías que el silencio.

Venga, Hèlen, no me mires así. Sí, ser la realidad. Una palabra no pretende traducir la realidad; vamos, una traducción es una copia, mímesis del mundo. A lo que ella realmente aspira es a ser el mundo, a ser el original. Y cuando digo palabra, entiéndase que hablo del lenguaje mismo. Pobres palabras, son solo un puñado de adolescentes con buenas ideas, pero sin recursos. Una pobre casita de paja que se desmorona con el viento ¿Es que no saben que la realidad no existe? Sí, yo también me agobio cuando se habla de este tema, y por mucho que trato de evitar este discurso a veces se cuela entre mis dientes o en los bolsillos de mi pijama. Sé que puedes comprenderme. Cuando te preguntas por la realidad de golpe todo parece caótico, desbordante y te hace poner en duda incluso la existencia del suelo que pisan tus zapatos. De repente todo queda en el aire y el aire se queda sin oxígeno. Y te das cuenta de que tú ya no respiras, sino que el Universo es el que te respira a ti. En fin, no sé, el caso es que si partimos de la base de que lo que conocemos como realidad no es más que un simple arbitrio, la vida acaba pareciéndose a una lacónica carcajada maliciosa que invita repentinamente a un llanto desconsolado, a una profunda incomprensión de la existencia.

Y bueno, eso, lo que decía. Que lo que conocemos como realidad solo es la última capa de una cebolla, y que las palabras lo único que hacen es enmarcar un trozo bien pequeño de esa última capa, o de esa realidad, o como tú lo quieras llamar. Es decir, estamos claramente delimitados por nuestros sentidos a la hora de interpretar lo que nos rodea (interpretar, que no conocer); y esto queda aderezado por el hecho de que el único modo de describir esa limitación es haciendo uso de un instrumento que enmarca, copia, trata de traducir, y que, en última instancia, no es nada por sí mismo, sino por lo que significa: la palabra. Así que… con que un texto es desgarrador, ¿eh?

[…] Oye…, Hélèn…, no sé a quién pretendo engañar con todo este discurso. Ayer me rompí. Me rompí de verdad. Sé que sueno a loco, que mi piel sabe a loco. Pero ayer me encontró un poema; sí, me encontró él a mí, pues no lo andaba buscando y desconozco bien su autor. Me encontré, entre papeleo viejo, un poema que decía: No haces más que decirme adiós/ me das suavemente la mano/ y sin embargo, yo solo oigo hasta luego. / No te vayas, si aún no has venido./ Siempre voy yo, siempre fui yo./ Y ahora no soy/ más que un tic tac irrefrenable/ una paciencia partida/ un corazón que late deprisa,/ que no va a ningún lugar./ Por qué me miras así./ Por qué me besas así./ Por qué tu ausencia es tan presente/ y sin embargo el resto de la gente/ sobra por doquier. Lo leí. Lo viví. Fui él mismo. Y de pronto sentí su olor, el de ella, sentí la ausencia de su mano y el destierro de mis ojos en su cuerpo. Supe que la echaba de menos. Todavía. Supongo que sí, que de algún modo, las palabras, sin pedir permiso, fueron acariciando mi piel, primero suavemente, para, después, ir rasgando, adentrándose en mis poros, convirtiéndose en mí. Vibraron, conectaron conmigo, con mi frecuencia. Yo fui las palabras, te lo juro. ¡Y tanto que me empujaron más allá de mí! Más allá de mi yo superficial, de ese yo que se reconoce, únicamente, ante un espejo. Me llevaron al centro de mi ser, que no es otra cosa que el mismo centro del Universo. Las palabras, Hélèn, me han dicho desde dentro de mi piel que somos pequeños fractales del Cosmos. Así que sí, ese texto, para mí, fue realmente urgente. ¿Pero qué querías que te dijese, si tengo miedo? ¿ Acaso tú no andas buscando excusas para lo inexplicable?

Quizá sea cierto, la palabra también es vida, entidad creadora.

Sara C. Labrada
@sarazamz
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CUATRO ZUMOS DE PIÑA SON DEMASIADOS


Supongo que hoy hay algo que no acaba de cuadrar. Y no hablo del infinito trabajo de Historia de la lengua que tengo que entregar en unas horas y que apenas he comenzado. Tampoco me refiero al no haber ido a trabajar esta mañana. Tampoco se trata de  que la bici que compré por cincuenta euros el viernes ya me esté dando problemas. No, definitivamente no es nada de eso. Sé que hay algo que no cuadra porque hoy me he tomado cuatro zumos de piña. Y lo peor, quizá, es que aún caiga alguno más (son las 20.17 de la tarde del lunes pero este escrito se publicará mañana, o lo que tú conocerás como “hoy”). Del repentino protagonismo que ha adquirido el zumo de piña en el día de hoy me  he dado cuenta cuando iba ya por el cuarto. Dos durante la mañana, uno acompañando la comida y otro que me ha pillado de imprevisto para merendar. 

He apurado el último trago mientras empezaba a ser consciente de la cantidad de piña ingerida durante el día. Y me he dado cuenta del poder sanador de ese elixir. Ese frescor y esa batalla de contrarios, el ácido y el dulce, me han ido llevando, durante todo el día, a un yo-no-sé-dónde que, en lo que dura el trago, me restablecía y lograba rellenar cada uno de los espacios vacíos que llevo dentro. La cosa es que cuando enfilaba el camino hacia mi casa, en el último  tramo y ya con la bici en las manos, tratándola ya más como una compañera que como un vehículo (pues ahora era yo la que la arrastraba con los brazos, era yo la que la llevaba a ella, a Carmen, así se llama) he sentido la necesidad de buscar el origen de esta desazón que me ha empujado a la droga pineal. Porque sí, porque el ser humano es así, curioso por naturaleza, y yo, que formo parte de la cadena, no he podido evitar preguntarme el porqué  de mi angustia. 

En la vida hay dos clases de preguntas que hacerse a uno mismo: la que te haces sabiendo la respuesta de antemano, una respuesta que sabes que duele, que no gusta o que es demasiado caótica (cosa que lleva implícita una puesta en escena demasiado pesada, el poner orden a las cosas puede llegar a ser realmente agotador, sobre todo cuando no hablamos de un orden físico). Y por otro lado, están las preguntas que, claramente, no obtienen respuesta. No existe una solución al enunciado que te planteas, simplemente. Puede pasar. Desde luego que puede. Por suerte, o por desgracia (nunca lo sabré) mi pregunta se encuentra clasificada en el primer tipo, en las que llevan consigo una respuesta que nos empeñamos en ir ocultando como buenamente vamos pudiendo. 

Y la pregunta es simple. ¿Qué me pasa? ¿Por qué me siento así? Y la respuesta, aparentemente, es más simple (y más absurda) aún: Gafas. ¿Gafas? te preguntarás (o no, quizá no seas de los que te hagas preguntas a respuestas absurdas, quizá eres de los que acepten las cosas como vienen, quizá no seas del género humano. Quizá, quizá, quizá). Voy a explicarlo. Todo empezó (hacía tiempo que quería usar esta frase, le da un misterio y un aire dramático al asunto que me encanta). 

Todo empezó hace unas tres semanas. No soy muy hábil calculando el tiempo, pero me fío de lo primero que me ha venido a la mente. Era uno de esos días en los que te encuentras realmente cansada y que piensas en la cama como pensarías en un amante apasionado, ávido del contacto físico. Y que piensas en las sábanas como piensas en el calor de sus brazos. Y concibes la almohada del mismo modo en que concibes su pecho, un lugar donde descargar el peso de tu cabeza y el constante hormigueo de la mente, un lugar donde acallar hasta la última voz de tu alma, un lugar donde seguir otros ritmos que no son los tuyos propios, un pecho que te envuelve de un continuo palpitar formado a base de negras y corcheas, que le va poniendo una melodía distinta a cada una de tus noches. Vamos, que estaba reventada y me quería ir a dormir, para que nos entendamos. Pero por designios del destino (hoy estoy tirando de topicazos) algo me hizo salir de la cama a las dos de la madrugada. Me hizo salir de mi madriguera y me empujó hacia la calle. Hacia el barrio de Horta. A sus calles ya vacías y silenciosas. Cuando hablo de “algo” no quiero que os imaginéis algo misterioso. Fue algo completamente banal, vacío. Pero no lo puedo contar, porque es un secreto que no me concierne a mí. Y como esa no es la historia principal, me la guardo. Lo que quiero contar, y necesito contar para poder desahogarme con alguien que no me conceda ningún tipo de credibilidad ni trascendencia, es lo que me encontré en mi paseo. 

Si hubiese llevado una cámara, entonces hubiese grabado lo siguiente: Calle Tajo medio dormida. Alguna que otra farola intermitente quería recordar que allí seguía habiendo vida, que seguía habiendo movimiento, o que, por el contrario, todo tardaría muy poco en reventar. Y a mi derecha un banco. Una sucursal bancaria, vamos. Con su cajero automático a punto para escupir algo de dinero a cambio de un poco de alimento plastificado. La puerta abierta, completamente abierta. Y la luz de dentro iluminando la escena algo tímidamente. Y en la entrada, en el suelo, entre la puerta y la acera de la calle, unas gafas.

Hay muchos modos de encontrarse algo en el suelo. Pero al ver las gafas me dio la sensación de que escondían algo. No sé, algo que no sabría explicar con palabras, o necesitaría demasiadas, y no sé si se dejarían encontrar. Me recordaron a la escena de un crimen. Una patilla abierta, la otra cerrada, los cristales mirando hacia el horizonte y no viendo nada, y una cuerdecilla de esas que se ponen algunas señoras mayores para asegurarse de que no se les van a escapar los anteojos. Miré hacia los lados, como asegurándome de que nadie me vigilaba, y entonces las cogí. Me puse nerviosa de golpe. Enrollé la cuerda y las metí en el bolsillo de mi sudadera. Hasta que no llevaba unos cien metros recorridos no me atreví a sacarlas de mi escondite de algodón y pañuelos con mocos. Lo dudé, pero hice lo que hace todo aquel que se encuentra con las gafas de otro en las manos, me las puse. Fue extraño, las patillas no llegaron a reposar en mis orejas, más bien las usé a modo de prismáticos, de lupa, como a lo lejos. Y lo vi todo extremadamente borroso. Algo me hizo dudar. Las aparté rápidamente de mi campo de visión, las sostuve en la mano durante unos minutos y me acompañaron en mi silencioso y nocturno caminar. 
Al mirar a través de ellas algo me había removido por dentro, ya digo, lo poco que había visto no eran más que borrones y bosquejos de un mundo medio dormido. Pero a mi corazón le dio por ponerle la percusión a esa escena tan de cine. 

Una vez mi palpitar volvió a su ritmo tranquilo, habiendo reunido el valor suficiente y sintiéndome (sin saber por qué) como se puede sentir alguien que roba unas chuches en la tienda de su barrio, volví a ponérmelas. Esta vez, incluso, dejé caer la cuerdecilla sobre mi cuello y dejé, también, que enmarcasen perfectamente a mis dos pupilas (que todavía tienen mucho que aprender). Un, segundo, dos, tres. Todo, absolutamente todo borroso. Cuatro, cinco, seis. Y SIETE. Entonces lo vi. A él, a ella, a tantos y tantas que habían pasado desapercibidos. También vi eso, y aquello otro. Y me sentí muy pequeña. Y muy grande. Descolocada y en mi sitio. Fuerte. Muy fuerte. Y también muy débil, vulnerable. Lo vi todo, todo lo que solía quedar al margen de mi vista racional durante todos los días de mi vida. Todo lo que se me había estado escapando. Fue un relámpago, cientos, miles, millones de imágenes en una sola. No hablo de una sucesión de colores y formas, sino de una simultaneidad capaz de recoger el Todo en uno. Una madre que sonreía cómplice a su hijo; un borracho que lloraba en la esquina de un supermercado; aquel perro radiante de felicidad al ver a su amo(r); una mariquita que emprendía por primera vez el vuelo. La vida, la vida que se me había estado escapando por los rincones hasta entonces, la esencia de las cosas cotidianas, el susurro de un aquí y un ahora que andaba olvidado por alguna parte. 

Me las quité y no me las he vuelto a poner. Por miedo a que, al volvérmelas a probar, me diese cuenta de que ese momento realmente jamás existió, de que no eran más que unas gafas como cualquier otras. Por miedo a volver a ver el Todo y empezar a preguntarme por mi locura emergente. Las he estado llevando en mi mochila durante un tiempo y a algunas personas, no a muchas (solo a las que he pensado que podrían estar preparadas) les decía con una sonrisa de oreja a oreja: “mira lo que me he encontrado, unas gafas”. Y todas se sonreían, algunas me preguntaban que qué iba a hacer con ellas, pero nadie, absolutamente nadie me pidió que se las dejase probar. Eso me tranquilizó, porque no sabía si estaba preparada para tener un cómplice de tales magnitudes, un secreto une demasiado. Y ¿qué hubiese pasado si alguien se las hubiese puesto para no haber visto nada de nada? posiblemente me hubiese hecho dudar de mí misma, de todo lo que vi y sentí aquella noche. 
Así que por eso lo cuento por aquí, porque necesito contar la historia y que nadie la crea. Que todo el mundo la crea ficción, pero habiéndome descargado de ese peso que me apretaba en el pecho y en la garganta. Y si me preguntas, te diré que no, que todo es mentira. 

Sara C. Labrada.
@kosmonautaa
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LO QUE OLVIDAN LAS ETIQUETAS


Hace tiempo que lo sé. La verdad es que no podría decir el momento exacto en el que se convirtió en un hecho. Naces, y poco a poco vas tratando de ir acostumbrándote a ti misma. Poco a poco vas acercándote a lo que te hace feliz, y sabes que te hace feliz porque hay algo que te pellizca el corazón y hace que tu sonrisa se ponga de puntillas cada vez que lo haces. O eso me han dicho. También vas descubriendo lo que no te gusta, lo que hace que aprietes con rabia los dedos de los pies y respires desacompasadamente, tratando de contener unas palabras que te suben al galope por el esófago con lanzas y piedras dirigidas a nada en concreto y a todo en general. 

A partir de este sencillo baremo de “me gusta” y “no me gusta” fui haciendo caso del famoso aforismo del templo de Delfos, que reza algo así como “conócete a ti mismo”. También es cierto que caí en la tentación de definirme a mí misma a partir de lo que no era, a partir de la contraposición con los demás; vamos, de la simple comparación con el otro. Y me di cuenta que no era costurera, como mi abuela; ni domadora de leones, como el señor aquel al que le faltaban cuatro dedos; y que, por desgracia, tampoco era heladera, porque a mí el chocolate me gusta caliente, y los helados de colores (así, en general) siempre me han dado muy mala espina. 
Así que una vez pasada mi adolescencia y ya con signos de una incipiente madurez, me junté con un gran saco de palabras, entre las cuales destacaban profesiones, vocaciones, estados de ánimo permanentes, identificaciones sexuales y tantas otras palabras que pudieran acabar de completar de significado la siguiente frase “yo soy (y puntos suspensivos, para que pienses)”. Y ninguna de ellas era yo. Ninguna de esas palabras se acoplaba a mí o yo no sabía cómo amoldarme a ellas. De hecho, podría decirse, que partiendo de ese gran saco, estaba más cerca del no ser que de ser algo. Malditas etiquetas, hasta que no te pones una parece que no puedes empezar a ser de cara a la galería, y hasta que la galería no te reconoce te quedas colgando de la nada, a la espera no sé de qué. 

Con el cambio de cifras vino el cambio de ambientes y la necesidad de caras nuevas, y con esos nuevos rostros llegaron bocas grandes y bocas pequeñas, capaces de lanzar preguntas grandes y grandes preguntas. Y también pequeñas, nimias. Estas últimas son las peores, porque no las ves venir y acaban por descolocarlo todo, empezando por lo más básico. Que cuáles son mis hobbies. QUE CUÁLES SON MIS HOBBIES, me preguntó una de las bocas pequeñas. ¿Qué esperaba que le contestase? La verdad es que siempre me ha encantado comer espaguetis con aceite, sin nada más, sin sal siquiera, pero no sé si eso puede considerarse propiamente un hobby. Cada  vez que trato de hacer una manualidad acabo con kilos de pegamento entre las uñas; veo absurdo el correr detrás de una pelota que se mueve obedeciendo a unas leyes físicas que jamás comprenderé; mi mayor obra de arte va de la mano de la mejor de mis poéticas: con un seis y un cuatro hago la cara de tu retrato; y bueno, la moda… suelo llevar pantalones verdes de pana, con eso creo que lo digo todo. Una vez más estaba recurriendo a todo lo que no era, con lo que no encajaba. 

Pero - le dije con la mayor de las perplejidades a esa boca pequeña- ¿a qué te refieres con hobby? Mira, sí, a veces soy capaz de formular preguntas tan absurdas como esta, pero lo hice para ganar  tiempo, para seguir buscando una respuesta en algún lugar dentro de mí. Aunque, a decir verdad, tampoco sabía lo que sentía la gente al hablar de los famosos “hobbies”, qué les impulsaba a hacerlos suyos, a tenerlos como se tienen los apellidos, que siguen a los nombres. Pasión - me resumió la boca pequeña haciéndose grande -, entusiasmo, ganas. Hasta ahora no me había resultado especialmente frustrante ese vacío en mi interior, que no hacía más que generar ecos de todo lo que no era, pero en la vida hay puntos para todo, y yo llegué a un punto en que necesitaba sobrepasar toda esa vacuidad. Y de repente, como siempre pasa en las historias que se cuentan con cierta espontaneidad, vi una pequeña llama, una chispa en mi interior que trataba de decirme que no andaba del todo apagada, que había algo que podía prender, dar calor. 

Pero no, siempre están los miedos que todo lo complican y retrasan. Y una vez más, los nombres, las palabras y las etiquetas que parece que todo lo abarcan, pero no es así, sino lo contrario. Porque cuando se le pone una etiqueta o un nombre a algo se le está privando de todos los otros nombres, de todo lo que puede ser. Porque, llámame sabihonda (sabihonda) pero creo que no me equivoco si digo que muchas veces acabamos desplazando nuestro criterio para dar paso al de auténticos desconocidos. Y si nos dicen que somos reposteros porque hacemos buenos postres, entonces nos olvidamos de que también somos grandes pintores, cantantes o buenos escuchadores, y degustamos esa palabra, (en este caso repostero) que nos parece exquisita, por venir de otra boca; y olvidamos otras combinaciones (en este caso  pintor, cantante y escuchador) habiéndolas saboreado y disfrutado anteriormente en nuestra  propia lengua. Todo esto son metáforas, que van muy bien para explicar cosas cotidianas de un modo extraordinario, pudiendo así equiparar, por poner el ejemplo más común, un simple diente a una perla, que siempre entra algo mejor por la vista y suena mejor al oído. 

Pero bueno, en fin, supongo que todo el mundo sabe que cuando alguien se pone filosófico y pensador es porque quiere justificar algo. Porque quiere dar razones para no ser juzgado cuando decida confesar algo: un pensamiento, una condición, un estado, un hobby. Pues eso me pasa a mí, que por carecer mi hobby de nombres en el etiquetado global, me he visto obligada a condenar todo un sistema, para que lo que diga no suene extremadamente absurdo y pueda quedar camuflado de algún modo. 

Como decía al principio de todo, hace tiempo que lo sé, de hecho lo supe antes de nacer. Justo antes. Y es que yo soy auto-escondedora, “auto” para designar que la acción del verbo recae sobre uno mismo, y “escondedora" de “esconder”. Y también soy asustadora de “asustar”. Madre mía, cómo me encanta esconderme, meterme en rincones, en recovecos, asegurarme de que estoy bien camuflada, de que nadie se espera mi presencia - incluso yo misma, en el silencio, suelo sorprenderme de mi cuerpo tumbado bajo la cama, de mis ojos fijos puestos en el resquicio de luz que entra por la puerta de la habitación de mi hermano-. Es genial. De hecho, hasta nací por cesárea por eso, por esperar, por dar el susto, por ver qué cara ponía mi madre cuando le dijeran que tenían que abrir, que la niña no salía. Son momentos que, ¡por Dios!, merecen la pena. He llegado a pasar horas dentro de una caja, esperando a la víctima adecuada. Qué nervios más agradables, acaso expectación. Y maquinas el susto y con él la exclamación con la que lo acompañarás, acaso el clásico “BU”, pienso siempre primero, un “BU” que siempre se ve truncado por un sonido gutural lleno de “ges” y de “jotas” juntas, que salen como un acto reflejo a la hora de ponerlo todo en acción. A veces es que ni me escondo, en la propia conversación grito de golpe, y qué caras, qué incomprensión, y yo qué risa. Todo por un poco de risa y por otro poco de emoción. A mi madre la tengo frita, cada vez que sale del baño la espero tras la escalera y visualizo ese saltito que sé que va a dar en cuanto aparezca yo por sorpresa. La cosa es que a mí no me gusta que me asusten, soy capaz de enfadarme si alguien lo hace, porque sí, porque cada uno que se dedique a lo suyo, que yo ya me he pedido papel en la obra. 

Y bueno, poco más, que no sabía cómo explicar esta afición mía y tenía que preparar el terreno de algún modo. ¿No?

Sammy.
@sarazamz


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INFINITAS PRIMERAS VECES


Yo siempre he sido muy hippie, muy de sentarme en el suelo y apoyar la espalda contra el tronco de algún árbol apartado. Una vez acomodada estiro las piernas por completo, como queriendo alcanzar con los dedos de los pies los lugares a los que no suelo llegar cuando estoy derecha. Si es un lugar suficientemente tranquilo me siento con la libertad de poder cerrar los ojos, y si tengo la suerte de que, justo en ese momento, uno de los infinitos brazos del sol viene a lavarme la cara, acabo por sentirme realmente especial. Es cierto, cuando eso pasa me pregunto si acaso me habré quedado con toda la luz para mí, si el resto del mundo se las tendrá que apañar a oscuras  y si deberán avanzar a tientas durante unos momentos. Tanta iluminación y yo con los ojos cerrados, disfrutando de una clara oscuridad. 
Después de sentirme única durante un segundo y medio, trato de dejar la mente en blanco mientras pienso en cómo lograrlo. Y es que, es curioso cómo incluso estos momentos de desconexión están íntimamente ligados a una serie de procesos ritualizados que le dejan a una poco espacio para la improvisación. El caso, que una vez que llego a este punto en el que, recuerdo, estoy tratando de alcanzar un fugaz nirvana (pues no hay tiempo para más) lo demás va viniendo solo mientras me acojo enérgicamente a un “a ver qué pasa ahora”. 

Y lo que pasa es que entonces siento un leve acercamiento, un tímido empuje que mueve apenas un cuarto de centímetro mi hombro -que no opone ningún tipo de resistencia- que trata de rescatarme de allí donde esté. Y al mismo tiempo en que abro los ojos para devolverle la luz al mundo, logro sentirme estúpida al pensar en la imagen que estaré proyectando de mí misma justo en ese momento. Una turbada y asustadiza mirada es todo lo que hablará por mí en ese primer contacto. “Espero no haberte molestado” me dice con su mejor sonrisa “te dejo aquí un par de papelillos donde explicamos con detalle cuáles son los principales objetivos de nuestra ONG. Que tengas un buen día” me dice la chica del vestido rojo, alargando y haciendo melódica la “e” de “buen”. Y se va como ha venido, sin hacer demasiado ruido, de repente, sin más explicaciones, sin dejarme que abra la boca siquiera.  Se va, permitiéndose integrar un par de saltitos en su alegre caminar, sin girarse para ver qué efecto ha provocado. Y luego, obviamente, me río, por lo absurdo de la situación. Otra vez Sofía con sus tonterías. 

Hace más de cuatro años que la conozco, y hace más de tres y medio que no se corta un pelo en hacer lo que le da la gana y cuando le da la gana. Dice que si no hace este tipo de cosas se aburre, que a ella lo que le gusta es descubrir a las personas, que lo que le fascina son los primeros contactos con la gente. Siempre habla de ese ligero nerviosismo que se siente cuando se habla con alguien por primera vez, las primeras reacciones y las complacientes risas como pago por ser cómplice de una anécdota que luego se acabará oyendo una y otra vez, hasta la saciedad. Dice que le encanta lo misteriosa que puede llegar a ser una persona cuando aún no se ha dado a conocer completamente y lo llana que puede resultar varios años después. Y que por eso hace esas cosas, que por eso se disfraza y juega a hacer ver que no nos conocemos, para recrear algo de esa magia inherente a todos los principios. 

Recuerdo la primera vez que le dio por escenificar uno de sus sorprendentes teatrillos en los que la historia principal siempre es la misma, dos desconocidos que hablan por primera vez. Veníamos de pasar un puente de cuatro días con todos los amigos y después de tres horas de tren, cada uno se desperdigaba por distintos derroteros, dirigiéndose a sus respectivas casas. Ella y yo nos dirigíamos hacia mi parada de bus, que queda justo en frente de su casa. Digo yo que después de tantas horas seguidas con las mismas personas acabaría saturada un poco de todos, y que sentía  que debía alimentarse con algo de ilusión propia de la novedad. Nos despedimos como siempre y  ella puso rumbo a su portal. El trayecto en tren me había dejado realmente fatigada y, sin fuerzas para mantener la cabeza erguida, me puse a contar el número de topos que tenían mis zapatillas. De repente otra vez ella, a un par de palmos de mí, digo ella, pero casi con otra cara, con otros gestos, y desprovista de toda confianza hacia mí. Con un hilo de voz, arqueando las cejas y ladeando, casi imperceptiblemente, la cabeza me dijo con cierta inocencia “disculpe ¿sabe si este bus llega hasta el centro?”. No reí. No dije absolutamente nada. Por un instante dudé que realmente tuviese una hermana gemela a la que no había tenido el gusto de conocer. Simplemente algo chirriaba en mi cabeza, algo no acababa de encajar. “¿Sofi?”, fue lo único que pude articular. Y después lo de siempre, un estallido, una carcajada por su parte poniendo en evidencia mi perplejidad. 
Esa, por ser la primera vez, me explicó toda su filosofía de vida. Que si dejamos de darle sentido a las cosas por el simple hecho de que formen parte de nuestra vida cotidiana; que si la ilusión por sorprender la sustituimos por la comodidad; que todo se nos acaba haciendo pesado y que, en cierto momento, nuestros ojos acaban por dejar de brillar. 

Lo cierto es que en ese momento, supongo que porque me pilló con la guardia baja, todo me pareció entre fascinante, absurdo y estrambótico; pero, sobretodo, sorprendente. Con los años hemos ido discutiendo la validez de sus ideas, que a veces cojeaban un poco, a la par que he ido aprendiendo a dejarme llevar en sus improvisaciones, y lo mejor es que nunca, NUNCA, ha dejado de sorprenderme. 

Así que, supongo, que en cierto modo algo de verdad hay en toda su filosofía. Yo, por lo menos, después de escucharla una y otra vez, he aprendido que a veces una mirada lo es todo, y que al mirar a alguien con la ilusión y la expectativa con la que miramos las primeras veces, invita, al que es mirado, a devolver en actos todo lo que se espera de él, como una especie de oportunidad para inventarse de nuevo. Pues yo con Sofía me he inventando y reinventado cada vez que me ha dado la oportunidad, del mismo modo que me he ido descubriendo. 

Por cierto, los papelillos de la ONG estaban en blanco, quizá me haga socia, ya tenía ganas de un proyecto social.

Sammy.
@sarazamz

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EL ENCUENTRO

gaticopardo.blogspot.com
Buscan, mas nada encuentran sus ojos ciegos,  
se anegan en lágrimas que brotan del pecho, 
y por no dejarlo solo, y por no dejarlo huérfano, 
también llora como un niño el desconsolado cielo. 

Sus pies no son alados, mas como el dios, él, mensajero,
en la cueva de sus labios, porta millones de versos
dirigidos a algún alma que creyó haber visto en sueños. 
Desde entonces él suplica otro encuentro con Morfeo. 

Las mañanas, ahora heladas, y los días son invierno
cuando busca entre las gentes a ese alma y a ese cuerpo. 
¿Dónde está la dulce esencia?, ¿Dónde está?, que no la veo;
se pregunta mientras gime ese amor tan plañidero. 

Pide al Sol que no le toque, que se olvide de su cuero,
solo baila con la Luna, confidente de sus miedos;
y en las noches más oscuras, mientras sopla fuerte el viento, 
se desliza él, descalzo, y deja huellas por el cielo.

Al principio todo es rosa, por las nubes queda envuelto
como un gusano de seda apunto de alzar el vuelo. 
Pero él no resucita, ni aletea, ni atraviesa el claro velo, 
simplemente, él despierta arrastrándose por el suelo. 

Callan las calles mojadas, callan los niños y el pueblo, 
solo grita el gran vacío que se adueña de su pecho.
Y las horas se repiten y hacen al segundo eterno,
que posterga al infinito el tan anhelado encuentro. 

Vaga por amplias gargantas, también yerra por senderos,
a veces descansa el tronco en el cuerpo de un cerezo. 
Pobre chico, ¡qué lamento! , un rapaz que no alza el vuelo,
un muchacho que se sabe un frágil ente pasajero.

Unos le hablan de los mares, de que hay peces más pequeños,
pero él no quiere escamas, él no pica en el anzuelo. 
Se ha acercado a otras mujeres y eran frías como el hielo, 
y es que al lado de esa esencia, gélido se muestra Helio. 

A bocados se alimenta de un recuerdo duradero,
confiado en el encuentro con el ángel de sus sueños.
Y con la cabeza gacha, busca excusas en el suelo 
que recoge sus pesares inundados de deseo. 

Dime, amor, ¿dónde te escondes?, dime amor, ¿dónde te encuentro?.
Lo presentan como a un loco, como a Jesús el nazareno,
que por amar demasiado, lo clavaron con desprecio. 
Ahora él es señalado y juzgado por el pueblo. 

¡Morfeo, amigo mío! te suplico de rodillas, te lo pido, te lo ruego, 
llévame a esa luz que brilla, que es la vida y es misterio,
que sin yo saber su nombre, de sus ojos soy el siervo,
y sin yo tocar su mano, me hago hombre si a ella llego. 

Por respuesta, sin embargo, de bruces contra el silencio,
que ahora hablaba con palabras impropias del intelecto.
Si ella ya no viene a verme, no me importa, yo me muevo, 
no en el tiempo o el espacio, desde el interior me elevo. 

Está claro lo que quieres, que me libre de mi cuerpo 
sucio de frivolidades, que lo vuelque sobre estiércol, 
que se mezcle entre las plantas y quede cara al firmamento,
como un loco enamorado que te busca en los luceros. 

Yo le vi dejar sus ropas a la orilla de un estero
libre ya de restricciones y de algunos trapos viejos, 
se hizo nuevo junto al barro y desnudo frente al medio, 
hundió su cuerpo en el lago y elevó su alma al cielo. 

Buceó profundamente  y olvidó lo que era el tiempo
y cuanto más hondo llegaba más claro todo y más cierto, 
zambullido entre las plantas un cuerpo perecedero, 
olvidando lo mundano y queriendo conquistar lo eterno. 

A ti voy, amor mío, voy a ti, mi amor, 
en este lago, antes muerto, palpitará mi corazón
cuando mi cuerpo dormido sienta el eco de tu voz. 
Recíbeme, amiga mía, como te he acogido yo. 

Apenas duró un segundo, el lago se iluminó, 
como fuegos artificiales que anuncian celebración, 
luego todo siguió en calma, conservó cierto fulgor
de una mirada que aguarda el reencuentro de un amor. 




Ahora él estaba seco, intacto, y se levantó, 
no había árboles, no había cielo, solo un rayo cegador. 
Con los ojos entornados a esa musa se acercó, 
a galope iba su pecho y la razón le abandonó. 

A tientas hundió sus pasos y apenas si se movió;
como un punto en el espacio, su sangre se congeló.
Sus palabras se marcharon y la bandera de su voz
no ondeaba con el viento porque no había dicción. 

Fue su espalda y su melena lo primero que encontró, 
solo esa imagen primera de nuevo le cautivó.
¡Cuánto tiempo había pasado desde la vez que la conoció!
Ahora todo era distinto, era cálido, era pasión. 

Gírate, mi alma gemela, concédeme este favor, 
que este halo que te arropa causa en mí la devoción. 
Sempiterna es tu mirada y mi deseo asolador.
Gírate, mi alma gemela, concédeme este favor.

Y así hizo la vida suya, le hizo caso y se giró, 
y cuando por fin pudo verla esto mismo pronunció: 
Si yo pudiera morir dos veces, 
volvería a morir de amor.  

Sammy.
@sarazamz

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COSAS QUE PUEDEN PASAR CUANDO PARECE QUE NO PASA NADA


Definitivamente hay días que te sacan de un guantazo de la monotonía. Sí, es cierto que dicho así, de este modo, puede sorprender; como sorprende un caballo con tacones, una monja con leggins de colores o un bidón de gasolina en un parque infantil. Pero también es cierto que son cosas que pueden llegar a pasar, nadie  puede negarlo. 

El caso es que yo estaba a punto de enhebrar la cabeza del hilo de las nueve y media de la mañana, para ir, puntada a puntada, a por las diez, a por las diez y siete, directa a las diez y quince hasta llegar a las cuatro o, incluso,  a las ocho de la tarde-noche. Porque a veces los días son eso, ir dando puntaditas de hora en hora, en línea recta, sin más objetivo que el de no pincharte con la aguja. A veces la finalidad es clara: llegar a salvo, tan pronto como sea posible, a ese rincón borracho de almohadas y edredones dispuestos a proteger a una del mundo exterior. Claro, seguro que mucha gente sabe de lo que hablo. 

En fin. Como decía, estaba dispuesta a pasar un día plano y poco emocionante cuando, de repente, decidí que sería bueno poner por escrito todo aquello que quería cambiar en mi vida. Sí, mira, cosas que pasan. Qué quieres que le haga. Este tipo de pensamientos irrumpen sin pedir permiso previo, porque si lo pidieran se les denegaría rotunda e instantáneamente. Tonterías del tipo: sacarme de encima el maldito carnet de conducir; dedicarle algo de tiempo al inglés, que lo tengo abandonado; hacer algo de deporte de vez en cuando; volver a perderme en la montaña; leer los finales de los libros que aparqué en alguna parte. Y bueno, chorradas de esas, a montones. Ordenar los cajones del escritorio; sacar punta a los colores y aprender algo de matemáticas. De verdad, me da casi vergüenza que estas cosas puedan salir de mí, y más aún que les conceda algo de importancia. Pero está claro que, muy de vez en cuando, este montoncito de morralla quiere que le otorgue un trato especial. Y estaba dispuesta a hacerlo. Mira, me cogió con la defensa baja.

Está bien, cogeré un boli Bic - me dije - que será perfecto para emborronar un folio con algunas auto-proposiciones que, seguramente, esta misma noche arroparé suavemente entre bolsas de basura. También podría haber prescindido del boli y del folio y haberlo hecho directamente en el ordenador, que siempre ronronea por alguna parte de mi habitación pidiendo un poquito de atención. Pero no, un esquema o una lista de cosas banales nunca pueden escribirse directamente en un Word. Pues porque no, porque una se ve tentada de apuntar más cosas de la cuenta (por eso de la página en blanco y la facilidad del tecleo) o, mucho peor, se corre el riesgo, una vez viéndolo todo tan ordenadito, de querer llevar a cabo todo eso. Y eso sí que no. Ni pensarlo, vamos. 

Pues se me puso a mí en las narices que quería un folio y un boli (Bic, he dicho). Fue extraño. Quizá el destino mismo se vistió de negro y arrambló con todos los folios de mi casa para llevarme a otro lugar. Ve a saber, como he dicho antes, todo es posible y son cosas que pasan. La verdad es que no puedo dejar de afirmar que, cuanto menos, era raro. En fin, yo ya tenía en mente algo más que limitarme a hilvanar un puñado de horas que conformarían mi día, un plan mejor que el de asegurarme de que pasa el tiempo. Ya tenía un estupendo propósito que estaba abarrotado de auto-consejos que podrían llegar a cambiar mi vida. De ningún modo podía desfallecer ahora en algo tan nimio como lo es la búsqueda de papel. 

Ahora, al contarlo, ya voy atisbando ese guantazo del que hablaba. Entonces ni lo olía. 

Acabé en el patio. En el cuartito del patio, entre cajas y libros del colegio,  buscando una página en blanco (o media, media ya me servía). Madre mía, lo que llegué a encontrar en mi búsqueda, qué risas a solas. Notitas de esas que se envían en clase, a montones. Esquinas de libros plagadas de dibujillos. Un papel atestado de palabras en las que bailaban mayúsculas y minúsculas sin orden aparente, con letras temblorosas y tildes de grandes aspiraciones. (Eso fue de la época en que practicaba con la izquierda. Es que siempre he querido ser zurda. Los zurdos me dan una envidia que poca gente es capaz de comprender. Otros quieren ser rubios o morenos. Yo siento una gran nostalgia por la falta de “zurdidad” en mi cuerpo en general.)

Bueno, pues acabé por darme de bruces con una libreta amarilla. Las grandes cosas siempre tienen algo de amarillo. Mira sino el sol. O los patitos de goma. La ojeé y la hojeé. Páginas blancas, infinitas. Ya casi se me había olvidado lo que había ido a buscar allí. Siempre me ha dado una pena tremenda eso de arrancar folios de una libreta tan nueva. Pero vamos, que puestos a arrancar, arranco la última página, que es la que menos se lo espera.

Yo sí que no me lo esperaba. ¡Madre mía! Cuánto tiempo. Las últimas tres páginas repletas de letras de desconocidos, de frases desordenadas, de firmas y fechas. Recordaban a esos últimos días de instituto en los que te da por pasar una libreta a los compañeros para que te la llenen de recuerdos y frases absurdas que en otro momento tendrán la capacidad de hacerte recordar momentos excelentes. Pero bueno, en este caso no se trataba de eso. A ver, esto que voy a explicar ahora juro que es verdad. Es completamente cierto. 

Un día, uno como otro cualquiera, me levanté pensando que quería descubrir algo (esto antes me pasaba muy a menudo, demasiado frecuentemente para el gusto de muchos). Así que se me ocurrió caminar por calles por las que no solía hacerlo. Quería hablar con desconocidos. Pero hoy en día se necesita siempre una excusa para acercarse a alguien; sino te toman por loca. Además pensé que quería hacerlo de un modo especial, dando una oportunidad al mundo de expresarse. Así que hice lo primero que se me ocurrió. Inventé que era una estudiante de sociología y que necesitaba la colaboración de la gente para llevar a cabo un proyecto. Tenía tantas ganas de ponerme manos a la obra que ni siquiera le dediqué medio segundo a pensar qué tipo de trabajo iba a ser. 

Hola, muy buenos días – les decía con mi mejor sonrisa y la libreta amarilla en la mano – ¿podría prestarme unos segundos? Las caras de incomprensión no tardaban ni un segundo en aflorar. Verá, es para un trabajo de sociología… solo tiene que escribir una frase; no hace falta que tenga sentido, lo primero que le venga a la mente – continuaba yo –. Pues ¿y qué pongo?, ¿no hace falta que tenga sentido?, no sé qué poner – me decía la mayoría con una mezcla de emoción y curiosidad, por eso de hacer algo distinto –. Lo que quiera, señora, ponga lo que quiera. Y así. Algunos continuaban con preguntas; otros, los más, corrían a escribir lo que más les apetecía y otros, los menos, se negaban y seguían aferrándose a esa consideración de bicho raro que me habían adjudicado desde el principio. Fue una mañana realmente genial. Las frases que más espacio ocupaban rezaban cosas del estilo: “ya llega la primavera”, “hoy es un buen día” o “suerte”. Dejé muchas otras por leer, las que tenían la letra más pequeña. Pensé que al ser la escritura tan menuda la gente estaría confesando alguna especie de secreto y no sabía yo si estaría preparada para recibirlo. 

Sin embargo, el día en que encontré la libreta amarilla por sorpresa y por casualidad, me sentía libre de leer cualquier cosa, pues muchas de las confesiones ya habrían perdido parte de su valor. Por desgracia, no eran gran cosa, un puñado más de mensajes positivos y poco originales. Sin embargo, se me heló la sangre al llegar a una de las frases. No era especialmente singular, ni mucho menos, “cualquier día es un buen día” decía. Lo que me dejó de piedra, de hecho, no fue la frase en sí, sino la fecha. Pues la fecha que ponía era la del día en que me encontraba al leerla, el día actual. Es decir, cuatro años después. Vaya guantazo. De pronto, sin esperarlo, pasa algo así y apenas hace falta un cuarto de minuto para pasar de un “será casualidad” a un “flipa colega, cuando lo explique a ver quién es el loco que me cree”. A ver si va a ser verdad que existe el destino. A ver si ese alguien quiso decirme algo. Ni siquiera me acuerdo de su cara. Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte. Es que no me lo creo. 

Y bueno. Poco más. Lo que vino después fueron todo elucubraciones y una serie de ideas locas que de vez en cuando saco a pasear. Jamás sabré qué escondía todo aquello. Sin embargo me di cuenta de que, efectivamente, cualquier día es un buen día. ¿Para qué? Pues para lo que se quiera, hombre, para lo que se quiera.

Sammy.
@sarazamz

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EL CÍRCULO ETERNO


Dicen que a algunas mujeres les gustan las joyas,
ya saben, diamantes, pendientes y piedras preciosas. 
Toman sus manos  apuestos y azules amantes, 
e, hincando  rodillas al suelo, a Venus invocan.
En fin, mirando sus ojos, soñando sus bocas, 
 con bellas promesas de oro sus dedos adornan. 

Hay otros, ni tan apuestos, ni tan idiotas,
que visten de negro o de verde,  incluso de rosa.
Se ponen nerviosos y sudan las ropas;
las aman con ganas, sin prisas y a solas;
 al punto ríen inquietos, al punto parece que lloran.
Y estos, torpes y apresurados, sacan pequeñas cajitas rojas 
de viejos bolsillos de antiguas chaquetas raídas y rotas.
Hablan, también, como haciendo promesas, 
promesas de plata, eternas redondas.

Otros, con largos cabellos y labios de aurora,
despiertan miradas, murmullos, palabras con sorna.
No son otros, disculpen, les hablo de otras. 
Se (con)funden con sus amadas, también se besan la boca.
Caminan descalzas y sonríen y bailan y se quitan la ropa.
Suspiran con gracia, en silencio se adoran.
Y en sus dedos descansan brillantes las joyas.

Dicen que a algunas mujeres les gustan las joyas,
ya saben, diamantes, pendientes y piedras preciosas. 
Y regalan, los muchos, anillos teñidos de oro para una vida de color de rosa.
Relucen brillantes sortijas, dejando las tripas rabiosas.

Regálenme un anillo de papel de plata 
que encierre algunas promesas locas,
no hace falta, por cierto, que dejen hambrientas sus bocas.
Que a mí me gustan los anillos,
No por su brillo, sí por su forma. 
Ocho corcheas, cuatro negras, una redonda.
Circular como el tiempo eterno,
un pez que se muerde la cola. 
Y así, latente en mi mano,
sin futuro ni pasado,
 hallo un presente que nunca se agota. 

Sammy.
@sarazamz

 
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