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TODO LO QUE YA NO ÍBAMOS A NECESITAR - MAITE NÚÑEZ

Quizás te haya ocurrido alguna vez el estar delante de alguien que lo ha pasado mal por algo y que te está contando su situación, y tú le escuchas, le escuchas hasta el final, si lo hay; aunque desde el principio, desde que le has mirado a los ojos, sabes que ahí falta algo por contar. No sé cuándo ni cómo lo notas pero lo sabes. Ves que hay una nube negra encima de su cabeza que no quiera soltarse, que no quiere arrancarse a llover toda el agua acumulada. Y cuando digo agua me refiero a pena. Pena sobrevolando un texto que ya de por sí pellizca es lo que caracteriza al libro del que hablo hoy: Todo lo que ya no íbamos a necesitar, de Maite Núñez.

En él nos encontramos con doce relatos en los que está muy presente la relación paterno filial, pero sobre todo la relación humana. Humanos chocando entre sí como el padre o la madre que mira a sus hijos moverse alocadamente y sin control subidos a unos autos de choque. Seres tocándose y produciendo chispas son lo que encontramos en Todo lo que ya no íbamos a necesitar. Alternando la primera con la tercera persona en la narración, Maite Núñez nos muestra a un niño que ve todo lo que su madre cree que esconde durante sus días etílicos, separaciones y uniones y nuevas separaciones que no son más que el reflejo de atormentadas almas, desprecio o falta de interés u olvido de lo gastado, de lo pasado. Lo infantil es un rasgo demoledor de este libro, que se crea a partir de niños crecidos por dentro o, como se puede leer en alguna de las páginas, adultos prematuros. Y estos adultos prematuros no son solo los niños. Todo lo que ya no íbamos a necesitar consigue que te preguntes quién es el adulto aquí, el niño que es capaz de idealizar a una madre borracha o el hijo mayor que, mientras su madre se abandona hacia un geriátrico, aparta la vista a la clasificación liguera de fútbol. 

Con una escritura en la que reinan los adjetivos, Maite Núñez demuestra que sabe escribir y que poco a poco va ganando en soltura, algo que se ejemplifica con la bien encontrada conexión entre capítulos, con el eje San Cayetano o con la consecución de estirar el clímax que todo relato pide, como si fuera la masa de pizza de los domingos, a lo largo de todo el relato. Una de las claves de los relatos de Maite Núñez es que nunca te encontrarás con esa sorpresa tan del relato clásico que te deja helado de repente. Maite no usa la ultracongelación, Maite usa la nevera que debe estar estropeada en la oficina porque, no sabemos por qué, cuando metemos los yogures en ella, al cabo de unos días, están congelados. Eso es la escritura de Maite Núñez, una congelación lenta, uniformemente acelerada, incontrolable y fatal.

Todo lo que ya no íbamos a necesitar es la mano del médico torpe que te abre una cicatriz que creías olvidada y que te hace surgir la duda de si lo ha hecho queriendo o no. Normalmente regidos por una lluvia fina, estos doce relatos harán que te preguntes mucho, por muchas cosas, pero sobre todo por ti. Te encontrarás en los relatos, a veces te parecerá que solo los hayan escrito para ti. Pero no. Del polvo venimos y al polvo vamos, y ese polvo, queridos amigos míos, es idéntico, huele igual y tiene el mismo gusto en todos y para todos. Sois vosotros mismos, leéis y os parece ser otros y esos otros os vuelven a llevar al principio, a vosotros mismos. Pero aún así, leed, aquí tenéis una buena oportunidad.

Víctor González.


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COSAS QUE DECIDIR MIENTRAS SE HACE LA CENA - MAITE NÚÑEZ

Empezamos la semana con otra recopilación de cuentos, esta vez con Cosas que decidir mientras se hace la cena, de Maite Núñez, publicado por editorial Base, de quien ya pude criticar hace unas semanas la obra de Óscar Sipán y su Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas

Aunque uno de mis géneros predilectos en cuanto a Literatura es, sin duda, el cuento, debo reconocer que me parece injusto criticar recopilaciones de estos relatos. Un relato es una creación única, individual, un relato es una novela, un guion o una tragedia, es una composición que se merece un trato personalizado, que se merece ser tratado como una sola cosa, porque eso es lo que es. ¿Acaso criticamos la obra completa de un autor si no es en ocasiones especiales? Aún así, buscando la parte buena de todo ello, estas colecciones nos muestran los rasgos más comunes del escritor en cuestión, la imprenta fija que deja en cada uno de sus escritos, es la mejor forma de conocerlo, de ver lo que no sale de él por casualidad, su talento, lo innato. 

Y este talento, en Maite Núñez, es la capacidad de integrar la semilla de lo trágico en sus personajes. Todos son un valle de lágrimas recubiertos por cuerpos opacos que luchan, con desgana, por vivir. Ellos no, sus cuerpos sí. Siempre hay un halo de esperanza en este o estos personajes traumáticos por salvar una lágrima y ver amanecer, esperanza que acaba truncándose por el peso de una lágrima más poderosa, más triste, más fuerte, una lágrima final que empapará al lector de lo trágico que es vivir sin un sentido. Los cuentos de Maite Núñez son cuentos de soledad, de una soledad que puede llegar a enfermar a sus personajes, son el relato de lo que no es vida, del camino paralelo al vivir, aquel que parece tan inalcanzable hasta que te das cuenta de lo cerca que lo tenías. Maite Núñez actúa en este libro como compositora de melodías, juega con los ritmos (y con nosotros) mediante el flujo bombeante de frases cortas y rapidez, y frases largas y pensamiento. Además de unos diálogos que recuerdan a dos enfrentados en un ring, a una pelea incesante de boxeo, pero no aquel tópico cortazariano del cuento como boxeo, sino porque aquí el diálogo es una batalla entre dos, entre el protagonista y otro personaje, entre el protagonista y lo que le rodea, entre el protagonista y su interior, donde siempre acaba igual, vencido. 

Hay algo de curativo en la escritura, y libros como este lo demuestran. Escribir puede ser vivir, caminar, subsistir. Y Maite Núñez lo demuestra con esta obra, un intento por salir de la soledad que emana un mundo con tanta gente. Porque eso es lo que se desprende de este libro, que todo, que todos, en definitiva, estamos solos y que si no trabajamos en nuestra soledad, incluso ella nos dejará, ¿y qué seremos si no podemos ni estar solos? 

«Quiso creer de veras que si las cosas no se decían no tenían por qué ocurrir, como si la enfermedad necesitara de las palabras para concretarse y triunfar. Alargó la mano y dejó la libreta sobre el mostrador.»

Víctor G. 
@libresdelectura
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