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LOS FORMALES Y EL FRÍO - MARIO BENEDETTI



Los formales y el frío:

Quién iba a prever que el amor, ese informal 
se dedicara a ellos tan formales 

mientras almorzaban por primera vez 
ella muy lenta y él no tanto 
y hablaban con sospechosa objetividad 
de grandes temas en dos volúmenes 
su sonrisa, la de ella, 
era como un augurio o una fábula 
su mirada, la de él, tomaba nota 
de cómo eran sus ojos, los de ella, 
pero sus palabras, las de él, 
no se enteraban de esa dulce encuesta 

como siempre o como casi siempre 
la política condujo a la cultura 
así que por la noche concurrieron al teatro 
sin tocarse una uña o un ojal 
ni siquiera una hebilla o una manga 
y como a la salida hacía bastante frío 
y ella no tenía medias 
sólo sandalias por las que asomaban 
unos dedos muy blancos e indefensos 
fue preciso meterse en un boliche 

y ya que el mozo demoraba tanto 
ellos optaron por la confidencia 
extra seca y sin hielo por favor 
cuando llegaron a su casa, la de ella, 
ya el frío estaba en sus labios ,los de él, 
de modo que ella fábula y augurio 
le dio refugio y café instantáneos 

una hora apenas de biografía y nostalgias 
hasta que al fin sobrevino un silencio 
como se sabe en estos casos es bravo 
decir algo que realmente no sobre 

él probó solo falta que me quede a dormir 
y ella probó por qué no te quedas 
y él no me lo digas dos veces 
y ella bueno por qué no te quedas 
de manera que él se quedó en principio 
a besar sin usura sus pies fríos, los de ella, 
después ella besó sus labios, los de él, 
que a esa altura ya no estaban tan fríos 
y sucesivamente así 
mientras los grandes temas 
dormían el sueño que ellos no durmieron.

Mario Benedetti.

Rafael Turia.


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ME LO CONTARON AYER - RAFAEL DE LEÓN

Me lo contaron ayer:

Me lo contaron ayer 
las lenguas de doble filo 
que te casaste hace un mes 
y me quedé tan tranquilo

Otro tonto en mi caso 
se hubiera puesto a llorar, 
pero yo cruzándome de brazos 
dije que me daba igual

No voy a pegarme un tiro 
o te llenaré de maldiciones 
ni apedrearé con mis suspiros 
las rejas de tus balcones

Qué te has casado, buena suerte 
ojalá que vivas cien años contenta 
y que a la hora de tu muerte, 
Dios ni te lo tome a cuenta

Y si al subir por el altar 
mi nombre se te olvidó 
juro por la gloria de mi madre 
que no te guardo rencor

Porque aquel que no fue tu amigo 
ni tu novio ni tu amante 
es quien más te ha querido 
y con eso, con eso tengo bastante.

Rafael de León.

Rafael Turia.
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ROMANCE DE AQUEL HIJO QUE NO TUVE CONTIGO - RAFAEL DE LEÓN



Romance de aquel hijo que no tuve contigo:

Hubiera podido ser
hermoso como un jacinto
con tus ojos y tu boca
y tu piel color de trigo,
pero con un corazón
grande y loco como el mío.
Hubiera podido ir,
las tardes de los domingos,
de mi mano y de la tuya,
con su traje de marino,
luciendo un ancla en el brazo
y en la gorra un nombre antiguo.
Hubiera salido a ti
en lo dulce y en lo vivo,
en lo abierto de la risa
y en lo claro del instinto,
y a mí... tal vez que saliera
en lo triste y en lo lírico,
y en esta torpe manera
de verlo todo distinto.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
Tres caballos, dos espadas,
un carro verde de pino,
un tren con cuatro estaciones,
un barco, un pájaro, un nido,
y cien soldados de plomo,
de plata y oro vestidos.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
¿Te acuerdas de aquella tarde,
bajo el verde de los pinos,
que me dijiste: —¡Qué gloria
cuando tengamos un hijo! ?
Y temblaba tu cintura
como un palomo cautivo,
y nueve lunas de sombra
brillaban en tu delirio.
Yo te escuchaba, distante,
entre mis versos perdido,
pero sentí por la espalda
correr un escalofrío...
Y repetí como un eco:
«¡Cuando tengamos un hijo!...»
Tú, entre sueños, ya cantabas
nanas de sierra y tomillo,
e ibas lavando pañales
por las orillas de un río.
Yo, arquitecto de ilusiones
levantaba un equilibrio
una torre de esperanzas
con un balcón de suspiros.
¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria
cuando tengamos un hijo!
En tu cómoda de cedro
nuestro ajuar se quedó frío,
entre azucena y manzana,
entre romero y membrillo.
¡Qué pálidos los encajes,
qué sin gracia los vestidos,
qué sin olor los pañuelos
y qué sin sangre el cariño!
Tu velo blanco de novia,
por tu olvido y por mi olvido,
fue un camino de Santiago,
doloroso y amarillo.
Tú te has casado con otro,
yo con otra hice lo mismo;
juramentos y palabras
están secos y marchitos
en un antiguo almanaque
sin sábados ni domingos.
Ahora bajas al paseo,
rodeada de tus hijos,
dando el brazo a... la levita
que se pone tu marido.
Te llaman doña Manuela,
llevas guantes y abanico,
y tres papadas te cortan
en la garganta el suspiro.
Nos saludamos de lejos,
como dos desconocidos;
tu marido sube y baja
la chistera; yo me inclino,
y tú sonríes sin gana,
de un modo triste y ridículo.
Pero yo no me doy cuenta
de que hemos envejecido,
porque te sigo queriendo
igual o más que al principio.
Y te veo como entonces,
con tu cintura de lirio,
un jazmín entre los dientes,
de color como el del trigo
y aquella voz que decía:
«¡Cuando tengamos un hijo!...»
Y en esas tardes de lluvia,
cuando mueves los bolillos,
y yo paso por tu calle
con mi pena y con mi libro
dices, temblando, entre dientes,
arropada en los visillos:
«¡Ay, si yo con ese hombre
hubiera tenido un hijo!...»

Rafael de León.

Rafael Turia.

 
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