0 comentarios

CÍTESE


Se ha citado. Con él. Con ella. De entrada: sonría. Y de salida sonría más.
Se ha citado y no llegue usted tarde. Ni pronto. Llegue a la hora porque llega la hora de no mirar el reloj. Mírese a usted. Porque usted hoy luce y hoy lucirá mejor. Cítese.

Citado y citada está. Puede leerse usted en cada latido. ¿Lo siente? Recuerde...sonría y respire....sonría...y respire...Se han citado ustedes dos. Nadie más. Y están llegando a su cita. Y acaban de llegar. Dos besos. Una cita. ¿Qué tal estás? Está usted citado así que cítese.

Citas de caramelo. Citas de terciopelo. Citas entre sus manos las melodías de sus versos. Dígale usted lo que cita e incluya también lo que excita, que de los y las ex también se aprende que serán los últimos publicitados. Por eso no les cite y cítese.

Y de tanto citar recite. Que quiere oírle a usted recitar. Pida el vino menos citado de la carta y beba sus poesías de una sangre que no mancha. Dedíquese a citar que está usted en una cita muy solicitada. Y disfrute en el paladar de sus sonrisas. Mientras se cita...cítese.

Cítese de en medio. Que de perfil ya lo citan a usted. Cítese de pleno que de vacío todos se dejan ver. Y cite el postre que la cita va bien. Que la tarde se hizo tardecita y la noche es nochecita para usted. Y recuerde: Cítese.

D.A.C.
0 comentarios

APRENDIENDO A SER HORMIGA


[Prólogo: una vez me dijeron que las hormigas eran ciegas, yo no sé si esto es completamente cierto, pero a mí me fastidió interminables horas de fantasía en la que a mí se me veía como un temible ente gigantesco y poderoso. El texto siguiente toma la ceguedad de las hormigas como un hecho. Lo demás todo metáforas y alegorías y divagaciones y ocurrencias.]

La calle es la palma de una mano de asfalto que se deja caminar por nosotras, pequeñas hormigas ciegas que tratan de buscar la felicidad al final de una línea recta, que se obstinan en recolectar comida y abrigo para todos los inviernos del año, para todos los malos vientos, para olvidar qué andaban buscando.

Las hormigas más vetustas se regocijan de haber encontrado su lugar, para ello, dicen, no hace falta salirse de la eterna hilera de pequeños cuerpecitos negros, de hecho está gravemente penalizado quebrar ese orden interno, querer tomar otros posibles itinerarios. El camino ya está formado y debe seguirse para que la especie siga avanzando. Está más que demostrado que uno puede encontrar su lugar caminando del derecho, siempre recto, eso sí, sin adelantar las espaldas que nos preceden y sin preguntarse por los rostros que van detrás. Lo realmente importante para las hormigas es hacer acopio de nuevas tecnologías que les distraigan del tedioso camino a ninguna parte y ponerle a esa “ninguna parte” el título de prosperidad.

Aunque pueda parecer extraño, no todas las hormigas nacen sabiendo ser hormigas. Algunas se dan cuenta de que la ceguedad es una característica intrínseca  a su especie y quieren comunicarlo al resto de sus compañeras, explicarles que también se puede experimentar la vida con otros sentidos que todavía carecen de nombre por su desconocimiento. Afortunadamente siempre hay un par de hormigas experimentadas que acaban por convencer y demostrar que si las hormigas tienen algo que les caracterice es, precisamente, la vista, que las guía fielmente por el único camino hacia la plenitud. A veces también pasa que las que no saben ser hormigas preguntan por esa excelsa palabra, “plenitud”. Preguntan por su significado mientras las que sí saben ser hormigas ríen entre ellas a causa de la ignorancia de las anteriores, sin dar respuesta a su pregunta. Gracias a eso, las inocentes se convencen de que quizá ya sepan el significado de esa palabra y de tantas otras como esencia, ser, felicidad… y dejan de plantearse si tienen realmente cabida en sus vidas, las dan por sabidas y como única definición acaban soltando, como las otras, una risita que tacha de incrédulo y soñador al que lo pregunta. Gracias a este procedimiento la especie no se queda estancada en preguntas absurdas, abstractas y poco productivas y puede avanzar, seguir sobreviviendo – es decir, viviendo por encima – a esta vida tan inhóspita.

Sara C. Labrada.
3 comentarios

UN CAFÉ Y UN SILENCIO


Te echo de menos. No voy a mentir. Echo de menos cada carcajada y el olor de tu cuerpo. Echo de menos esos días donde la vida me parecía sencilla siempre y cuando amaneciese a tu lado. Eras la llave que abría la puerta a la felicidad y ahora esa puerta se ha cerrado desde dentro y no puedo abrirla. No sé qué hacer para volver a aquellos días. Perdí el norte cuando te llevaste la brújula de tus labios. No encuentro el camino para volver a ti y eso me mantiene rota desde el día que te fuiste. Dime amor, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Dónde quedan esos días en los que me susurrabas al oído que yo era tu todo. Ahora ya no dices nada, no estás. Has desaparecido de tal forma que he llegado a pensar que nunca has existido. Y aquí estamos, de nuevo, frente a frente. Sentados en cualquier café respondiendo preguntas sin respuesta. 
Te fuiste y ahora vuelves, llamas y buscas. ¿Qué sentido tiene? Ni siquiera somos los mismos. Por mucho que lo intentemos jamás volveremos a esos días. Nuestro tren pasó y a pesar de las lágrimas que sigo derrochando no volveré a refugiarme en aquel pecho que a veces me miente. Nada de esto tiene sentido, ni este café ni nosotros. Alguien tenía que decirlo. Un café y un silencio desgarrador. No quiero volver a verte.

Blanca de Paco.

0 comentarios

THE NOTICER – ANDY ANDREWS.


Seguramente debería decir que es el libro que más marcó mis inicios en la lectura. Seguramente debería decir que es mi libro talismán en cuanto a la visión de la vida que me ha dado. Seguramente debería decir que es un libro que nadie puede dejar de leer. O simplemente podría decir que es el mejor libro que he leído nunca. Y es lo que haré.

¿Cómo una persona que a los 19 años pierde a padre y madre, accidente y cáncer respectivamente, tiene que vivir en la calle durante años, luchar contra todo y todos, buscarse la vida desde lo más bajo; puede acabar escribiendo algo así? La única respuesta es recomendar este libro. No se hallará, pero te enamorará de tal forma y te dejará tan boquiabierto que lo único que quedará es rendirte a esta persona, por su visión de la vida, por su superación, sus ganas, su ‘yo’.

Andrews nos deleita en este caso con el personaje de Jon, una persona mayor y reservada, extraña, pero a la vez observadora, realista y consciente. Los lectores que hagan el ‘esfuerzo’ de leer este libro (de escasas 170 páginas y con una lectura velocísima), abrirán los ojos si no lo han hecho ya, cogerán de la mano a Jon e irán por el mundo de la realidad, de la verdadera realidad. Se apartarán de los pensamientos que nos hacen anclarnos en el pasado y verán demostrado por este hombre el ahora, serán conscientes. Todo ello únicamente siguiendo una frase anudada al cuello de este personaje llamado Jon, que lleva a todo lugar que él visite, que proporciona a cualquier persona que se encuentre frente a algún problema, que hace sonar el despertador de la consciencia de quien tiene delante, y esta es, simplemente, “a veces todo lo que una persona necesita es un poco de perspectiva”.

Se presentarán numerosos conflictos (personales, con uno mismo, de pareja, sentimentales, negocios, etc) pero Jon los resolverá sólo cambiando la visión hacia ellos, mirando con otros ojos, los ojos conscientes, positivos. Los que todos deberíamos tener y que nuestro egotismo nos nubla. Todo problema del que queramos salir, en el que estemos presentes, ya sea de trabajo, ya sea de pareja, o simplemente no encontrarnos a gusto con nosotros mismos, Jon girará la moneda, veremos la cara clara, la cara positiva, la cara que nos sonríe y que sin que queramos conseguirá un acto reflejo nuestro de respuesta en forma de sonrisa hacia la vida.

Es posible encontrar en estas líneas cierto punto de subjetividad hacia el libro, es posible encontrar un amor especial hacia él, es posible encontrar una exagerada alabanza, hasta excesiva. Pero también es posible leerlo, es posible cambiar nuestra visión hacia el mundo, salir de la oscuridad. Rompamos ese dicho que manifiesta que la luz es demasiado dolorosa para quien quiere seguir en la oscuridad. Salgamos de ella, entremos en el mundo, disfrutémoslo de una vez por todas, para eso lo tenemos, para eso tenemos a la vida, y con autores como Andy Andrews, con libros como ‘The Noticer’, es muy fácil conseguirlo, ellos son el trampolín hacia este nuestro profundo océano que somos nosotros mismos, con el cual no podemos aceptar convivir sin conocerlo, y mucho menos, sin disfrutarlo.

"Piénsalo... Todo el mundo quiere estar en la cima de la montaña pero, si recuerdas, las cimas son rocosas y frías. No tienen vegetación. Por supuesto, la vista es impresionante, pero ¿de qué nos sirven las vistas? Las vistas simplemente nos permiten vislumbrar nuestro siguiente destino, nuestro siguiente objetivo. Pero para conseguir tal objetivo, debemos bajar de la montaña, atravesar el valle y empezar a subir la siguiente ladera. Es en el valle donde nos esforzamos gracias a la hierba exuberante y al terreno rico, donde aprendemos y nos convertimos en lo que nos permitirá culminar la siguiente cima de la vida."

Víctor G.
@libresdelectura 
https://www.facebook.com/libresdelectura
 
;