TÍA MARISA, UNA ESPECIE EN PELIGRO DE NO-EXTINCIÓN


¡Qué extraña es la tía Marisa! Cada cierto tiempo viene a visitarnos a casa. En seguida sabemos que es ella, lo sabemos por su forma de llamar al timbre. Primero un timbrazo largo, luego dos cortos y seguidos (a modo de corcheas) y, finalmente, otro largo (a ella siempre le ha gustado la música). Cuando llega el cuarto timbrazo en mi casa se para el tiempo, no es una forma de hablar, se para de verdad.
Una vez vi por la televisión un documental sobre un tal Einstein, hablaba de una extraña teoría en la que aseguraba que el tiempo era relativo. Por más que trató de explicármela mi padre, hombre de ciencias, jamás logré entenderla por su boca. Mi tía Marisa, sin embargo, logró explicármela sin una sola palabra,  y es que no hay nada como comprender las cosas de la mano de la experiencia.
El caso, que cuando sabemos que se encuentra a penas a un par de pisos de nosotros, tanto a mí como al resto de mi familia (mi hermano y mis padres) se nos activa una especie de palanca interna que, en luces de neón parpadeante, nos indica peligro. ¡Qué sabia es la naturaleza! Yo estoy segura de que es la misma luz interna que a los neandertales se les encendía en pleno bosque cuando se les acercaba un bisonte violento y malherido; una luz que, con el paso del tiempo, la naturaleza ha ido perfeccionando hasta dar con la peligrosa especie de Maris, Marisus.

La ausencia de ascensor hasta un tercer piso se traduce en un seguido de pisadas escandalosas de la tía Marisa, una serie de golpetazos que propina con los talones a cada uno de los escalones – que señala como culpables de un exceso de ejercicio – que le llevan hasta mi puerta.  Y dejando caer sus cuarenta “kilitos” de más sobre sus zapatos de charol se acompaña de un ritual de infinitos suspiros quejumbrosos que anuncian su gloriosa venida. Toda ella es ruidosa, como una pandereta martilleante que anuncia la llegada de algo grande.

Tía Marisa es una mujer de costumbres, así que, lejos de emitir un cordial saludo al llegar a su destino, nos regala extenuada un: “Madre mía del amor hermoso, a ver cuándo os dignáis a poner un maldito ascensor en este edificio”, y sus palabras, meditadas a conciencia, se cuelan por las rendijas de las puertas de los demás vecinos poniendo también en alerta al resto de la comunidad.
Mi padre, mi madre, mi hermano y yo – por este orden – nos colocamos a modo de soldados a lo largo del pasillo y esperamos pacientemente su aprobación, que se traduce en las siguientes palabras: “Gonzalo, qué tocho estás, cuñado. Hermana, a ver cuándo me llamas, que me tienes abandonada” y mi hermano y yo compartimos un “ qué mozos os estáis poniendo, a ver si venís a ver a la tita más a menudo” y  toda una serie de reproches que se alargan durante toda la visita.

Y a pesar de que el tiempo pasa lento y pesado cuando ella está en casa y nos tiene a todos en tensión esperando el próximo golpe, no todo es malo; pues tiene el don de reconciliar a esta familia. Recuerdo el día en que mi hermano trajo las notas del colegio con más suspensos de los que le cabían en los dedos de una mano; a mí me dio por presentar una factura de móvil que pasaba con creces el límite establecido y, para colmo, mi padre se acababa de cargar la estantería del cuarto de invitados. Mi madre consiguió que la guerra de Troya quedase como algo nimio al  lado de la escena que teníamos montada en casa y que los espartanos, a su lado, quedasen ridiculizados por sus fieros chillidos. Sin embargo, cuatro timbrazos fueron suficientes para que se hiciese el silencio en mi casa: se cruzaron nuestras miradas, apretamos nuestros puños, mi madre trató de colocarse el pelo de modo que no pareciese que venía de cabalgar a un caballo salvaje y, con un hondo suspiro, supimos aceptar la necesidad que teníamos los unos de los otros en ese momento, no podíamos quedarnos solos, éramos una familia e íbamos a aguantar la visita estoicamente. Y es que cuando el peligro acecha siempre se puede contar con los que más quieres.

En fin, lo que decía, ¡qué extraña que es la tía Marisa!, y por suerte o por desgracia, es una especie en peligro de no- extinción.

Sammy.
@sarazamz

2 comentarios:

Víctor Jiménez dijo...

Muy buena historia !! Muy xula y entretenida ! Seria curioso conocer a un personaje como la tía Marisa ! Resto impaciente para la próxima historia Sammy !

sammy dijo...

OHH! Muchísimass gracias Víctor! Es todo un halago que te haya gustadoo! Seguro que hay muchas "tías Marisas" sueltas por el mundo jaja

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