TREINTA AÑOS DESPUÉS


- ¿Estás nerviosa? – preguntas con picardía en tus grandes ojos pardos.

- Un poco y no solo por el avión – respondo guiñándole un ojo, abanicando mis pestañas delante de su ya maduro rostro.

Él me aprieta la mano y continúa observando el mando de la televisión que nos ofrece la comodidad de volar en primera clase.
Yo, mientras espero que nuestro pájaro de acero se ponga en marcha y nos lleve de nuevo al destino de nuestra ya lejana luna de miel, miro por la ventanilla.

Cuantos recuerdos se me agolpan en la memoria, toda una vida llena de experiencias hermosas y otras no tanto pero siempre vividas junto a la persona que tengo a mi lado. El comienzo fue fácil, aunque siempre tenía la espada de Damocles encima – por no llamarlo miedo e incertidumbre – de que algo fuera a salir mal. Llevaba una pesada carga conmigo que él se encargó de ir liberando gracias a su paciencia, su forma de ser y hacerme ver de que no todos los hombres son iguales.

Los años fueron pasando, años de convivencia con boda incluida donde cada vez me enamoraba más, no solo de él sino todo lo que le rodeaba. Su forma de ser, pese a ser cabezota y algo despistado, defectillos que me encantan y que acepto gustosa aunque a veces me saquen de quicio. Su forma de comportarse, tan amable y dadivosa, haciendo todo por todos sin esperar nada a cambio. Su forma de sorprenderme, llevándome a lugares increíbles, cercanos y lejanos y que forman parte de nuestro pequeño álbum de escapadas de fin de semana, donde lo mejor era que nada estaba planeado y el dejarse llevar era el mejor de los regalos. Su forma de necesitarme, de amarme, como el sediento que anhela agua más que a su propia vida, bebiendo de mí como si fuera lo único importante y radiografiando cada parte de mi cuerpo con sus ojos, sus manos y toda su alma, hasta que no sabía dónde terminaba yo y empezaba él.

Proyectos en común empezaron a surgir en nuestras cabezas, ingenieros de una vida que solo era nuestra pero que queríamos compartir con todos los demás. Algunos fueron fáciles, otros nos costaron sangre, sudor y lágrimas pero al final, con mi fortaleza que no sería tal si no fuera él mi sustento y con el empeño y las ganas de conseguir todo lo que nos proponíamos, lo conseguimos.

El nacimiento de Cayetana, nuestra primera hija… Se me saltan las lágrimas al recordar aquellos nueve meses, con sus altos y sus bajos pero siempre con la sensación de que la vida nos había recompensado con el mayor de los tesoros y con el miedo de que algún pirata nos lo robara. Pero no fue así y protegiste nuestras aguas frente a todos los peligros, y sigues haciéndolo para que nada nos pase ni a ella ni a mí. Luego vino Alejandro para cuadrarlo todo y ahora, ambos ya más altos y guapos que nosotros también están formando sus familias y aunque siempre serán nuestros pequeños, los polluelos han volado del nido y estamos de nuevo solos, como al principio.

Bueno, como al principio no. Con tantos años a nuestras espaldas, nada es como al principio. Solo nos queda los más importante, la necesidad que tenemos el uno del otro. El amor que lejos de convertirse en otra cosa ha ido creciendo, pasando por etapas tan intrincadas como una montaña rusa, pero que siempre se ha mantenido vivo, llameante, sin posibilidad de que nada ni nadie lo apagase. Hemos vivido decenas de vidas en una sola, ya que ésta nos ha hecho evolucionar siempre a mejor, tanto en nuestros trabajos como en nuestra vida personal.

Y ahora, le observo con los surcos de la experiencia marcados en la cara, que casan perfectamente con los míos. Y así, arrugados por los casi 122 años que sumamos juntos estamos de nuevo donde estuvimos hace 30 años, viajando de nuevo a Canadá gracias al regalo de nuestros hijos en nuestro trigésimo aniversario de boda.

Le cojo la mano por instinto y me devuelve la caricia mientras sonríe. Esa sonrisa que me llena de paz y me calma, esa sonrisa de niño travieso que aún conserva y que me vuelve loca. Esa sonrisa que me dice que todo irá bien.

Mi vida podría haber sido diferente debido a las encrucijadas a las que tantas veces me vi sometida, decidiendo al final por uno u otro camino de los que se abrían ante mí. Podría haber escogido otros caminos, otras metas, otros retos y seguro que mi vida habría sido diferente pero lo que estoy segura es que él hubiera estado presente en todos ellos. Él, la mejor elección que he hecho en mi vida y que me ha acompañado, me acompaña y me acompañará allá donde vaya porque sin él no hay vida, porque él es mi vida.

María de las Nieves Fernández,
autora de "Los ojos del misterio" (Falsaria).
@Marynfc

2 comentarios:

Donde las Palabras crean Historias dijo...

Qué bonito relato. Gracias por tus palabras.

Nieves Fernandez dijo...

Gracias Donde las Palabras crean Historias. Me alegro que te haya gustado.

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